¿Cuál es el objetivo de las políticas sobre el cambio climático? Hacer del mundo un lugar mejor para todos nosotros y para las generaciones futuras.

Pero también necesitamos hacernos una pregunta más amplia: si el objetivo es hacer del mundo un lugar mejor, ¿son las políticas climáticas lo más importante?

Efectivamente, son algo que debería jugar un papel sustancial. Debemos frenar los aumentos de temperatura y ayudar a que los más vulnerables puedan adaptarse. Pero las actuales –y muy populares– políticas climáticas de desplegar paneles solares y turbinas de viento tienen efectos insidiosos: aumentan los costes de la energía, perjudican a los pobres y reducen las emisiones de manera ineficaz.

También deberíamos invertir en atención sanitaria, educación y tecnología. Pero no podemos hacerlo todo.

Mi grupo de expertos, el Copenhagen Consensus, trabajó con 50 equipos de economistas y varios economistas galardonados con el Premio Nobel para analizar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas para el año 2030, y descubrir qué iniciativas lograrán el mayor "retorno de la inversión" para la humanidad.

Las políticas climáticas inteligentes, como una mayor investigación en energía verde y la eliminación gradual de los subsidios a los combustibles fósiles, deberían ser definitivamente parte de las soluciones. Pero muchas de las políticas climáticas más populares no servirán de mucho, o incluso empeorarán la situación.

Para ayudar a construir un mundo mejor, necesitamos centrarnos más en las políticas más eficaces. Una de ellas es evitar la desnutrición en los dos primeros años de vida de un niño, lo que cuesta unos $100 por niño. Dado que una buena nutrición ayuda a desarrollar el cerebro del niño, conduce a una mejor educación y a una productividad enormemente mayor en la edad adulta. De hecho, los $100 gastados en nutrición aumentarán de media los ingresos de cada niño en $4500 a lo largo de su vida. Cada dólar gastado en la lucha contra la malnutrición infantil genera $45 de bienestar social.

También hay razones de peso para emplear más recursos en la lucha contra la principal enfermedad infecciosa mortal del mundo, la tuberculosis. Esta enfermedad mata sobre todo a los adultos en el mejor momento de sus vidas, dejando a los niños sin padres. Por unos 6.000 millones de dólares anuales, podríamos salvar la vida de casi 1,6 millones de personas cada año. Los padres podrían seguir trabajando y los niños no quedarían huérfanos.

Cerrar la brecha de acceso a la anticoncepción también sería un logro transformador. En los países pobres hay 214 millones de mujeres en edad de procrear que desean evitar el embarazo, pero que no utilizan un método anticonceptivo moderno. Resolver este desafío costaría solo 3.600 millones de dólares más cada año que lo que se gasta hoy en día. Esto salvará vidas inmediatamente, evitando que 150.000 madres mueran cada año en el parto, debido a un menor número de embarazos. Cada dólar gastado en anticoncepción y educación en planificación familiar generará $120 de beneficios en las sociedades más vulnerables.

¿Qué tienen en común todas estas inversiones, aparte del hecho de que son convincentes? Que hoy no disponen de fondos suficientes. Desafortunadamente, en torno a una cuarta parte de la ayuda extranjera hoy en día se desvía a proyectos de "ayuda climática". De hecho, el dinero que se gasta actualmente solo en ayuda climática podría financiar todas estas intervenciones en anticoncepción, tuberculosis, malaria, inmunización y nutrición, y aún sobraría dinero.

En definitiva, debemos abordar el calentamiento global. Pero si realmente queremos hacer del mundo un lugar mejor, debemos tener mucho cuidado de que nuestra preocupación por el cambio climático no nos distraiga de otros problemas cruciales. (O)

* Bjorn Lomborg es presidente del Copenhagen Consensus Center y profesor visitante de la Copenhagen Business School. Su más reciente libro es False Alarm, que se suma a sus numerosas publicaciones, entre ellas los best seller “El ecologista escéptico” y “Cool It”.