“Me conmueve mucho el dolor ajeno. Vi las noticias, el drama horrible, desgarrador, no podía reaccionar. Hasta anoche que me dije: ¿Qué hago Dios, de qué manera ayudo a esta gente que viene de provincia”, cuenta Jacqueline Matute, una guayaquileña de 56 años que hoy, 1 de octubre de 2021, llevó almuerzos y fruta a los familiares de los presos fallecidos el martes, en el más reciente capítulo de horror carcelario en el país.

Acompañada de sus hijos, Jacqueline ofreció 75 aguados de pollo en las afueras del Laboratorio de Criminalística y Ciencias Forenses de la Policía Judicial, en la avenida Barcelona, en el suroeste de Guayaquil. También llevó una gaveta de guineos y tres pacas de botellas de agua.

“A las seis de la mañana me levanté y dije ‘voy a hacer esto’. A mi hijo, que es chef, le dije que me haga la comida, que yo me encargo de conseguir el resto, y yo voy a entregar”, comentó Jacqueline luego de tomarse unos segundos para respirar y pronunciar palabras. “No le puedo responder, porque me pongo a llorar, que le cuente mi hijo”, había dicho primero.

Católica y dueña de un negocio de venta de chocobananos, en las calles Oriente y la 20, del suburbio oeste de Guayaquil, Jacqueline comentó que había decidido brindar los almuerzos como ofrenda a Dios. “Lo hago como agradecimiento, por la bendición que Dios me ha dado. Para una madre no importa quién era el hijo, es su hijo, ese dolor hay que ver, madres que no han podido ir a su casa a comer, esperando noticias”.

Jacqueline Matute también ofreció frutas a los policías que daban seguridad. Foto: Marjorie Ortíz

Geovanny Arreaga León, de 47 años, recibió uno de los aguados de pollo. “Tenía cuatro días que no había comido, solo picando cualquier cosa”, agradeció Arreaga, padre de Carlos Jonathan, uno de los fallecidos en la masacre ocurrida en la Penitenciaría del Litoral.

“Ya lo identificamos, él estaba en el pabellón 5, lo decapitaron. Fue sentenciado a un año ocho meses y ya llevaba diez meses”, contó Arreaga, quien llegó desde la cooperativa Viernes Santo, al sur de Guayaquil, y agregó: “Eso no es un centro de rehabilitación, es una carnicería. Lo que le hicieron a mi hijo... fue descuartizado, macheteado los brazos, la espalda. No sabemos dónde lo vamos a sepultar”. (I)