“Hijos de puta… Hijos de puta…”, bramaba Maradona con un banderín de la AFA en la mano, para intercambiar con Lothar Matthäus en el centro del campo. Estaba sonando el himno argentino en el estadio Olímpico de Roma y una gruesa porción de los 73.603 espectadores, la parte italiana especialmente, silbaba las estrofas de la música nacional argentina. Maradona estaba entonándolo, pero al escuchar los pitidos y abucheos paró y empezó a insultar a esos aficionados. Argentina venía de eliminar a Italia en la semifinal y el público local se volcó en favor de Alemania. Lo vieron unos dos mil millones por televisión. No era el mejor comienzo para una final mundialista. Fue el prefacio de una final polémica.

Argentina y Alemania, que habían animado el choque definitorio en México 86, volvían a dirimir la Copa del Mundo. Con muchos de los protagonistas de cuatro años atrás y con los mismos entrenadores: Carlos Bilardo y Franz Beckenbauer. La anterior resultó claramente más atractiva.

Italia 90 fue, sin duda alguna, el Mundial montado con mayor generosidad. En pleno apogeo económico, el país de Da Vinci y Miguel Ángel invirtió miles de millones de dólares para hacer una Copa del Mundo inolvidable. La idea era mostrarse como nación desarrollada a través del torneo. Poner en el primer plano internacional la distinción del “Made in Italy”, su arte, su creatividad, su singular cultura, el diseño, la música, la historia, la gastronomía y la industria italiana. Hasta tuvo la que está considerada casi por unanimidad la canzone más bonita de todos los mundiales: Un verano italiano, interpretada celestialmente por Gianna Nannini y Edoardo Bennato. Incluso el afiche de Italia 90 es el mejor de todos: el Coliseo romano, primer gran escenario de la humanidad, y dentro una cancha de fútbol.

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Lamentablemente, el fútbol no tuvo un correlato con la magnificencia de los estadios y los fastos. Al contrario, fue la contrafigura de una organización brillante. Se vio en general un juego feo, tacaño, aburrido, muy defensivo, lleno de mañas, demoras, simulaciones, brusquedades y con la media de gol más baja de la historia: 2,21 por partido. Los técnicos fueron mezquinos, los jugadores se portaron mal.

Alarmada por el pobre espectáculo que espantaba la clientela, tras el Mundial la FIFA ordenó una batería de cambios en el reglamento para acabar con la especulación y la reciedumbre. Aún se permitían solo dos cambios por equipo, muy distinto a lo actual: Francia realizó siete en Qatar frente a Argentina. Y fue la última Copa del Mundo en que la victoria reportaba dos puntos, desde Estados Unidos 94 pasó a ser tres.

En ese contexto, Argentina fue la más negra de las ovejas negras: recibió 21 tarjetas amarillas y 3 rojas durante la Copa. Jugaba feo, pero terminó como subcampeón mundial ¡marcando solo 5 goles en 7 partidos…!!! Un récord negativo que lleva 33 años y que tal vez se mantenga un siglo. Incluso clasificó a octavos como tercero de su grupo detrás de Camerún y Rumania. Pero antes de llegar a la final rompió la cristalería: eliminó a un Brasil lleno de figuras y a una Italia que estaba segura de conquistar el título por ser local.

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Argentina fue un remedo de la selección campeona de 1986. Llevó algunos nombres ilustres -Maradona, Ruggeri, Burruchaga, Olarticoechea-, pero ya no estaban en la cima de la montaña sino descendiéndola. Y los nuevos, salvo el deslumbrante Caniggia, no eran de la misma categoría que aquellos. Peregrinó hacia la final y llegó en harapos: sin Giusti, Olarticoechea y Caniggia, suspendidos, y con Ruggeri y Burruchaga disminuidos físicamente (ambos debieron ser sustituidos). Y Maradona había jugado todo el Mundial con un tobillo que lucía como una pelota de tenis. No obstante, era duro de pelar. Apenas recibió 4 goles. Bilardo alistó a Goycochea; Sensini, Ruggeri, Serrizuela, Simón y Lorenzo: Troglio, Basualdo, Burruchaga y Maradona y adelante Dezotti, un náufrago que se pasó todo el choque corriendo alemanes por todo el campo. Concretamente, Argentina jugó sin delanteros. Un dato describe a esa selección albiceleste: no remató al arco en los 90 minutos. Y sobre que estaba en hilachas, terminó con nueve hombres por las expulsiones de Pedro Monzón (65 min) y Gustavo Dezzoti (87 min).

Beckenbauer presentó un equipo muy mejorado en relación a México 86. Dos puntas muy penetrantes -Völler y Klinsmann-, dos volantes vivaces, veloces y con juego -Littbarski y Haessler- y una defensa muy segura. Alineó a Illgner; Berthold, Kohler, Augenthaler, Buchwald y Brehme; Haessler, Matthäus y Littbarski; Völler y Klinsmann. El dominio alemán fue ostensible, pero su respeto por Argentina, la disciplinada defensa albiceleste y su propia ineficacia le impidieron abrir el marcador. Y creó escaso peligro en el arco argentino, ningún mano a mano. Llegó al gol por un penal inexistente otorgado por el árbitro uruguayo Edgardo Codesal. Se lo menciona erróneamente como “el mexicano Codesal”, pero nació y vivió en Montevideo, allí se graduó como réferi y dirigió Primera División. Luego, contratado por la Federación Mexicana, se afincó en México y, representando a este fútbol, llegó a Italia 90. Fue una corrida por derecha de Völler apareado por Sensini. Este nunca lo tocó al delantero alemán, pero Codesal estaba de gatillo fácil. Andreas Brehme ejecutó con tiro bajo a la punta izquierda y convirtió. Un título mundial no puede decidirse por un fallo de tal ligereza. Y menos faltando cinco minutos para bajarse el telón. Seis minutos antes sí hubo un penal claro de Matthäus a Calderón y el juez lo ignoró. No había VAR. Era el tiempo en que Blatter y Havelange sostenían que era mejor que se discutiera en los bares y oficinas, que esa era la sal del fútbol, y no recurrir a la tecnología.

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En 2016, en una entrevista con el diario El País de España, el propio Brehme confesó: “No fue penal, la marca fue correcta”. Y en entrevista con La Nación, de Buenos Aires, Lothar Matthäus también lo reconoció: “Yo estaba muy bien ubicado. Veo que hay un contacto, pero para mí no fue suficiente para cobrar penal. En un partido así, si va a cobrar un penal, el árbitro tiene que estar 100 % seguro de que la infracción fue clara. Y para mí no fue tan clara”. Muy hidalgos ambos. Argentina tampoco hizo demasiado escándalo, venía de la famosa “mano de Dios” de Maradona cuatro años antes.

Haessler y Littbarski, las dos ardillas del Colonia, fueron las figuras del campeón. Como siempre, los jugadores con más técnica y atrevimiento. En orden de mérito le siguen Rudi Völler, temible en cada arremetida, en cada centro, y Andreas Brehme, encargado de todas las pelotas paradas de su equipo en virtud de su excelente remate. Illgner, que inmediatamente pasaría al Real Madrid, no tuvo ninguna intervención, Buchwald siguió a Maradona en marca individual porque, como revelara Matthäus, “Beckenbauer le temía a Diego”. Maradona no tuvo la incidencia del torneo anterior, igualmente, como los grandes de todas las épocas, no jugó mal. Siempre sus toques fueron acertados. En cierta ocasión entrevistamos a Pepe, aquel de Coutinho, Pelé y Pepe, y le preguntamos si alguna vez Pelé había jugado mal: “Nunca -respondió-. El día que él no estaba bien era el mejor de nosotros”. Propio de los genios.

Alemania merecía llevarse la Copa y ganar ese partido, el fallo de Codesal manchó el lienzo, le quitó brillo. Lo notable de esa final fue el respeto notable entre todos los actores, todos muy caballerosos, no se pegaron. Fue la última de las diez participaciones germanas como República Federal Alemana, en octubre de ese mismo año se concretaría la reunificación de la patria de Goethe.