La semana pasada se dio un interesante debate en redes sociales sobre la dramática realidad de Guayaquil y la deficiente calidad de su espacio público; en especial, en aquellos proyectos masivos de vivienda realizados por el Estado o el Municipio de la ciudad.

Muchos colegas de la capital calificaban de crimen el que en estos espacios supuestamente planificados no exista un área verde de dimensiones adecuadas para el volumen poblacional circundante. Incluso la ausencia total de árboles en las calles les parecía un atropello contra la dignidad humana. Y tienen razón en estar indignados, al ver semejantes condiciones por primera vez. Creo que aquel debate me abrió los ojos y me hizo ver lo diferentes y distantes que son Guayaquil y Quito, sobre sus respectivas realidades.

En la mencionada discusión expliqué que ese no es el problema más grave que ha enfrentado Guayaquil como ciudad desde mediados del siglo pasado, sino el parche para un problema mayor. El Puerto Principal debe aún lidiar con condiciones más deplorables, como asentamientos informales sobre palafitos en los esteros y enormes asentamientos sin cobertura total de servicios básicos en el noroeste de la ciudad. Expliqué también que, en el primer caso, muchas de esas casas en el estero no tienen sino un hueco en el piso de la vivienda como solución para sus aguas servidas, las cuales quedan flotando bajo la casa ante la ausencia de corrientes en el estero. Compartí además uno de mis recorridos por esa zona, en la que llegué a un sitio bautizado por los locales como “la playa de los pañales”. Era el lugar donde las madres de aquel sector iban a botar los pañales de sus hijos. La pestilencia era inaguantable.

El desconocimiento de dicha realidad llevaba a algunos de mis colegas quiteños a mirar con ingenuidad aquel escenario, incluso a afirmar que dichas miserias eran preferibles a la masificación de los proyectos públicos de vivienda popular. Estoy convencido de que ambos escenarios dejan mucho que desear; pero, por muy precarios que sean, los proyectos de vivienda públicos al menos atienden los problemas de servicios básicos y evaden focos de insalubridad. El arquitecto no debe romantizar la miseria, si su misión es mejorar la calidad de vida de las personas.

Desde la perspectiva capitalina, los problemas urbanos de Guayaquil tienen su origen en el simple negociado de quienes quieren invertir menos para ganar más. Expliqué que el verdadero causante de dichas condiciones son los traficantes de tierras, aquellos que venden lo que no es suyo, jugando con las ilusiones de quienes anhelan mejores días para sus hijos. En Quito les cuesta creer que dicha actividad se desarrolle al nivel de mafia.

Me parece saludable que los ecuatorianos exploremos nuestros diferentes contextos. Quito tiene mucho que aprender de lo ocurrido en Guayaquil con sus asentamientos informales. Después de todo, ahora que juega además como motor económico y como ciudad más poblada, la capital enfrentará este tipo de problemas migratorios de manera mucho más agresiva, tal como lo hizo el Puerto Principal durante el siglo pasado. (O)