En la vida siempre debe haber valores que no solo deben recordarse como un pasado vivido, en el “fui” o “he sido”, sino que deben ser vivencias permanentes.

Primero, están el entorno de la patria y el de la familia, para las que compromiso y decisión de sacrificio –de ser necesario– nunca deben faltar. Los principales deberes –en ambos entornos– no deben generarse porque se imponen por ley o autoridades, sino desde el corazón y la mente, son de entrega.

Luego, los espacios de vida, entre estos los de nuestra formación. Lo recordaba con ocasión de los ochenta años de un compañero de doce años de estudio, desde el primer curso del Colegio Nacional Vicente Rocafuerte, al que ingresamos en mayo de 1954, pasando a la Universidad el año 1960, de la que egresamos el año 1966.

Ser “vicentino” era una calidad de vida, para siempre. Lo recordamos y vivimos en confraternidad. De diferentes espacios familiares llegamos a las aulas del colegio, algunos fueron llegando de otras provincias, y la integración se producía. Entre nosotros, con la compañía de nuestras cónyuges, en muchos casos con hijos e hijas, se forjó la amistad, alimentada con permanente comunicación.

Por una dificultad de expresión oral no hice escuela regular; a los 11 años, después de haber recibido clase del profesor Eleodoro Barroso, vecino en el barrio Orellana, rendí examen en la Dirección Provincial de Estudios para poder ingresar al Vicente Rocafuerte, donde ya eran alumnos mis hermanos Santiago y Jaime. La vida –avanzados los años ochenta del siglo pasado– me dio la oportunidad de acompañar a caminar los sábados al profesor Barroso, ya en su ancianidad.

Y luego la Universidad de Guayaquil, a la que pude entregar amor y pasión, primero como profesor y luego en la calidad de rector –noviembre de 1994 a julio del 2004–, por designación de la comunidad universitaria. Los que parecían imposibles, presupuesto equilibrado, manejo como reloj de su administración en cuanto a pagos y flujos de recursos, hospital universitario, Casona restaurada, varias unidades construidas, se hicieron realidad. Los saldos de liquidez en la cuenta general y en la del hospital universitario llegaban a millones de dólares. ¿Qué pasó luego?, el gobierno de Correa arrasó con la Universidad, por la debilidad en el comportamiento de sus autoridades, no solo se llevaron sus flujos, sino el hospital universitario, el colegio piloto y modelo Francisco Huerta Rendón y otros bienes.

Otro espacio que me honra es el de la columna periodística. Llegué a EL UNIVERSO por una llamada de Carlos Pérez Perasso, cuando en el gobierno de la Democracia Popular con Jamil Mahuad presidente, para que los bancos no tengan retiros masivos, se cerró su atención y congelaron saldos, marzo de 1999. Entonces era rector de la Universidad y diputado. “Date tiempo para que sustentes tu opinión en la columna”, fue su invitación. Asumí el pedido y aquí sigo.

¿Cuánto hay de valores y entrega similar en actores de la vida pública de los tiempos que estamos viviendo? Mi angustia es que aparecen dominantes, con honrosas excepciones, los que actúan como mercenarios, sin valores que sustenten sus acciones. (O)