El dolor de Venezuela es inconmensurable y afecta no solo a sus connacionales sino a todos quienes creemos en la democracia y en el respeto a los derechos humanos.
Venezuela tiene 28′199.867 habitantes, de los cuales el pasado 28 de julio con el fin de elegir al presidente para un mandato de seis años, solo 10′888.475 acudieron a sufragar. Según se afirma, de acuerdo al 80 % de las copias de las actas oficiales recabadas por los contendores de Nicolás Maduro, este solo alcanzó el 30 %, mientras que Edmundo González obtuvo el 67 %, con lo cual es evidente que es el ganador por designio popular. Algo no reconocido por quien domina todos los poderes del Estado y ejerce fuerte represión política en contra de sus adversarios.
Ni las revueltas callejeras reclamando el reconocimiento de las verdades del pueblo arrojada en las urnas, ni la presión internacional, han logrado que Maduro deje el poder que detenta de manera ilegal e ilegítima. Tras casi seis semanas de reclamos sistemáticos, los tristes y rojos resultados son al menos 27 muertos, 192 heridos y más de 2.400 detenidos. Entre ellos, más de 100 jóvenes, acusados de terrorismo, obligados a dormir en el suelo y esposados, mezclados con adultos encarcelados por otro tipo de delitos. La angustia de sus padres es inenarrable.
Algunos países se han pronunciado reconociendo la victoria de González, pero no es suficiente. Tampoco hay un criterio internacional unificado. Es claro que algunos no quieren alinearse con los opositores al dictador porque no les conviene política o económicamente. O, porque tampoco está lejano en su pensamiento el deseo de hacer lo propio.
La Unión Europea se reserva el derecho de tomar partido hasta que Maduro muestre las actas electorales, lo cual constituye un sueño de perros que, a la postre, significa tener una hoja en blanco. Tampoco se obtiene nada proclamando a González presidente, como otrora se lo hiciera con Guaidó. Sería un mandatario de papel, sin gobierno, sin recursos, sin nada.
Mientras, ¿qué hay de los niños, de la gente que pasa hambre en Venezuela, de los siete millones de migrantes, expulsados de su patria por la necesidad? La huida de los venezolanos de su tierra expuestos a todo tipo de asaltos, ultraje, miseria, abusos, violaciones, hambre y sed, arrastrando sus migajas por los caminos de Colombia hacia el norte o hacia el sur, no conmueve lo suficiente. ¿Qué dice el concierto internacional? Si miramos impávidos lo que ocurre con las dos guerras que matan inocentes todos los días, ¿qué importa Venezuela? ¿A quiénes les duele Venezuela? ¿No es más redituable el petróleo, la venta de armas y el narcotráfico? Por supuesto que esto se sobrepone al dolor de los perseguidos, de los presos, de los hambrientos, de los miserables. Y ¿qué hay de los derechos políticos de los venezolanos, del respeto a su libertad, a su seguridad, a sus derechos humanos? Nada. Porque nada de eso importa.
Hoy es Venezuela en manos de un tirano autoconvertido en dios, aupado con el ropaje de los cómplices por interés, acción u omisión. Mañana podemos ser nosotros u otro pueblo de los sometidos por los grandes del planeta. Ese es el dolor de Venezuela. (O)