Cuando la confianza muere, la sociedad sobrevive... pero deja de ser comunidad.
Valemos infinitamente más que todo el dinero del narco y del crimen organizado juntos.
(...) lo verdaderamente tóxico no es solo lo que flota en el aire. Es la costumbre de minimizar el daño.
Anunziatta no creció únicamente hacia afuera. Creció, sobre todo, hacia adentro. Hacia la serenidad y una paz interior que nunca la apartó del mundo...
(...) mientras alguien crea que la paz se aprende y se practica, Ecuador todavía tiene salvación.
No todo pasa por operativos espectaculares ... A veces, gobernar es prestar atención.
La intervención externa deja al desnudo a unas Naciones Unidas paralizadas...
Que el año nuevo nos encuentre así: sin vendas en los ojos ni palabras anestesiantes, con la terquedad intacta.
Nuestro desafío es celebrar el nacimiento, dejarnos invadir por la ternura, sin neutralizar el mensaje.
La Navidad no celebra la fuerza, sino la fragilidad que salva. Tal vez eso sea lo que estamos pariendo.
Si algo quedó claro en este encuentro es esto: cuando una comunidad se junta, el miedo retrocede un paso.
Mucha tarea por delante para no convertirnos en espectadores de nuestro destino común...
Curiosamente, el no que es negación pone en movimiento el sí de la organización y la movilización.
El Ecuador actuó con una sabiduría antigua, ancestral, básica, instintiva, casi animal. Se protegió a sí mismo.
Porque leer es una forma de comunión. Y rayar un libro, lejos de ser una falta de respeto, es honrarlo.
Las víctimas inocentes deben ser pilares recordados de una sociedad más justa.
Una constitución nueva... debe nacer de esa madurez: de un país que decide pensarse entero...
Tenemos que aceptar que todos somos parte del problema, y todos debemos ser parte de la solución.
Se trata de que todos aprendamos de nuevo el arte esencial: estar presentes.
Lo deseable es amplio: justicia, equidad, inclusión real. Pero lo posible se construye en etapas.
Ni la represión ciega ni la violencia disfrazada de protesta ofrecen caminos.
Como país estamos en autofagia. Ecuador vive hoy en un desconcierto que ya no sorprende.
La verdad es más simple y más brutal: los pobres cargan con los cadáveres de las promesas incumplidas.
En un país desangrado por la violencia, cada gesto de responsabilidad política es un faro de esperanza.
Es elegir lo humano frente a lo inhumano. Es rebelarse contra la lógica de la muerte.
Tarea pendiente: transformar la justicia en un espacio donde la dignidad cuente más que el dinero.
Pero hay que ser claros: las leyes, por sí solas, no desarman a quien vive del delito.
Nuestros relatos, grandes y pequeños, son los hilos invisibles que nos sostienen como comunidad.
Si el Estado deriva, debe asumir el compromiso completo: desde la derivación hasta el pago.
Porque hablar de felicidad parece un insulto, una evasión. Y nos autocensuramos ante tanto dolor.