La nieve desciende sobre el mundo ligera y silenciosa: un ángel desprendiéndose en secreto de sus alas. Todo parece posible cuando entramos por primera vez en su reino y rompemos la perfección de sus dunas con nuestras pisadas inquietas y preñadas de anhelos. Corretean los niños de mejillas sonrosadas por los parques nevados, sus heladas manitos construyen muñecos gordos que elevan al cielo unos dedos artríticos, ramas desnudas a quienes ya no les llegará la primavera. Pasan los días y la nieve se tiñe de vida humana: negra de llantas, esmog y lodo; amarillo y café, el rastro de los perros. El manto de algodón que abrigaba la ciudad se ha transformado en campo minado, cada pisada, en cráter. La nieve vieja es una trampa mortal. Es agua, hielo y lodo. Traicionera, impredecible, no sabrás si la superficie sobre la que estás a punto de posar los pies cederá empapándotelos o te catapultará patinando contra el pavimento.

La conocí en un día de nieve vieja. Yo concentraba todas mis fuerzas en evitar hundirme o resbalar, el camino era estrecho entre los automóviles sepultados como suspiros bajo la nieve y los basureros esperando sin esperanza el paso de un camión. Si la vi es porque la descubrí parada en medio del camino donde no cabríamos las dos. La jueza que vive en mi mente evaluó de prisa la situación: es una viejecita, tiene miedo, es extranjera. Pero al monólogo con que me he acostumbrado a relacionarme con los otros lo interrumpió el sonido de su voz pidiéndome ayuda. La tomé del brazo y nos aventuramos a cruzar la calle. Largos montículos de nieve negra nos acechaban, monstruos esperando la oportunidad de comernos los pies y reír ante nuestras caídas. Le agarré con más fuerza del brazo. Nos apapuchamos así tal cual, sin mascarilla, y entregadas a la pasión del momento cruzamos heroicamente la calle. Del otro lado de la orilla nos encontramos ambas con los ojos llenos de lágrimas. ¿Hace cuánto no sentíamos la calidez de un cuerpo extraño? ¿Cuándo fue la última vez que experimentamos la euforia de sentirnos conectados con alguien cuyo nombre acabábamos de descubrir? Me despedí de María Teresa (sí, era extranjera: andaluza) diez metros más allá del lugar donde nos conocimos. Semanas más tarde, sigo pensando en ella.

Es un fin del mundo en cámara lenta, me dijo anoche una voz amiga que me llegaba desde el otro lado del océano. Después me contó que había salido de su casa en Quito con la modesta expectativa de regresar con un bolón de verde. En las calles semivacías de la ciudad tuvo un encuentro conmovedor con una mujer mayor. Volvió a casa con las manos llenas de memorias de su difunta madre. Yo, en cambio, recordé a mi propia anciana, congelada ante esta nieve vieja y alemana, con miedo a caer, varada en medio de tanta soledad, espejo de la mía. Quiero creer que no es solo mía esta historia, este encuentro entre desconocidas, esta sed de otros. Quiero creer que estos encuentros insólitos, cada vez más extraordinarios, son como alas de ángel que nos acarician, son mensajes secretos, son la liberación milagrosa de todas esas ternuras reprimidas por este estilo de vida ya demasiado digital y pandémico. (O)