Lionel Messi demostró al mundo lo que era capaz de hacer en el verano del 2020, cuando públicamente anunció su voluntad de no continuar en el Barça. Con esa declaración, él tenía todo muy bien calculado y, luego de conseguir su objetivo, que era decapitar a Josep María Bartomeu, entonces presidente del club azulgrana, continuó sin muchas ganas en el plantel.

Como era de esperarse, la reacción popular se inclinó a favor de su ídolo y de aquello se aprovechó el candidato a ocupar el sillón presidencial, Joan Laporta, quien, experto en estas lides, les ofreció a esas mayorías mantenerlo a Messi, con un contrato sin fecha de caducidad. Laporta es hoy el presidente del FC Barcelona.

Hace pocos días, el modernismo tecnológico nos permitió al tanto de lo que sucedía con esa relación, que parecía interminable entre el argentino Messi y el club de sus amores. El protagonista principal, el Barcelona, inició el primer acto cuando oficializó que el símbolo, el mismísimo Messi, no iba a continuar más en el equipo. La sorpresa fue mayúscula. Según Leo, no la esperaba. El resto del mundo, ajeno a los detalles, quedó absorto.

Seguramente muchas preguntas vendrán con el pasar de los días para conocer cuál fue la razón de tan fulminante desenlace. Cuando la temperatura baje en el termómetro, se confirmarán algunas teorías y se agregarán otras. Así es la vida de los famosos, llenas de dramas o melodramas. Momentos llenos de sentimientos auténticos o sentimentalismos y de emociones verdaderas y simulaciones cuando toman decisiones trascendentales.

Publicidad

Foto: EFE

El antecedente Di Stéfano

Hay que fijarse en la misma España, en la tienda contraria, la del Real Madrid, hace 56 años: el famoso equipo ‘Ye-yé’, denominado así por la exquisitez de su fútbol. En esa época dorada había ganado seis copas de Europa, siete campeonatos de liga, un campeonato del mundo, una copa del Generalísimo; poseía una constelación de estrellas como Paco Gento, Ferenc Puskás, entre otros, y su máxima estrella era el argentino Alfredo di Stéfano, considerado por muchos entre los tres mejores futbolistas de todas las épocas. La denominada Saeta rubia, que llegó de la mano de don Santiago Bernabéu, recordado presidente del equipo merengue, quien conformó un autoritario elenco que fue descrito en una crónica de la revista The Times: “El Real Madrid se pasea por Europa, como antaño se paseaban los vikingos, arrasando todo a su paso”.

Bernabéu había sido el arquitecto. Inició su obra en 1952, viendo jugar a Di Stéfano en Millonarios de Colombia. Ese día declaró a la prensa: “Este tío huele a buen fútbol”. Y lo contrató. La relación entre el jugador y su presidente fue fraternal durante 11 años, hasta que llegó lo que muchos en España reconocieron como la Tormenta Blanca, cuando Bernabéu, según la prensa madridista, con una postura tajante y poco necesaria, le hizo saber a la Saeta rubia que no podía continuar, porque su ciclo había terminado.

El histórico goleador argentino decidió hacer público un telegrama que le había enviado a su mentor, fechado 23 de julio de 1964: “Don Santiago, me voy a mi tierra, no sé si volveré pronto o nunca. En estos años se habló mucho de nosotros. Yo llevé siempre la peor parte. Fui un fenómeno o un gamberro. Lo que gané siempre fue con mi esfuerzo. Observé que, para estar bien con usted, había que ser falso. Tuve muchas desilusiones y nadie me dio moral. Usted, como padre, me falló. Ahí se ve que nunca tuvo hijos, porque los padres siempre consuelan. Si no vuelvo más, le dejo mi recuerdo cariñoso. Un abrazo. Alfredo”.

Se conoce que don Santiago conservó siempre el telegrama, que nunca contestó. Bernabéu declaró que Di Stéfano no volvería a pisar el predio sagrado mientras viviera él. Borró el nombre de Saeta rubia a su exclusivo bote de pescar, a cambio del de su esposa. En tanto, el argentino comentaba que lo habían despedido con “nocturnidad y alevosía”. Así cayó el telón de una época gloriosa y dramática.

Foto: AFP

Apología a la tristeza

La despedida de Messi se convirtió en una apología a la tristeza. Sus lágrimas hicieron que muchos lloriquearan también. Tenía que ser así para que el mundo comprendiera que su alejamiento del club iba contra su voluntad, lo que le entristecía profundamente. Laporta expresó que, aunque esta situación con el crack era difícil, resentía al club. Seguro se refería a las finanzas. Pasaron apenas dos días y vimos a Messi y su esposa felices abordando su jet privado con rumbo a la sofisticada París para firmar un contrato millonario. Al hacer el brindis ofrecido por la Casa Real Catarí, comencé a sospechar de otras cosas que con el pasar de los días se van confirmando. El caso Messi y la relación entre el Barça y su vida más se aproximan a la fuerza de la costumbre y a lo material y menos a lo idílico. Claro que disfrutaba de la idolatría arraigada por su metódico estilo de gozar de los placeres de la fama. Su despedida confirmó el precepto de que la persona sentimental se siente casi incapaz de sacrificarse por algo que no suponga un beneficio a corto plazo. Urgido, viajó a la Ciudad Luz para ponerse una nueva camiseta, cuyo escudo besará muy pronto.

El arreglo vertiginoso con la familia Tamim bin Hamad al Zani, quienes son los verdaderos propietarios del PSG, también me hace pensar que todo estaba fríamente calculado. La demora de más de un mes en firmar el acuerdo con FC Barcelona, en pleno siglo XXI, me hace presumir que había un pacto, tal vez no consensuado pero previsto, para alivianar las indiferencias y también las diferencias. Las dos partes mostraron una resignación conformista. El número 10 seguirá engordando sus finanzas, mientras que Laporta tendrá que sacarse la madre para reflotar la paupérrima economía del club azulgrana. En fin, Messi, usufructuario de la situación, actuó como los magos, quienes con espectaculares trucos de magia mienten, pero consiguen el objetivo y casi siempre terminan aplaudidos.

Publicidad

Foto: AFP

Nadie nunca podrá cuestionar la magia que Messi es capaz de realizar con un balón de fútbol, pero también verlo es como un placer sin consecuencia, porque no fue recíproco. Le sacó hasta el último euro al Barcelona y, cuando más necesitaban un gesto de su parte, lo dejó de lado como a un leproso, en quiebra total. Lo suyo no es amor a su club, es amor al dinero. Eso solo lo hacen los mercenarios. Así también lo calificó nada menos que Francesco Totti.

Quedará en el aire cómo mismo funciona el fair play financiero si los jeques pueden pagar y contratar a Messi, Ramos, Donnarumma, Neymar, Mbappé y demás, y no lo infringen. Todo un misterio.

En la capital de Cataluña apareció un cartel que decía: “El que se fue, que no regrese”. Y unos metros más allá, un grupo de trabajadores retiraban la imagen de Messi, colocada en el muro perimetral del Camp Nou.

En nombre del fútbol se han escrito muchas historias, pero siempre ha perdurado el criterio de que el jugador no es más importante que el juego, ni que la pasión, ni que la afición. A Messi se le acabó la tristeza en apenas tres días. De vez en cuando sentirá nostalgia por el tiempo que ha huido irreparable. Hoy baila su último tango en París. (O)

Foto: EFE