El Concilio Vaticano II sin duda fue el acontecimiento religioso más importante del siglo XX. Lo fue porque el catolicismo constituye una gigantesca iglesia con más de mil millones de fieles, con relativa disciplina y unidad, y su estructura jerárquica puede suscitar un evento de enormes proporciones. Las otras grandes religiones tienen menos fieles, además no constituyen organizaciones que actúen con relativa uniformidad en pocos días. Entonces, la convocatoria del papa Juan XXIII a un Concilio Ecuménico, que el 11 de octubre de 1962 reunió a dos mil quinientos obispos católicos de todo el mundo, produjo una amplísima movilización. A los prelados se unieron teólogos y expertos, la mayor parte de las reuniones fueron públicas, con acceso a la prensa, también llegaron delegados de otras confesiones cristianas, ¡incluso hubo una diminuta presencia de mujeres!

No recuerdo haberme enterado del inicio de esta magna asamblea, yo tenía siete años, pero tengo memoria de cortos reportajes sobre el tema, en película blanco y negro, que seguramente tardaron meses en llegar a este lejano país. Supe más de lo que pasaba en Roma a través de los efectos que iban produciendo las reformas implantadas por el Concilio en la vida de los católicos. Sobre todo, el cambio de la liturgia, las oraciones dejaron de decirse en latín y los sacerdotes oficiarían la misa de cara al público. El director de la escuela, un sacerdote secular, fue a la Ciudad Eterna, de donde volvió sin sotana y con una foto en la que aparecía con el papa Paulo VI, quien había remplazado a Juan XXIII muerto en 1963. El historiador jesuita David Chamorro dice bien que en el país nos enteramos de lo que sucedía en la gran reunión solo de manera indirecta. Este desinterés lo atribuye parcialmente a la actuación de los obispos ecuatorianos allí, que fue “discreta”.

El pensamiento católico vivía un momento de esplendor. Grandes teólogos, filósofos y literatos planteaban interrogantes a la Iglesia de cara a un mundo en transformación. El existencialismo, caso raro entre las doctrinas filosóficas, se había convertido en una tendencia popular, que se expresaría con la generación beatnik, luego con el jipismo y en la formidable explosión de las rebeliones estudiantiles de 1968. El Tercer Mundo ardía en las luchas de los movimientos anticolonialistas y América Latina se desasosegaba con la Revolución cubana que precipitó el surgimiento de severas dictaduras militares. La Guerra Fría estaba más caliente que nunca. La “píldora” cambiaba la vida sexual y las mujeres exigían su lugar en la sociedad. Todo esto merecía una toma de posición de la Iglesia y el Concilio fue la respuesta, para lo que bíblicamente Juan XXIII describió como “leer los signos de los tiempos”. Las repercusiones del Concilio Vaticano II fueron, en concordancia con su dimensión, descomunales. Alguien dijo que el “papa bueno”, que había sucedido al autocrático Pío XII, abrió una ventana para que entre un poco de aire en el catolicismo y entró un vendaval. Lo que sucedió entonces y en los años siguientes tuvo efectos que no han concluido de ninguna manera. (O)