La noticia de la muerte del Mencho recorrió el mundo con titulares periodísticos con la solemnidad de los grandes acontecimientos históricos. Como si el problema del narcotráfico fuera, al fin y al cabo, un asunto de personas y no de estructuras. Como si al caer un hombre se desmoronara un sistema entero. Nos gusta creer eso, nos tranquiliza, porque simplifica un fenómeno que es extremadamente complejo.

Desde un punto de vista objetivo, sabemos que los Estados no se debilitan o pierden su rol fundamental por la mera existencia del crimen organizado, sino por su incapacidad, o falta de voluntad real para enfrentarlo. El narco no sustituye al Estado por la fuerza; lo hace cuando encuentra puertas abiertas, instituciones debilitadas y un sistema de justicia que aplica la norma con selectividad quirúrgica. No llega primero con fusiles, llega con contratos, silencios funcionales y una peligrosa normalización de la corrupción.

¿Qué sucedió con el CJNG tras la muerte de alias El Mencho?

La trayectoria del liderazgo criminal del Mencho deja una lección incómoda: las organizaciones ya no dependen de un solo capo. El modelo de expansión, disciplina armada y control territorial desarrollado por el Cartel Jalisco Nueva Generación fue diseñado para sobrevivir a sus líderes, se exporta, se adapta y se replica allí donde el Estado es frágil y la institucionalidad pierde autoridad.

En Ecuador ya no hablamos de una amenaza externa o futura, pues la infiltración del narco es evidente. Grupos criminales locales han incorporado doctrinas, prácticas y lógicas operativas propias de ese modelo: control de territorios, uso sistemático de la violencia y captura de economías ilegales estratégicas. Esta afirmación no pretende ser una hipótesis alarmista, sino el resultado de la evidencia plasmada en investigaciones, procesos judiciales y la crisis de seguridad que estamos viviendo.

Ataúd dorado, la última excentricidad de “El Mencho”

Entonces, el sarcasmo aparece cuando insistimos en llamarnos Estado de derecho mientras toleramos que el derecho funcione a medias o que su funcionalidad sea aprovechada por el crimen. Cuando celebramos capturas como victorias morales, pero evitamos preguntarnos por qué esas estructuras crecieron sin obstáculos durante años. Cuando exigimos penas más duras, pero no instituciones más íntegras ni controles más eficaces del poder público.

La tragedia no es la existencia del narco; la tragedia es la renuncia progresiva del Estado a su rol esencial: regular, prevenir y proteger. Lo que estamos viviendo es el resultado de un Estado ausente que ha dejado espacios que han sido estratégicamente utilizados por los grupos de delincuencia organizada, pues tienen recursos, organización y reglas claras.

Esto se conoce sobre la enfermedad que sufría “El Mencho” antes de su caída en Jalisco

Desde el derecho, es lamentable constatar que la legalidad pierde sentido cuando no se acompaña de ética pública y control real del poder. La muerte de un capo no altera esa ecuación. Lo verdaderamente inquietante no es quién muere, sino cuánto hemos permitido que el Estado se diluya sin escándalo. Y eso, más que indignación momentánea, debería provocarnos un despertar al fortalecimiento del sistema jurídico y democrático. ¡El crimen organizado no puede estar por encima del Estado! (O)