La pelea por el título mundial de la categoría gallo de la Ultimate Fighting Championship (conocida como UFC), entre el campeón reinante Sean O’Malley y el retador Marlon Chito Vera, acaparó la atención del Ecuador. La anterior fue una semana en que muchos compatriotas radicados en diversas ciudades de Estados Unidos decidieron viajar a Miami, sede de la contienda. Además, otros se trasladaron desde varios rincones de nuestro país para acompañar a Chito en el combate más importante de su vida.

Seguramente a muchos, y entre ellos me incluyo, nos generaba cierta resistencia observar estas refriegas de la UFC, en las que dos deportistas entran a una especie de jaula de estructura octagonal con el del público separado por intimidantes mallas de metal, revestidas de un vinilo negro. La renuencia a convertirme en fanático de la UFC obedece al nivel de agresividad con que los peleadores se atacan.

Usan violentamente cualquier golpe, sea con las manos, codos, piernas y la contundencia de los mismos, y la técnica empleada, es la fórmula para ganar peleas. Agréguele que estos estoicos combatientes comparecen sin implementos protectores que mitiguen los violentos impactos que reciben. Además, hay pocas normas que los protejan.

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El sábado 9 de marzo el espectacular escenario del Kaseya Center lucía completamente repleto, a la usanza de cuando las multitudes se reunían en el coliseo de Roma para celebrar los combates de gladiadores a. C. y d. C. (el último en el año 404). ¿Cómo entender que la UFC, una organización de artes marciales mixtas, con sede en los Estados Unidos, sea la empresa de espectáculos deportivos con mayor crecimiento a nivel mundial en los últimos diez años? Fundada en 1993 por la familia Gracie, quienes promovieron enfrentamientos entre luchadores que se sometían a peleas sin reglas.

La fuente inspiración de esta modalidad es el jiu-jitsu brasileño y otras especialidades y alternativas que incluyen todo tipo de golpes. Expertos reconocen que la génesis de las peleas está en el capoeira, conocido como un arte marcial brasileño de origen africano. También se lo considera como una danza por su plasticidad en el uso acrobático de las piernas. Servía perfectamente para la UFC, si en la acrobacia se incluía la fuerza y luego el boxeo como arte para utilizar la destreza de los puños.

La violencia que implica esta especialidad de artes marciales atrajo un gran público ávido de peleas del topo todo vale en el ring. Pero también generó una fuerte oposición de sectores conservadores de la sociedad norteamericana que consiguieron que este deporte fuera censurado en 1996. Solo se realizaban combates de esta modalidad en la clandestinidad.

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Los empresarios del UFC se dieron cuenta de la mina de oro y la explotaron. Convencieron a la Junta de Control Atlético del estado de Nueva Jersey e incluyeron 31 normas que lo regularon, como son categorías por peso, tiempos del combate, seguridad, chequeos médicos, rounds, etcétera. Es así que en el 2000 la afectada franquicia del UFC fue adquirida a la baja por la empresa de entretenimiento Fertitta y Zuffa LLC. Desde ese momento ese popular deporte se convirtió en el rey Midas por convertir en oro todo lo que toca.

Comenzamos a familiarizarnos con Marlon Chito Vera, nacido en Chone en 1992. Peleaba en el barrio y aquello lo inclinó a las artes marciales. Su progreso lo llevó a conseguir el cinturón negro en jiu-jitsu. También conocía técnicas de boxeo. En el 2010 ya triunfó en una programación realizada en Quito, ante rivales colombianos y peruanos; luego en Panamá ganó un torneo de artes marciales. Su esfuerzo y dedicación dieron frutos cuando Chito fue postulado en el UFC versión latinoamericana.

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En el 2014 hizo su debut oficial en UFC y así comenzó su carrera profesional. Comentan sus amigos cercanos que Vera tenía un firme objetivo: ganar posiciones y dinero que le permitieran pagar el tratamiento de su primogénita, que, según versiones médicas, sufre una enfermedad congénita.

Chito Vera, con una carrera con más triunfos que derrotas, consiguió enfrentarse por segunda vez con O’Malley (en el 2020 el manabita se convirtió el único que lo ha vencido), pero esta vez por la corona mundial. El solo anuncio del evento generó gran expectativa en Ecuador, poco acostumbrado a ver a sus deportistas disputando la gloria.

Son contados los episodios deportivos que hayan conmovido tanto a los ecuatorianos y el último sucedió el anterior sábado cuando todos, sin importar el horario, estuvimos atentos a lo que nuestro compatriota pudiera conseguir.

Creo que Chito Vera todavía no es consciente de lo que hizo. Él solo se encargó de conmover a Ecuador y ese fenómeno se dio tan solo porque estaba en disputa un título mundial, sino por la personalidad que transmite Chito. Se lo percibe humilde, tenaz, valiente y con un sentido de ecuatorianidad profundamente arraigado (lo demuestra en cada una de sus actividades públicas).

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Lo de Chito, sin ganar el título, generó una sinergia de querencia natural. Su entrega y pasión por los colores que defendió hicieron que el pueblo lo abrace y lo celebre como el gran gladiador que en la adversidad nunca perdió la fe.

Por eso me cuesta aceptar lo que en su cuenta X escribió el periodista Stefano Navas sobre Chito: “Es cabreante, se apoyó de todas las formas posibles a Chito y siento que él no respondió con una pelea digna de campeonato. Parecía que tenía miedo de golpear y dudó mucho. Solo tiró y tiró para atrás y no fue para adelante nunca. Espero que Chito no nos emocione para la próxima”.

Sorprende este comentario predatorio, que convirtió al periodista en un juzgador sin razonamientos técnicos, en un esclavo pasional. Es la típica profanación emocional. Es real que la derrota del Chito impactó a los ecuatorianos, y aunque la supimos aceptar por lo contundente, sobre todo rescato la abnegación y el esfuerzo mostrado por Vera.

El motivador cuencano Nicolás R. Muñoz en la misma red social, escribió: “Una de las cosas buenas del tema de Chito es que muchos ecuatorianos vamos entendiendo que el fracaso es un impuesto del éxito”. Mientras, Francisco Ortiz, analista de artes marciales, explicó que O’Malley impuso un plan de pelea muy complicado de entender; atacaba como derecho o izquierdo indistintamente, suelto de piernas y con su gran alcance hacía daño con esa técnica. Eso es algo que Chito no pudo descifrar.

Transcurrían los rounds y aunque se notaba la superioridad de O’Malley, se sabía que Chito era un combatiente capaz de sellar el triunfo con un golpe. Hasta que llegó el rodillazo clave que dio de lleno en el rostro del ecuatoriano. Con ese golpe cualquiera abandona. El norteamericano se dio cuenta de que a su rival iba a ser difícil ganarle por nocaut, como había ofrecido.

Chito, muy lastimado, siguió de pie; demostró que está hecho para pelear también con el corazón. Así terminó los cinco rounds valientemente. En tránsito pospelea al chequeo médico, se dirigió a un grupo de aficionados ecuatorianos con esta frase: “Lo siento, chicos”. Nunca se olvidó de agitar la bandera tricolor que lo acompañaba. (O)