En diciembre, los contaminantes están a punto de entrar en escena, pero podemos detener esta agresión que por costumbre y por desconocimiento infringimos al medioambiente.

Ya no respiramos la misma calidad de aire de otros tiempos, me lo repito, observando cómo la pólvora que lanzan sin inmutarse por los daños al ecosistema, provoca múltiples rezagos tóxicos sobre nuestras familias y la naturaleza. Honro a los ciudadanos que cuidan siempre su entorno, como a los que empiezan a realizar prácticas ambientales positivas. Sepan ustedes que son valiosos agentes de cambio, porque cada paso que pueden dar convierte a nuestro planeta en un mejor lugar.

Yo, sobre todo en estas épocas de despedida del año, me pregunto, ¿en qué momento nos acostumbramos a celebrar vertiendo ácidos y gases químicos dando al entorno un baño de aluminio, estroncio, perconato y antimonio? Sabemos que el polvorín, especializado milenariamente en juegos explosivos, logra que las partículas, al detonarse, sean más volátiles, expansivas y perdurables en el aire, la tierra...; lo cual hace que sean absorbidas con mucha facilidad por los pulmones, la piel y el sistema linfático..., agrediendo nuestra inmunidad. Pareciera que ese momento de ‘luminosa diversión’ importa más que los posteriores problemas de salud. Pareciera que entramos a un nuevo año dando un portazo, permitiendo a la brutal pirotecnia entrar; ¿nos atrevemos a detenerla o continuamos? Quienes integramos instituciones como el National Garden Clubs que aglutina a más de 9.000 clubes de jardinería del mundo y su Comité de Afiliados Internacionales (Comaai), precisamente hacemos conciencia pública para no destruir nuestro planeta. (O)

María Inés Tinajero Miketta, juez máster del Comité de Afiliados Internacionales de National Garden Clubs (Comaai); Guayaquil