He leído en un libro sobre libros que en la Biblioteca de Alejandría se leía así: con la mano derecha se iba desenrollando el papiro mientras la izquierda enrollaba la parte leída, de tal manera que al terminar, quien abriera nuevamente ese rollo se encontraría con el final. Era, pues, buena costumbre “rebobinar” los rollos al finalizar la lectura, tal como lo hacíamos quienes todavía conocimos los casetes. Me he quedado pensando en esta anécdota libresca, imaginando el horror que sentiría una lectora como yo de toparse con un papiro “sin rebobinar”, si al abrirlo por primera vez me saltara a la vista el final del texto sin yo poder hacer nada para defenderme de tal atrocidad. Cierto es que la mayoría de esas obras eran tratados que se proponían dejar un registro de los saberes, mientras que mi fobia a enterarme del final de un libro antes de tiempo surgió ante historias de ficción o reales sobre las aventuras y desventuras de mortales e inmortales.

Así como es mi adicción que me cuenten historias, ya sean estas en forma de cuentos, novelas, leyendas, películas, series, chismes, memorias familiares, crónicas periodísticas, siento angustia cuando intuyo que se aproxima el final. El suspenso me desboca el corazón. Sería capaz de matar a quien me interrumpiera en esos últimos instantes, sagrados, en que todavía se me permite vivir dentro de una historia que no me pertenece, habitar las vidas de los otros. Asisto a los finales conteniendo el aliento. Hay libros mediocres que se vuelven inolvidables gracias a un final magnífico, mientras que grandes libros se me arruinan porque su última página desfallece, como si se hubiera ido consumiendo hasta quedarse sin vida. Amo los finales que me dejan sin palabras, anonadada, de los cuales debo recuperarme como de una carrera a la cima de una colina, deslumbrada por el paisaje que se abre a mis pies.

Las mejores historias me las han contado los libros. Hija del siglo XX, ya solo conocí los libros de papel, no las tablillas de barro a las que el fuego eternizaba en lugar de destruir, ni tampoco los papiros que al girar recorrían el universo. Mis manos se acostumbraron a abrir un libro como una puerta, mis dedos a bailar con las hojas, mi nariz a los olores del papel, mis oídos al tenue rastro de las hojas al pasar, susurros fantasmas de las voces de antaño, cuando era impensable que se pudiera leer en silencio. He acariciado lomos de cuero con letras doradas en bajorrelieve o modernas portadas brillantes o mates. No puedo imaginar un mundo sin libros.

Me recupero del confinamiento al que nos ha condenado el coronavirus leyendo y caminando a orillas del mar. Quizá no necesito nada más para vivir que libros y el ruido de las olas que al reventar se arrojan sobre la arena para acariciarla, rasgándola suavemente con sus dedos de espuma. A este refugio me he traído un libro que contiene miles de libros. El infinito en un junco (Irene Vallejo, 2019) explora el origen de estas criaturas y, como toda historia memorable, es triste y feliz, es de amor y muerte, creación y destrucción. Intuyo, para alivio de mi corazón, que será esta una historia sin fin. (O)