Por Carlos Ugo Santander/Latinoamérica21

En la tarde del miércoles 6 de octubre el presidente Castillo anunció en un corto mensaje a los peruanos que aceptaba la renuncia -que en realidad fue solicitada- de su primer ministro, el radical de izquierda Guido Bellido. Así, se ponía fin a una de las gestiones más cortas y controvertidas de la vida política peruana a menos de 100 días de iniciado el nuevo gobierno.

Guido Bellido no fue la primera baja del gobierno, pero a diferencia de Héctor Béjar, el ex ministro de Relaciones Exteriores, este último tuvo que renunciar bajo la presión de grupos radicales de derecha. En apenas tres meses, el ex primer ministro colmó la paciencia de todos ya que inclusive llegó a conspirar en comunicaciones internas entre parlamentarios contra las nominaciones del presidente.

Bellido fue electo congresista por Perú Libre, pero con su nominación como ministro se convirtió en el colaborador más importante del presidente para liderar la política general del gobierno, una especie de segundo hombre después de Castillo. Y si bien por su peso político tenía todo el derecho de exigir más espacio para sus cuadros en el Gobierno, en el corto tiempo como ministro desarrolló una agenda diferente a las necesidades y objetivos del Gobierno.

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Además, al nominar a personas carentes de habilidades mínimas para el ejercicio de la función pública, en lugar de nombres que pudieran contribuir a la construcción de un gobierno sólido, convirtió estos dos primeros meses en un martirio para el gobierno que fue asediado permanentemente por la oposición.

Diferencias con Castillo

Entre tantas urgencias y dificultades, Bellido se dedicó a promover una agenda política basada en la ideología en lugar de enfocarse en asuntos de políticas públicas más concretos. Y su ambición lo llevó a buscar notoriedad en asuntos que desconocía. Esta inexperiencia contribuyó a que la oposición más radical ganase más espacio en el Congreso, ahuyentado a los moderados para congregarse a favor de la destitución del ministro de Trabajo, Iver Maraví, otro de los titulares radicales cercanos al líder de Perú Libre, Vladimir Cerrón.

Sin una mayoría simple en el Congreso y sin control de la agenda parlamentaria, si el Gobierno busca impulsar cambios se ve obligado a buscar una estrategia de articulación más amplia que dialogue con otras fuerzas políticas, sobre todo con los parlamentarios más moderados. Sin embargo, a diferencia del discurso del presidente, quien se colocó desde el inicio a favor de una postura equilibrada, la de Bellido era osada y agresiva a pesar de la debilidad de su partido que cuenta apenas con 37 de los 130 escaños.

El gran problema de las plataformas radicales cuando llegan al gobierno -sean de izquierda o de derecha- es la dificultad de traducir sus discursos ideologizados en soluciones concretas y políticas públicas. De ahí que las agendas ideológicas tienden a ser confrontacionales, genéricas, repetitivas y carentes de contenido. Esto llevó a Bellido y sus partidarios a perder una gran oportunidad de contribuir al Gobierno con propuestas concretas.

Las fisuras en el Gobierno

Más allá de que Bellido ya no está, las diferencias entre algunos ministros han dejado fisuras que se proyectan hacia dentro de la propia bancada oficialista que parece estar dividida entre quienes apoyan la moderación de Pedro Castillo y quienes buscan el tránsito hacia un cambio más radical.

Si el ala más radical del oficialismo no asume la debilidad de su Gobierno e insiste con resolver demandas vinculadas a un imperativo moral, en vez de estratégico, cabe la posibilidad de que la bancada de Gobierno se quiebre. De ser así los radicales podrían ir quedando cada vez más aislados.

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Ante semejante desorden en el Gobierno, la buena noticia es que la última encuesta de la empresa Ipsos menciona que el 77% de los peruanos considera que el presidente no debería ser destituido o vacado de su puesto. Sin embargo, la oposición más radical en el Congreso insiste en aprobar leyes inconstitucionales para recortar las prerrogativas del presidente como la que busca limitar al Ejecutivo en el uso de la cuestión de confianza, al prohibir que sea planteada sobre reformas constitucionales o temas de competencia del Congreso.

Quizás sea hora de que las distintas fuerzas legislativas también se dispongan a aislar, de una vez por todas, a los radicales de derecha para mejorar el clima político y que el Gobierno se pueda centrar en enfrentar los desafíos que ha dejado la pandemia en el país. (O)

Carlos Ugo Santander es politólogo y profesor e investigador asociado de la Universidad Federal de Goiás (Brasil). Doctor en Sociología por la Univ. de Brasilia (UnB). Posdoctorado en la Univ. de San Marcos (Perú). Especializado en estudios comparados sobre América Latina.

www.latinoamerica21.com, un medio plural comprometido con la divulgación de información crítica y veraz sobre América Latina.