Con cada pequeño escándalo de corrupción, con cada dólar que se nos cobró de más para entregar canastas de víveres a los más necesitados, gota a gota se descoagulan los resquicios de nuestra fe en la humanidad. Todo porque, en plena pandemia y una crisis económica que lacera hasta el alma, unos lamentables funcionarios no querían dejar de ser ellos, de ser lo peor.

Supuran de igual manera, acompañadas de pestilente pus, las trágicas torpezas –en un mundo alterno, ingeniosas disposiciones– del Ministerio de Educación. El mundo cambió, pero esta cartera de Estado, que ya estaba casi vaciada de su razón de existir, modificó cada regla que pudo para que todo permanezca igual.

Mediante coloridos documentos que seguramente van y vienen cargados de comentarios y sugerencias durante su producción, queda dictaminado cómo el año escolar terminará en el régimen Sierra-Amazonía y se iniciará en el régimen Costa. Si antes se hacían planificaciones curriculares, ahora se crean fichas de experiencias de aprendizaje. Si otrora había que ir a perder el día en el centro de salud para evitar una falta grave en el colegio por una simple gripe, hoy la consigna es que, por decreto, nadie pierde el año.

Según los créditos del Plan educativo: aprendamos juntos en casa, se necesitaron no menos de cinco subsecretarías para la producción de 96 páginas, a lo cual se añaden con orgullo singular dos viceministerios y cuatro direcciones. En este contexto, no imagino cuántas personas más requiere el Ministerio de Educación para cambiar un foco.

Entre las florituras pedagógicas surgidas de la enconada dedicación de estas abejitas polinizadoras del saber, surge la más audaz de todas, una que tiene la capacidad mística de regresarnos al pasado sin siquiera parpadear. Es la petición a los estudiantes de compilar los trabajos que ya entregaron anteriormente a los profesores con todas las dificultades del caso y, así como lo lee, por cuya carátula, en pleno 2020, se dará un puntaje.

Pero lo que más ofende es la noción de que hacer propuestas sin conexión con la realidad puede constituir un legítimo estilo de gobernanza. Es decir, pedir a los padres que hagan una “lectura breve”, cuando el nivel de lectoescritura de un importante porcentaje de adultos en el país es bajísimo. O que “acuerden horarios para la realización de las actividades académicas” cuando los ya elevados niveles de violencia en el hogar se han acentuado con el confinamiento por COVID-19.

Colegios públicos y privados alrededor del país sufren, y continuarán padeciendo, por los actos grandilocuentes de quienes saben que es más fácil producir normas, directrices y formularios, que repensarse su propio rol y el de la educación de una vez por todas. Mientras el acceso a la plataforma del Ministerio de Educación no ha sido hasta ahora habilitado, siquiera para quienes podrían usarla, la realidad es que solo en la libreta de calificaciones nadie perdió el año. De la hemorragia masiva de talentos y ambiciones que pudieron fomentarse en el país se alimentará una irrevocable tragedia educativa en Ecuador. (O)