Durante los meses que le siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se embarcó en la construcción de un nuevo orden internacional. Después de todo, no era esta la primera vez que un ejercicio similar ocurría. Estos proyectos han sido una constante a lo largo de la historia. Al terminar confrontaciones bélicas de grandes dimensiones, como la que culminó en 1945, las naciones victoriosas tienden a fraguar un nuevo orden que refleje las nuevas realidades del poder, es el momento de aprender de los errores pasados y buscar evitarlos en el futuro. Sucedió con el Congreso de Viena de 1815, luego de más de una década de las guerras napoleónicas que transformaron Europa. El orden internacional que en los salones vieneses forjaron Castlereagh y Metternich habrá de durar con altos y bajos casi un siglo, hasta 1914. Algo similar sucedió al fin de la Guerra de los Treinta Años con los tratados que se firmaron posteriormente y que sellaron la conocida Paz de Westfalia en 1648. El orden internacional que allí nació se prolongó hasta bien avanzado el siglo XVII, y muchos de sus principios se los reconoce aún hoy como piedras angulares del sistema y el derecho internacional. Y los ejemplos pueden sucederse, desde la Atenas de Tucídides hasta la Inglaterra y su pax britannica.
El orden internacional que diseñó los Estados Unidos tuvo, sin embargo, ciertas características que lo hacen único. Fue un orden de vocación verdaderamente mundial. Hasta entonces los órdenes internacionales habían surgido en espacios relativamente limitados, sean estos en el Medio Oriente, Europa o el sur de Asia. En segundo lugar, fue un orden impregnado en una visión ideológica específica, esto es, el liberalismo. Lejana heredera de la Ilustración francesa e inglesa, esa visión liberal del ser humano, la sociedad y la economía, era la que, al final de cuentas, había derrotado al nazismo y fascismo. Fue y es un orden internacional esencialmente multilateral y, sobre todo, institucionalizado en organi zaciones tales como el Fondo Monetario, el Banco Mundial y las Naciones Unidas y otras instituciones que posteriormente se fueron creando. Todas ellas, en mayor o menor grado, llevaban –en feliz expresión del Prof. John Ruggie– al “liberalismo incorporado” (embedded liberalism); un paradigma que se sustenta en conceptos como Estado de derecho, democracia, división de poderes, soberanía nacional, derechos humanos, propiedad privada, la libertad de comercio y de empresa, entre otros.
No ha sido un orden perfecto, obviamente. Para comenzar, la Unión Soviética muy temprano se bajó del tren que habían diseñado Washington y Londres. Y es que era inevitable que una tiranía como la de Stalin, padre espiritual de Putin, no acepte las reglas de ese nuevo orden mundial liberal forjado por Roosevelt y Churchill y luego implementado por Truman. Pero fue un orden internacional que, en balance, ha sido extremadamente exitoso. Gracias a él no ha existido una conflagración mundial pese a las tensiones de la Guerra Fría. Pero, por encima de todo, fue un orden de gran beneficio económico para Occidente. En especial, el gran ganador de ese orden ha sido los Estados Unidos. Y es ese orden internacional el que curiosamente el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha puesto en jaque. (O)