La teoría keynesiana promueve la ejecución del gasto para incrementar la demanda independientemente si este sea productivo o no. Bastiat, en sus ensayos de Armonías económicas, la considera un “cuento chino”, un disparatare, una soberana ridiculez. Este cuestionamiento está vigente y sobre todo en los últimos 14 años donde el incremento del gasto público desproporcionado sin control promovió obras que, a más de ineficientes, incorporaron un esquema delincuencial de sobornos y sobreprecios.

Es uno de los mayores problemas del socialismo ‘proteccionista’, creer que aplicando la política keynesiana de gasto, se puede hacer crecer la economía mediante inversiones y actividades no solamente cuestionadas por sus sobreprecios, sino si dichas obras eran realmente necesarias. Así vemos la Universidad Yachay, aeropuertos ubicados donde no existe demanda de pasajeros, hidroeléctricas trabajando muy por debajo de su capacidad instalada, construcción de la famosa plataforma financiera y social, edificaciones judiciales construidas para cientos de funcionarios, pero en la realidad solo existen unos cuantos empleados; creación de instituciones públicas que nunca justificaron su creación: Enfarma, para medicamentos; Inmobiliar, para administrar bienes; Iaen, para altos estudios ideológicos; Secop, para fiscalizar obras que no fiscalizó ni fiscalizará. Podría ser la respuesta teórica a la caótica, la indiscriminada inversión, el ingrediente adicional que le incorporó la ‘revolución’ a esta teoría keynesiana, y el corrupto esquema para ejecutar obras públicas sobredimensionadas; marca patentada que estaba manejada desde el Palacio de Carondelet por un exdictador. Bajo esta premisa no tocaron de manera seria temas como la desnutrición crónica infantil, la indigencia, el trabajo, la salud, la inseguridad, etc. (O)

César Manuel Campoverde Solís, licenciado en Gestión empresarial, Guayaquil