Es casi un sinsentido hablar del Día Mundial de la Paz, que se celebró el 21 de septiembre. Se trata de la expresión de un deseo más que del reconocimiento a una realidad.

Eso reafirma mi convicción de que las celebraciones de los derechos humanos, de la no violencia, del medioambiente y tantas otras son en realidad aspiraciones colectivas que muestran un deseo profundo que late en el corazón individual y comunitario de esos seres extraños que somos los humanos. Una raza capaz de pensarse a sí misma, amar hasta dar la vida, crear las bellezas más admirables, música excelsa, bailes maravillosos, pinturas conmovedoras, de emocionarse con la ternura de los niños, la inocencia de los cachorros, la belleza de un atardecer, pero también capaz de atropellar, despreciar y eliminar a quienes considera enemigos. Capaz de conquistar, mejorar y a la vez aniquilar el mundo. Que busca hogares posibles en otros planetas, pero es incapaz de conquistarse a sí misma, de conocerse, amarse y respetarse, de solucionar el problema del hambre y la inequidad. Una raza que aspira a la paz y por eso se prepara para la guerra. Que hace cuarteles, ejércitos, forma profesionales y expertos en tecnología para crear las armas más poderosas, precisas y limpias: eliminan humanos y dejan las construcciones en pie.

Y a su vez no encuentra recursos para montar centros especializados donde se aprenda a construir la paz, la convivencia. Hace laboratorios para encontrar la solución a múltiples desafíos, pero no hace laboratorios para aprender a construir la paz.

Investigamos y experimentamos para hallar las soluciones a enfermedades actuales y posibles, a desafíos de la gravedad, la falta de luz, pero no tenemos laboratorios donde aprender y buscar cómo enfrentar los desacuerdos, la injusticia, los fracasos, cómo convivir en la diferencia.

Nos falta volver la mirada hacia dentro y contemplar la vida que nos habita y somos. Muchos se evaden buscando la alegría, la euforia y el placer momentáneo en las drogas que esclavizan y matan. Y aparecen quienes hacen de esa falta de sentido un negocio, que, junto con las armas, mueve más dinero que nada en el mundo y se infiltra en todas partes como una gelatina, que hace explosionar e implosionar la sociedad en su conjunto con su desfile de nuevos ricos y millones de muertos. Y no encontramos el camino para combatir las mafias, la inseguridad, la inequidad, el miedo y la corrupción que nos corroen porque miramos hacia afuera y permanecemos extraños a nosotros mismos.

En ese viaje a doble vía entre lo grandioso y lo pequeño, entre lo fuerte y lo débil, entre lo mejor y lo peor, entre lo necesario y lo prescindible, entre el yo y el nosotros, necesitamos luces que se conviertan en faros. Que nos ayuden a encontrar el camino.

Estuve en la celebración del Día de la Paz que organizó el centro educativo Invesciencias en un parque de Guayacanes. Fue un murmullo de aire fresco, de alegría, de creatividad, en el agitado día de trabajo. Esa pausa colectiva, pequeña semillita llamada a transformarse en gran árbol, plantó preguntas y esbozó respuestas, gotas de agua en tierra reseca. La esperanza lleva en sus entrañas, como el big bang inicial, todas las posibilidades de que un mundo mejor es posible. (O)