Es una inequívoca verdad que el diálogo es una artimaña en las ciencias políticas. Valga la pregunta ¿después del diálogo, qué? Lo procedente es: encuentros, negociaciones, acuerdos, pactos. Todos estos, comprendidos dentro del marco legal. No así la componenda, que viene a ser como algo oscuro en las conversaciones políticas.

El término diálogo está siendo utilizado como una estrategia de tecnicismo político con el resultado que salta a la vista, de que esto no brinda ni ofrece un resultado satisfactorio o concluyente ya que entre contradictorios que se definen por intereses diametralmente opuestos, lo que cabe es el debate de ideas, posiciones y razonamientos patrióticos y políticos que cada uno de los participantes expone e interpreta a su manera; todo esto preparado bajo un tratamiento de civilidad intracomunicacional. Lo que se está publicitando como diálogo en el momento actual debería ser interpretado como lo que es, un abierto debate de ideas, posiciones y de intereses a negociarse donde tiene que aparecer un ganador –el pueblo–, quiérase o no aceptarlo; porque hacia él debe dirigirse la solución efectiva del problema planteado.

Por eso, se dice y ronda en nuestra estima interior, que el diálogo dejó de tener consistencia en posiciones antagónicas. Lo adecuado es entrar en acuerdos sopesando los intereses del país, o sea, de sus ciudadanos sin creer ni caer en aquellas afirmaciones de que Ecuador consume ingentes cantidades de combustibles fósiles y por eso se hace más imprescindible el incremento de los precios de los combustibles, para “dejar de seguir destruyendo nuestro planeta”. El Ecuador, por uso de combustibles que deben ser subsidiados, en proporción con el uso mundial de carburantes fósiles, fácilmente es comparable a un grano de arena dentro del espectro de la contaminación mundial; por tanto este no es un justificativo valedero como tampoco lo es trasladar a los derivados del petróleo, a los precios internacionales, cuando somos extractivistas de esa materia prima.

Tenemos la obligación de resaltar un punto que lo puede incluir entre sus principios el presidente del poder Ejecutivo, no existe peso coercitivo cuando está en juego el destino de 17 millones de compatriotas, tarde o temprano la vara del field se inclinará hacia la mayoría; requisito sine qua non como parte sustancial de la democracia. (O)

César Antonio Jijón, Daule