A mis 3 años ya me llamaba la atención. La miraba de reojo, pero no me atrevía a acercármele. Al principio le tenía mucho respeto y un poco de temor. ¡Lógico! ¿Quién no?

Fue pasando el tiempo y por fin tuvimos un acercamiento y nos convertimos en compañeros como a los 8 años. Mil aventuras disfrutamos, aunque muchas veces por su culpa me castigaron severamente con encierros forzados. Pero siempre me las ingeniaba para escaparme una vez más con ella.

Una de nuestras memorables aventuras fue una noche en la playa. Ya tenía 14 años cuando nos atrevimos a recorrer unos 20 kilómetros, en plena noche, a la luz fugaz de las estrellas. Todo era por amor y más amor. Pero este paseo resultó ser el último. Me castigaron, ya no volví a verla nunca más.

Dolor insoportable, impotencia, angustia. No podía creerlo, la mismísima mitad mía lejos de mí. Mi amada andante ya no está, pero aún siento su presencia desde mis pies hasta mis manos, como la primera vez. No he olvidado su dulce andar sereno o aprisa, siempre los dos.

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¡Cuánto daría por volver a estar juntos! Volver a nuestros largos e inocentes paseos, donde el único fin era disfrutar de la naturaleza, la brisa sobre mi rostro y soñar con llegar lejos.

Triste realidad. Debe de estar abandonada en algún recóndito y remoto lugar.

Desolada, añorando que volvamos a encontrarnos.

¿Pero qué más se puede pedir…, si apenas es mi vieja bicicleta? Destartalada y oxidada debe de estar después de tantos años.

Pero estés donde estés, recuerda ¡cuánto significas en mi vida y cómo cambié para siempre!

Ojalá pudiera seguir disfrutando de la libertad que nos da un fabuloso paseo en bicicleta, pero dos cosas me lo impiden: lo lejano de mi juventud y el caótico tráfico de la ciudad. (O)

Roberto Montalván Morla, músico, Guayaquil