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Un país en modo silencio

El vocablo Maracanazo alude a sorpresa, a hazaña, a catástrofe. Cada 16 de julio se evoca el épico triunfo uruguayo sobre Brasil en 1950.

Alcides Ghiggia celebra su gol en la final del Mundial de 1950, en que Uruguay venció al anfitrión Brasil.

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“Se podía escuchar a alguien tosiendo, o el leve sonido de papeles que levantaba el viento, el silencio era total”, contó el autor del gol más inopinado de la historia. Fue como un gigantesco apagón en el que un país entero quedó sumido en la oscuridad, el silencio y la tristeza. Todo a causa de una pelota que traspuso la raya de sentencia. Parece irreal. Sucedió. Cada 16 de julio se evoca el Maracanazo, aquel épico triunfo uruguayo sobre Brasil por 2 a 1 en el último partido del Mundial de 1950. No era una final, pero lo era. Sí un cuadrangular que definía el título y Brasil había llegado al juego de cierre con un punto más, por lo cual con un simple empate era campeón.

¿Por qué perdió Brasil…? ¿Por qué su favoritismo era tan amplio…? ¿Por qué la ilusión era tan grande y envolvía a toda la nación…? Decenas de libros y artículos, incluso de sociología, se han escrito sobre el tema que generó un vocablo: Maracanazo. Alude a hazaña, a sorpresa, a catástrofe.

Se dio un efecto gaseosa. Las burbujas previas generaron una gigantesca efervescencia y, al cesar, quedó un quieto mar de llanto silencioso y amargura seca. El tren de los Mundiales había pasado de largo las estaciones de 1942 y 1946 a causa de la Segunda Guerra Mundial. Volvía la fiesta y el fútbol trataba de recomponerse. Las potencias eran Europa y Sudamérica. África, Asia y Oceanía ni siquiera participaban, Concacaf no había sido creada y del norte de América solo asistía México, cuya presencia era más colorida que competitiva. Europa recién terminaba de juntar los escombros de la contienda bélica. Alemania, Francia, Holanda, Portugal, Bélgica no eran lo que hoy. Concurrió España, que entonces representaba una expresión menor. Y su máximo exponente, la Italia bicampeona, estaba en desgracia. Apenas salida de la guerra se había armado un equipo de ensueño: el Grande Torino, que conquistó cuatro scudettos consecutivos. Diez de sus integrantes eran titulares de la selección Azzurra. Con ellos, Italia era candidato al tricampeonato. Pero, un año antes del Mundial, el avión del Torino se estrelló al volver de Lisboa y todos perecieron. Italia dudó de viajar, al final lo hizo por ser el campeón vigente y porque debía llevar el trofeo. Fue en barco, aún sensibilizados los ánimos por la tragedia del avión del Torino.

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El uruguayo Pepe Schiaffino (c) marca el primer gol ante Brasil, durante la final de la Copa Mundial de 1950 en el Maracaná.

Argentina, la superpotencia de los años 40, campeona de América en 1941, 1945, 1946 y 1947, estaba enemistada con la Confederación Brasileña y desistió del torneo. Tal panorama dejaba a Brasil como ultrafavorito. Era local y venía de ganar la Copa América, diez meses antes, jugando como una aplanadora: venció en hilera a Ecuador 9-1, a Bolivia 10-1, a Colombia 5-0, a Perú 7-1, a Uruguay 5 a 1 y, en el último juego, a Paraguay 7-1. Tal antecedente creó un clima de triunfalismo exacerbado. Todo ese viento a favor estaba rodeado por la esperada inauguración del Maracaná, el estadio más grande y moderno del mundo, para darle un marco acorde a la conquista. La prensa, como era esperable, estaba subida también al carro del exitismo y se veía desatada en los elogios y las predicciones. A todo ello, Brasil era una nación-continente que buscaba despegar y alcanzar la consideración internacional. Había participado de la guerra junto a los aliados y habían ganado. La política también aprovechó la volada y avivó el fuego del tachín tachín. Se fue juntando todo.

Ese torbellino de ansias y felicidad aumentó porque el rival del último choque era Uruguay y, como siempre sucede con Uruguay, la gente lo analiza mirando el mapa. Lo ve chiquito, con tres millones de habitantes y lo minimiza. Uruguay entra 48 veces en Brasil y, en ese momento, tenía 2,2 millones de habitantes contra 54 del coloso amazónico. Para aumentar las desproporciones, Brasil llegaba al 16 de julio tras haber goleado 7 a 1 a Suecia y 6-1 a España con un juego preciosista y las figuras monumentales de Zizinho, Ademir, Jair, Chico, en tanto la Celeste había igualado trabajosamente con España 2 a 2 y vencido agónicamente a Suecia 3 a 2. Los mismos.

Todo derivó en que casi no debía jugarse ese último partido con los uruguayos, prácticamente no tenía sentido, no había equivalencias, Brasil ya era campeón, lo decían incluso jugadores y técnicos rivales. “Imposible que pierda”.

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En toda esa montaña de euforia desbordada hubo un olvido en el que nadie reparó: el carácter de los uruguayos. En 1999 entrevistamos en Paraguay a Roque Máspoli, el arquero del Maracanazo, nos contó un pequeño episodio que ilustra el modo en que encararon aquel juego: “A los cinco minutos, el Mono Gambetta trabó con todo contra un brasileño, ganó el duelo, pasó la pelota limpia a Obdulio Varela y gritó fuerte, para que lo escucháramos todos, compañeros y rivales: ‘Vamos, que estos no nos pueden ganar’”. Y había dos antecedentes que también fueron pasados por alto: en la Copa de 1949 Brasil había goleado 5 a 1 a Uruguay, pero estos habían presentado un equipo juvenil a causa de la huelga de profesionales. Y, sobre todo, la Copa Río Branco, disputada tradicionalmente por ambas selecciones. Apenas dos meses antes habían chocado en San Pablo y Uruguay había triunfado 4 a 3. Luego, en la revancha, ganó Brasil 3 a 2, en Río. El tercer partido, también en la que entonces era capital del país, se impuso ajustadamente Brasil por 1-0.

“Por la mañana de ese domingo de la final hablamos entre los jugadores, analizamos el partido y estábamos convencidos de nuestro potencial. Yo estaba seguro de que, si perdíamos, a lo sumo podía ser por un gol, no más. Es que teníamos una defensa extraordinaria. Y cuidado, que pudimos haber ganado por mayor diferencia que ese 2 a 1″, nos dijo Juan Alberto Schiaffino, cuando nos recibió en su casa de Montevideo en 1995.

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Más que subestimarse, se ignoró el poderío del enemigo. Llegado el día y la hora, con 203.849 personas en el estadio, se inició lo que debía ser apenas una burocrática diligencia necesitada de un sellado. Según todos los testimonios, la gritería era tan infernal que semejaba a miles de leones rugiendo al compás. Producía incluso temor. Para completar el idílico cuadro de sueño y esperanza, hubo gol de Brasil, que pasaba a ganar 1 a 0. Sin embargo, remando de atrás, los uruguayos adelantaron líneas, empezaron a inquietar el arco rival y alcanzaron el empate. El diminuto puntero Alcides Ghiggia desbordó por derecha, tiró un perfecto pase atrás y Schiaffino la incrustó en un ángulo alto: 1 a 1. Y a once del final, otra vez Ghiggia escapó a Bigode, se internó en el área e inesperadamente sacó un tiro fuerte y rasante que se metió en el arco de Moacir Barbosa. Un puñal hundido en el corazón de un país acallado, confundido, que en un segundo pasó de la felicidad nacional a un estado fúnebre. (O)

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