Es uno de los grandes personajes de la historia universal. Protagonista de los albores del Renacimiento que transformó a la civilización occidental; una nueva filosofía de vida: el Humanismo, basado en la exaltación del pensamiento de la Antigüedad que devolvía al hombre su centralidad en las materias mundanas, desplazando a la verdad revelada por el Dios de la cristiandad. Y más allá de un duradero legado, que incluye el pomposo ceremonial de la monarquía británica, su memoria cautiva por el singular hecho de haber tenido seis esposas, propiciando un legendario divorcio que derivó en la creación de la Iglesia anglicana.

Enrique VIII (1491-1547) llegó al trono en la adolescencia, cargando el lastre de la derrota de Inglaterra en la Guerra de los Cien Años con Francia y la subsecuente contienda civil, conocida como la Guerra de las Rosas, que enfrentó a las casas de York y Lancaster por el trono insular durante tres décadas, que se zanjó con la batalla de Bosworth, en 1485, donde su padre, Enrique VII, como paladín de esta última, venció a su rival Ricardo III. En su afán de unificar a la nación, el rey victorioso, fundador de la dinastía Tudor (parientes bastardos de los Lancaster), se casó con la princesa Isabel de York, madre de su hijo y sucesor.

El desangre que exterminó a las tres cuartas partes de los varones de la nobleza había debilitado a la nación inglesa en su transición al siglo XVI. Poblacionalmente con tres millones de habitantes, ocupaba la novena posición en Europa, con rentas que ascendían a 800.000 ducados anuales, muy por debajo de sus vecinos franceses que siendo 14 millones recaudaban ocho veces más.

Publicidad

La necesidad de una alianza dinástica que fortalezca su rol de potencia condujo a Enrique VII a ofrecer a su primogénito Arturo a la hija menor de los reyes católicos de España, Catalina de Aragón. Cuando llegó para la boda con 16 años, uno más que el novio, se recelaba que fuera de piel trigueña común en los países mediterráneos, pero al levantarse el velo que le cubría el rostro evidenció una tez blanca nívea, con ojos verde/grises, cabello castaño rojizo, más bien baja, pero de buenas formas, que hacía su conjunto atrayente. No hablaba inglés, una lengua poco conocida de un país bárbaro, brumoso y glacial, de modo que la comunicación cortesana fluiría en francés.

En 1501, el matrimonio se efectuó en la catedral de San Pablo, en Londres, aunque Arturo, que era un joven enfermizo y débil, no lo sobrevivió sino pocos meses, dejando abierta la interrogante sobre si se consumó. Y aunque enseguida se firmó otro contrato de esponsales con su hermano Enrique, tardaría siete años en concretarse por los vaivenes de cálculo de las respectivas casas reales.

El flamante sucesor de la corona, seis años menor a quien sería su primera esposa, era un mozo que rezumaba fortaleza y vitalidad, rubicundo de ojos azules, muy claros, que se distinguía por una impresionante estatura de 1,90 m. Hábil jinete, gustaba de la cacería y el deporte del royal tenis, siendo aficionado al canto y la música, y tocaba con destreza el órgano y el clavicordio.

Publicidad

Detalle de la familia de Enrique VIII en el Palacio de Hampton. De izquierda a derecha: príncipe Eduardo, Enrique VIII y Jane Seymour. Foto: Wikipedia.

Al asumir el trono a la muerte de su padre en 1509, Enrique VIII se casó con Catalina, con quien mantuvo una relación placentera que fue menguando debido a una sucesión de embarazos abortados hasta que en 1516 dio a luz una hija sana, María Tudor, quien más tarde sería reina de Inglaterra. Pero él quería un varón que garantizara la continuidad de la dinastía, que estaba expuesta a amenazas sucesorias. Según su contemporáneo Maquiavelo, los príncipes usurpadores y advenedizos con frecuencia saben compensar su falta de legitimidad con un exceso de vigilancia y autoridad. Al tenor de esta obsesión, el poderoso duque de Buckingham y muchos otros personajes terminarían sus días en el cadalso de la torre de Londres.

Tuvo el acierto de designar como consejero al arzobispo Thomas Wolsey, que lo sirvió con eficacia durante la fase cenital de su reinado, donde tuvo como oponentes a Francisco I de Francia, al emperador Carlos V de España y Austria y al papa Clemente VII del clan Medici de Florencia. Y pese a organizar periódicas expediciones a territorio francés y a Flandes, con frecuencia desempeñó el rol de pacificador entre dichas potencias, en pugna por los ricos reinos y ducados italianos.

Publicidad

En 1525, frustrado por la falta de un sucesor, posó la mirada en la joven Ana Bolena, que se había criado en la corte francesa (cuya hermana mayor María había sido su amante), quedando prendado de su personalidad vivaz y libertina. Era una morena menuda de tez mate, de grandes ojos negros, cuello largo y pecho enjuto, que como conjunto tenía un atractivo. A diferencia de Catalina que volcaba su inteligencia a la ortodoxia religiosa, esta la dirigía a un desafiante inconformismo.

Ante la seducción del rey, dejó en claro que solo sería suya en el evento que su relación tuviera legitimidad. Consumido por la pasión, demandó la anulación de su matrimonio con Catalina, alegando falsamente que era de carácter incestuoso porque había yacido con su hermano Arturo. Ante la dilatoria de la dispensa papal, se dejó arrastrar por la poderosa corriente protestante, iniciada por Lutero, que condujo a la postre a la proclamación de la Ley de Supremacía que reconocía a Enrique VIII como cabeza de la Iglesia de Inglaterra.

En 1529, Wolsey perdió su favor y fue relevado como canciller por Tomás Moro, figura emblemática del humanismo inglés, que no duró en el cargo por la deriva calvinista de la reforma religiosa y su desacuerdo por el repudio de Catalina como legítima reina. Pagaría con su vida tal desafío.

Emprendería una activa supresión de 220 monasterios, apoderándose para beneficio de la Corona de sus propiedades, lo cual sirvió a la postre a un proceso de democratización del campo en Inglaterra, poniendo fin al arcaico feudalismo

Publicidad

Bolena tampoco pudo darle el ansiado heredero al alumbrar en 1533 una nueva hija, Isabel, destinada a convertirse en la gran reina Tudor. Sin embargo, una sucesión de embarazos fallidos la hizo caer en desgracia, agravada por un carácter intemperante que colmó la paciencia a su señor, quien ordenó fraguarle una causa por adulterio que la conduciría sumariamente a la picota.

En 1536 contraería matrimonio con Jayne Seymour, su verdadero amor, quien concebiría un varón, Eduardo VI, que lo sucedería en el trono, aunque destinado a fallecer de forma prematura. Para su desgracia, Jayne pereció a los días de fiebre puerperal.

Las siguientes esposas no tuvieron mayor trascendencia: la joven Catalina Howard perdió la cabeza por adulterio, esta vez, auténtico; Ana de Cleves, flamenca más madura fue repudiada por no agradarle; y la discreta Catalina Parr, cuyo hado sería cerrarle los ojos. En su madurez Enrique VIII se convirtió en un tipo obeso cuya barriga medía 1,38 m. Para subir a la segunda planta del castillo, donde tenía sus aposentos, era preciso utilizar un cabrestante. Su muerte obedeció a la ulceración de una pierna por una flebitis crónica que derivó en apoplejía.

Al cabo de cinco siglos, la huella de los Tudor sigue vigente en la civilización británica desde un estilo arquitectónico característico hasta una idiosincrasia modelada por su ambición imperial.