La Luna, el único satélite natural de la Tierra, es la protagonista de nuestro cielo en la noche, salvo cuando es luna nueva. Pero no solo eso, ya que esta marca el ritmo de nuestro planeta -las subidas y las bajadas de las mareas-, lo que afecta la variedad de maneras en que se usa el océano para alimentarnos, viajar y recrearnos.

La inclinación de 23,5 grados de la Tierra en su eje se debe a que la Luna la mantiene bajo control. Este ángulo garantiza que nuestro planeta es seguro para vivir, ya que una inclinación más exagerada causaría estaciones más extremas. La Nasa explica que sin la gravedad de la Luna, la Tierra se tambalearía más violentamente sobre su eje, alterando así drásticamente el clima.

Los científicos creen que la Luna se formó hace unos 4.500 millones de años, cuando un objeto del tamaño de Marte colisionó con la Tierra. La fuerza de esta colisión habría desprendido materiales de la Tierra y del objeto con el que colisionó y los envió hacia el espacio. Parte de estos escombros se juntaron para formar la Luna.

Así, la Luna tiene mucha influencia sobre la Tierra, incluso en el pasado los agricultores se valían de su iluminación nocturna para la cosecha. De allí surgen nombres populares como la Luna del Maíz, pero en todo caso, este satélite natural no brilla con luz propia.

Pese a que algunas veces parece ser muy brillante, en realidad solo está reflejando entre el 3% y 12% de la luz del Sol que recibe. Además, la composición de la superficie lunar (rocas basálticas, anortositas y polvo lunar), contribuye a que la Luna tenga un brillo mayor del que refleja.

El momento en que más brilla es cuando está a 180 grados del Sol desde nuestra perspectiva, la entonces conocida Luna llena.

También se pueden dar situaciones como la conocida superluna, que ocurre cuando la órbita de la Luna está más cerca (perigeo) a la Tierra al mismo tiempo que está llena. Entonces el satélite parecerá un poco más grande de lo habitual. (I)