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¿Y quién gana el Mundial...?

Análisis previo nos formula dos preguntas: ¿Cómo podría no ser campeón Brasil? ¿Qué cataclismo debería acontecer? Argentina podría encontrarle en semifinales.

Brasil derrotó por 3-0 a Ghana el viernes en amistoso. Foto: CHRISTOPHE PETIT TESSON

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Ya se siente ruido de pelota. Solo faltan 56 días para descorrer el telón del Mundial que mayor curiosidad despierta por el exotismo de su marco, la grandiosidad de las obras que se anuncian, las tradiciones árabes que lo rodearán y porque –vez primera– no se jugará con calendario europeo, es decir a mitad de año, entre el final y el comienzo de una temporada en las grandes ligas del Viejo Mundo. Esto los fastidia, naturalmente (han inventado este juego y lo gobiernan desde hace siglo y medio), pero puede que le confiera al torneo un brillo futbolístico sobresaliente. El agobiante calor de Qatar en junio y julio, superior a 40 grados, obligó a correr las fechas y determinó un Mundial casi navideño (finalizará el 18 de diciembre). Los futbolistas llegarán frescos, a tres meses y medio de haber arrancado el curso 2022-2023. La excusa para malos rendimientos en todas las copas anteriores ha sido siempre que toca afrontar la máxima competición después de campañas extenuantes de 50 y hasta 60 partidos. O sea, ahora no cabe el célebre latiguillo de “llegan fundidos al Mundial”.

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Y si hay frescura física, hay promesa de buen juego. Además, entre noviembre y diciembre las temperaturas en el diminuto emirato oscilan entre 26 y 30 grados, pero los estadios estarán refrigerados, con lo cual los jugadores sentirán unos agradables 23-24. Uruguay 1930, Chile 1962 y Argentina 1978 se disputaron en pleno invierno austral; en Estados Unidos 1994 se llegaron a registrar 55 grados sobre el césped durante el choque inaugural en Chicago entre Alemania y Bolivia (estábamos presentes). Y en todas ediciones albergadas en Europa el calor fue de bochorno. Ni hablar de México 1986. Pese a todas las desconfianzas que suscita Catar en Occidente, esta del clima parece no caber. Puede que veamos, por tanto, un fútbol de alta intensidad como el que se viene observando últimamente.

Ganar un Mundial es el mayor reconocimiento posible para jugadores y entrenadores. Ningún otro logro reporta tanto prestigio. Así tenga ochenta años, a alguien que levantó el artístico trofeo se lo presenta como “fulano de tal, campeón del mundo”. Es un título de nobleza social y una gloria inmarcesible. Es el Himalaya deportivo, la punta del embudo en el que entran los 211 países-estados-enclaves miembros de la FIFA (las Naciones Unidas reúnen 193). Los Juegos Olímpicos se componen de 33 deportes, aún así no alcanzan el 50 % de la repercusión de la Copa Mundial.

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Pero los Mundiales nunca son muy atractivos futbolísticamente. Mucha gente los idealiza, les pone la vara muy alta en cuanto al producto. Piensa que, al estar los mejores futbolistas y las mejores selecciones del momento, debe ser el gran espectáculo. No es así. Son la máxima caja de resonancia, no la mejor expresión futbolística (hubo muchos decididamente feos). Hay una lógica: se juntan 23 jugadores que provienen de clubes y de países distintos, con un técnico que no es el que tienen diariamente en sus equipos, con otro sistema, otra personalidad, diferente forma de trabajo. Y, al no disponer del mismo tiempo de ensayo que los clubes, las selecciones rara vez alcanzan la armonía de los equipos, que sí tienen a los futbolistas entrenando juntos todo el año. Armonía es sintonía, ensamble, entendimiento, cerrar los ojos y saber que tal compañero está allá, que el otro va a picar, que fulano va a ir a buscar el centro... Es difícil lograrlo en veinte días de entrenamiento y unos poquitos partidos.

Por eso, el técnico que logra amalgamar una defensa firme y un ataque oportuno más una buena convivencia, ya tiene abiertas las puertas de la final. La historia está llena de campeones correctos: Italia 2006, Francia 2018, Brasil 1994, Alemania 1990… ¡Casi sale campeón Argentina en 1990, una selección que marcó 5 goles en 7 partidos…!

Este cronista asistió a diez Mundiales; y vio 14 en total desde la niñez. Salvo el de 1970 y quizás el de 2014, no hubo brillantez en ninguno. La final de 1974 enfrentó a las dos superpotencias del momento, la revolucionaria Holanda de Cruyff, Neeskens, Rep, Krol, Van Hanegem, Rensenbrink y la maciza Alemania de Beckenbauer, Müller, Breitner, Overath, Holzenbein, Hoeness, Bonhoff… Ganó Alemania 2-1. Fue una final tensa, sí, pero áspera, gris, ni los goles la salvaron, dos fueron de penal y uno que se inventó Müller desde la nada. Menotti fue siempre una bandera del fútbol ofensivo y exquisito. Su Argentina de 1978 tal vez comenzó la Copa con esa intención, pero nunca la plasmó; terminó guapeando, conquistando el título a punta de coraje. Sobran ejemplos de campeones que no alcanzaron el brillo. Italia 2006 definitivamente es menos que un recuerdo, una estadística. ¿España 2010 brilló…? Hizo 8 goles en 7 cotejos. Casi la despacha Paraguay… Ganó los cuatro partidos eliminatorios por 1 a 0, sudando tinta. Su valor más alto fue David Villa, Balón de Bronce, algo que pocos recuerdan. ¿Cuántos fueron los Mundiales y campeones brillantes…?

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El análisis previo de Catar 2022 nos formula dos preguntas: ¿Cómo podría no ser campeón Brasil…? ¿Qué cataclismo debería acontecer…? Tiene todo, la tradición ganadora, el técnico adecuado (Tite), la vocación ofensiva, el funcionamiento y una veintena de cracks tremendos: Neymar, Richarlison, Vinicius, Rodrygo, Antony, Raphinha, Everton Ribeiro, Pedro (el finísimo goleador de la Libertadores actual), Paquetá, Casemiro, Fred, Marquinhos, Militão (un central de excepcional determinación y prestación física), Alisson… Tite no sabe a quién sacar. Abundancia total, más que en 2018. Allí, en un recodo del camino, se encontró con una trampa llamada Bélgica. Pero ahora, ¿quién le pone el cascabel…?

Argentina se alzó con la Copa América 2021, tras vencer en la final del torneo a Brasil en el Maracaná. Foto: Archivo

Si ambos ganan sus grupos y avanzan en octavos y cuartos, Brasil y Argentina podrían encontrarse en semifinales. Sería un choque de planetas. Argentina debería jugarle como en la final de la Copa América, a hierro corto, con las antenas a mil. Y con mucha inspiración. Aún así, le sería difícil vencer. El equipo de Scaloni está afilado, ha internalizado el libreto, tiene excelentes intérpretes, una moral estratosférica y a Messi en estado celestial, cerebral, en modo oráculo. Es otro candidato. ¿Y luego…? Francia luce muy fuerte, le sobran talentos, como a Brasil, tiene un técnico -Deschamps- que no regala ni un chicle usado y, además, en cualquier instante juega la carta brava: Mbappé, un tsunami.

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Luego se verá qué pueden decir Alemania, que siempre puede juntar once buenos (y son alemanes, de una confiabilidad notable), la desatada y atractiva España de Luis Enrique, que puede atacarte con siete; Bélgica, capaz de cualquier hazaña por los nombres que posee, y Holanda, abanderada del buen fútbol y con individualidades muy ponderables.

¿Una apuesta loca, muy loca…?: Dinamarca. Da para arrimarle unas monedas. Y el pálpito que es casi certidumbre: veremos un buen Mundial. (O)

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