Para ser escritor en Ecuador -y probablemente en América Latina- no solo se requiere de pasión y compromiso, también hay que tener un ingreso extra para financiar la impresión y distribución de la obra (y llevar el pan a la mesa), hay que trabajar duro por el día y escribir por las noches, hay que luchar contramarea, postular a fondos y sobre todo ser bastante ‘necios’ y muy valientes. Algunos optan por otras alternativas, como viajar a Europa para hacer carrera, tocar puertas y lograr un lugar importante en las esferas literarias. Y esto es lo que precisamente hace Emilio en Bruma, él toma todos sus ahorros para ir a Barcelona con una sola misión: escribir una obra y convertirse en una leyenda de la literatura latinoamericana, pero termina ‘metiendo la pata’ más de una vez.

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Esta es la premisa de la última novela del escritor Miguel Molina Díaz, que desde su publicación ha sido comentada, recomendada y halagada por algunos lectores y críticos literarios. El humor que se teje en sus páginas, con el tinte irónico de su personaje principal, se convierte en un plácido y refrescante viaje que lleva a sus lectores a varios rincones de la ciudad española.

“Es consciente de las grandes dificultades que tiene el Ecuador para que la vida de un escritor pueda consolidarse y pueda vivir de sus libros. Él intenta ir a un lugar donde el mercado editorial es mucho más grande, mucho más complejo y donde él siente que tiene más posibilidades”, cuenta Molina en una entrevista con este Diario.

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Miguel Molina Díaz, escritor quiteño. Foto: Mishell Sánchez

Esta divertidísima novela sucede en el 2013, cuando su protagonista, de 23 años, viaja a Barcelona y se instala en un diminuto cuarto con la idea de tener una mejor vida y con la idea de que es la única forma de triunfar en la literatura. Pues en su imaginario es la ciudad que catapultó a Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, o que tiene a los grandes editores. “Emilio se choca con una realidad que es distinta a la que él se imaginaba, conecta con la realidad del escritor latinoamericano, porque evidentemente nuestros países están condicionados por cierta precariedad para el mundo de la escritura”, dice.

El escritor quiteño entrega al lector un personaje cómico, genuino -o no tanto- y a ratos bastante pretencioso. “Emilio está más obsesionado con la figura del escritor que con la escritura... quiere la fama del escritor, pero poco reflexiona sobre la escritura y poco escribe también”, describe Molina.

«A veces una persona -un intelectual, un escritor- vive su vida y cumple sus roles: se despierta, toma el café humeante del desayuno, se sube al tren que lo lleva a la universidad, asiste a clases, conversa con sus amigos, se encuentra en la tarde con su novia, tienen sexo, hay vino y libros y humo de marihuana (…). La vida de los escritores está llena de estos momentos, de esas ideas o sueños perdidos, de las epifanías que nunca llegan a historias, que nunca llegan a nada» (extracto de Bruma, pág. 81).

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'Bruma', de Miguel Molina Díaz.

La novela muestra a un migrante que pasa por tremendos baches financieros, que obligadamente lo conducen al engaño, la mentira y las apariencias, caminos que podrían llevarlo a serios problemas con importantes editores. “Emilio está muy dispuesto a ser muy maquiavélico para alcanzar sus objetivos. Con tal de ser famoso, está dispuesto a arrebatar las esferas de lo ético”, menciona su autor.

Pero también deja ver a un joven con un gran bagaje intelectual, que constantemente está conectando con sus referentes literarios, al igual que lo hacen sus otros personajes; de cierto modo un homenaje al arte de la escritura con la mención de autores como Roberto Bolaño, César Dávila Andrade, Juan Rulfo, Pablo Palacio, Ana María Matute, Rosa Montero, Almudena Grandes. (Estas tres últimas hasta tienen apariciones en la historia).

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«Lo único que me preocupaba sobre mi vida en Barcelona era que debía permanecer vivo hasta que llegara el momento del triunfo», (pág. 55).

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La sencillez y frescura con la que escribe Molina le otorgan a su libro un ritmo difícil de soltar; no es para nada una obra pesada. “Me ha costado mucho el tono de esta novela, porque era un tono que yo quería que sea divertido, que sea claro, no me gusta mucho una literatura crítica, densa, me gusta dialogar con el lector”, afirma el también columnista de EL UNIVERSO.

“Quería que sea un libro donde la ironía estuviera presente, donde la impostura estuviera presente. Yo quería que Emilio sea un pretexto para que el lector se ría de uno mismo, y también por eso traté de usar lugares comunes, por ejemplo, el deseo del éxito”, añade.

¿De qué más se da cuenta Emilio estando en Barcelona?

Emilio no se ha reconciliado con su cuerpo... no está cómodo consigo mismo, y ese es el problema que se replica en las relaciones con las que tiene alguna relación afectiva... él no se siente cómodo, por lo tanto no puede dar comodidad en la relación... él tiene un problema de insatisfacción consigo mismo.

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¿En qué coincide Miguel Molina con Emilio?

Con Emilio comparto cierta ilusión con el mundo de los libros. He pensado mucho que todo personaje que uno crea es una especie de Frankenstein, como decía Jorge Enrique Adoum, en el sentido de que uno le entrega cosas propias y también cosas de otros. A Emilio le he dado elementos de mis amigos, elementos de gente que yo conozco, elementos de otros escritores que conozco para irlo conformando y también tiene cosas mías.

Siento que Emilio a mí me ayuda a entender que la escritura es mucho más difícil de lo que él y yo nos pudimos haber imaginado. La escritura implica un proceso de valor y valentía que Emilio no está dispuesto a dar del todo y ese es un problema de él en la novela.

¿En qué se ve envuelto este personaje estando en Barcelona?

Fundamentalmente Emilio tiene un problema con la masculinidad. Es decir, Emilio recién está entendiendo cuál es su manera de vivir la masculinidad, pero le cuesta, y el gran problema que esto representa es cómo él se relaciona con las mujeres. Emilio tiene un desbalance emocional muy grande. Es un hombre que no se cuestiona sus actitudes.

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Se expone a lo que se enfrenta un migrante. En su deseo de convertirse en el mejor escritor experimenta el hecho de dormir en un cuarto pequeño.

Él vive en medio de sus grandes ídolos, piensa en García Márquez, piensa en Bolaño, piensa en Vargas Llosa y quiere sufrir lo que ellos sufrieron, porque así él se siente parte de la gran familia de los escritores latinoamericanos. El problema es que él ha mitificado este rol, no está siendo una auténtica persona que quiere escribir, sino que él vive entre esos mitos y él también quisiera ser un mito más. Emilio es un showman.

Miguel Molina Díaz, escrito quiteño. Foto: Mishell Sánchez
¿La fama y la literatura pueden ir de la mano?

La sociedad actual está obsesionada con el éxito y por eso vienen las grandes frustraciones, la depresión y la ansiedad, porque muchas veces vemos que no estamos alcanzando ese tipo de expectativas que la sociedad pone. Yo creo que es superhumano querer vivir de la escritura. En América Latina, y particularmente en Ecuador, es bien difícil vivir de la escritura.

Un escritor en general debería sentir que la escritura tiene sentido para él, pero si el dinero y el éxito tienen más sentido que la propia escritura quizás no está haciendo lo que realmente le hace feliz.

Usted escribe para la página de opinión de este Diario. ¿Escribiría una columna sobre Emilio?

Siento que si Emilio fuera un escritor ecuatoriano no seríamos tan amigos. Siento que no le podría tener tanta paciencia a Emilio, y más bien este ejercicio de escribir a Emilio ha sido tan importante para mí en el sentido de ser empático con esta situación que él atraviesa. (I)