Basta revisar lo que ocurre con la prensa hoy en día para darse cuenta de que la cultura vive una crisis de difusión. Añado reflexión porque no basta con difundir en una agenda cultural sobre eventos, libros, conferencias o exposiciones. La prensa diaria o semanal es el espacio natural para una reflexión contemporánea, en primera instancia, del acontecimiento que se aborda. En este sentido, los escritores, cineastas, filósofos, ensayistas, directores de teatro y músicos ecuatorianos se encuentran en una situación de abandono. Han desaparecido los suplementos o semanarios culturales que eran emblemáticos respecto a la cultura, o se han volcado al formato digital. La transición a los medios digitales ha sido lo único que ha permitido abrir nuevos espacios. Aunque me gusta lo digital, es una pérdida que en lo impreso se haya reducido casi hasta la inexistencia. Las columnas editoriales son los últimos reductos en los que los articulistas pretendemos dar cuenta de ciertos problemas o temas vinculados a la cultura, en espacios en su mayoría dominados por el tema político. Esta situación generalizada coloca no solo al creador cultural al margen, sino al mismo lector, que se ve abocado a tener restringido su horizonte de lecturas. Una de las mayores satisfacciones que he tenido en esta columna de EL UNIVERSO, que mantengo desde hace catorce años, es recibir mensajes de lectores que me agradecen las pausas frente a la recurrencia sobre temas políticos y que les pueda hablar de novelas, cine y poesía. Y, por supuesto, también agradezco a los editores, que me han permitido una libertad irrestricta en la selección de temas y registros literarios.

Pero la cultura necesita más. Comprendo que la presión de la necesidad de audiencia obliga a casi todos los medios de prensa a unos criterios de jerarquía por alcance. Quien quiera lograr impacto mediático masivo desde la literatura ha errado de oficio. Esto se puede dar en ciertas coyunturas, ocasionalmente, pero en la realidad su camino es otro: un impacto de largo aliento. Las inmensas minorías, de las que hablaron Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset. Lo que no significa dejar a un lado la posibilidad de que lo cultural y literario irradie a personas colocadas fuera de un segmento específico. El valor simbólico de lo cultural sostenido en el tiempo opera como un perfil de identidad que precisamente resiste en momentos de crisis. La invisibilidad en cuestiones de cultura se termina pagando con la indiferencia de fondo.

En un mundo competitivo global, se asigna un valor a los rasgos creativos de una comunidad, una ciudad o un país. A veces pueden ser rasgos tópicos derivados de una sobredimensión de un atributo. Por ejemplo, el melodramatismo italiano por la ópera, la complejidad léxica de los alemanes por la filosofía, el minimalismo estético del budismo en países de Oriente, como China o Japón, un cierto barroquismo en la literatura caribeña. Rasgos que pueden ser rebatidos por las excepciones críticas dentro de sus propias culturas. Pero precisamente que el tópico y la excepción entren en debate señala el capital, ya no diré simbólico para no abusar de la terminología de Pierre Bourdieu, o mejor dicho la riqueza en la que determinada cultura se ubica. El sentido de una identidad, valga la perogrullada, es el reconocimiento, aunque sea la leve identificación en un mundo de cientos de culturas, donde un mínimo funciona como exponencial. El deporte ha sabido canalizar esta dinámica: los países se sienten “reconocidos” cuando sus deportistas obtienen trayectoria y reconocimiento. Pero no es el único bastión. Países que apuestan por el apoyo al deporte hacen un despliegue de apoyos para la cultura, porque son conscientes de que el detonante mediático después necesita continuidad. La cultura opera al largo plazo, porque no solo se detiene en una noticia de primera plana, sino que se desarrolla en profundidad, y eso genera raíces.

Durante los veinte años que viví en España, pude ver el valor que se le da a la cultura. Esa apuesta por la creación en sus distintas ramas permite tener una idea de España que va más allá del fútbol y el tenis, dos campos donde han logrado gran visibilidad internacional. Hay una cultura literaria y editorial de primer nivel —que apoya a muchos escritores ecuatorianos: en las últimas décadas, más de una veintena publica en España—; hay una industria cinematográfica ineludible, una cultura musical, una producción pictórica relevante, que permite tener una visión en profundidad, caleidoscópica, de lo que representa un país como España. En América Latina han ganado espacio cultural países como Colombia, Guatemala, Chile, Uruguay, y no se diga los lugares de referencia que han sido también mediadores para creadores, artistas y pensadores ecuatorianos, como México, Perú y Argentina.

La inversión en el largo plazo requiere una visión de amplio alcance. Los mecenas o fundaciones en España y en otros países han ayudado a esta proyección. El prestigio que adquieren es una pátina de tiempo que no se desgasta fácilmente. Pero esto también exige que el Estado tenga la lucidez (ya tiene la obligación de proyectarse al largo plazo) para facilitar lo necesario para que la sociedad civil dé salida a su creatividad. Con esto no quiero simplificar que los apoyos sean becas y presupuestos que, lamentablemente, terminan en un circuito cerrado de contactos y, a veces, de formas propias del nepotismo. Me refiero a la concientización de un mandato cultural a favor de la creatividad en cualquier ámbito, una concepción de servicio a las manifestaciones culturales, para que no se entrampen en trabas legales ni en obstáculos que se exhiben con resignación y a veces como justificativo. Esto requiere una política real de comprensión de la cultura en un sentido amplio, no solo representando valores performativos de uno y otro folklore, al que se recurre casi como un tópico por desconocimiento de nuevas manifestaciones incluso dentro de esa línea, sino incorporando la excepcionalidad individual de cada creador, y que precisamente muestran el estado de desarrollo cultural de un país. (O)