Los ataques de EE. UU. a Irán no deberían leerse solo como simples episodios tácticos ni como reacción personal del presidente Trump. Son también -primordialmente- la expresión de una razón de Estado que, al activarse, pone de relieve los límites reales del poder presidencial.

Desde 1979 —tras la toma de la embajada de EE. UU. en Teherán— la relación con Irán pasó de ser coyuntural a estructural. Con matices distintos, administraciones tan disímiles como las de Carter, Reagan, Clinton, Bush, Obama, Trump y Biden mantuvieron un objetivo constante: impedir que Irán consolide su capacidad nuclear militar y contener su proyección regional. Con instrumentos distintos —negociaciones, sanciones, presión económica, acciones selectivas—, pero en un mismo marco estratégico. Eso es política de Estado.

Los eventos recientes evidencian la activación de esa lógica. La Casa Blanca ha denominado la ofensiva “Operación Furia Épica” y ha dejado entrever que el objetivo podría extenderse incluso a la caída del régimen iraní, reconociendo la ausencia de un liderazgo para la transición.

Durante años, Trump prometió “no más guerras eternas” y criticó a Obama por una eventual confrontación con Irán que —según afirmaba— era para mejorar encuestas. El presentador Jimmy Kimmel ha ironizado con esas declaraciones. La sátira resalta la contradicción personal; el análisis institucional sugiere algo más profundo.

El recurrir a un conflicto externo para distraer tensiones internas (teoría del “wag the dog”) es conocido en el accionar político. Pero, en estas circunstancias, se deben verificar tres elementos: coincidencia electoral decisiva, falta de amenaza real y beneficio político comprobable. Sin ellos, la hipótesis se queda en la especulación.

Más significativo es advertir que en Estados Unidos existe una suerte de “Constitución material” en política exterior: alianzas consolidadas, doctrina estratégica acumulada, arquitectura de seguridad y consensos bipartidistas en asuntos críticos. Esa estructura no depende de un solo presidente ni se reinicia con cada elección.

El contraste con América Latina —particularmente con Ecuador— invita a una reflexión institucional serena. Las transiciones presidenciales suelen implicar redefiniciones de prioridades y orientaciones internacionales. Con frecuencia, la política exterior se aproxima más a una política de gobierno que a una política de Estado.

La seguridad requiere continuidad estratégica; la inversión descansa en previsibilidad; la estabilidad institucional se sostiene en compromisos duraderos. Cuando la estrategia cambia con cada ciclo político, la confianza se debilita.

En una potencia global, la razón de Estado opera sobre bases consolidadas. En sistemas institucionalmente más volátiles, la discontinuidad se traduce en incertidumbre.

La comparación invita a una reflexión institucional: la solidez de una política de Estado no solo condiciona la acción del presidente, sino que crea un entorno de previsibilidad. Y la previsibilidad —en seguridad, inversión y estabilidad institucional— constituye una forma silenciosa pero decisiva de fortaleza nacional. (O)