Muchos se animaron a pronosticar que la pandemia cambiaría para mejor a quienes la sobrevivieran. Sin embargo, ni bien empieza el paulatino regreso a la normalidad, al irse cumpliendo las fases de la vacunación anti-COVID-19, se insiste en repetir las prácticas detestables que estancan a las sociedades.

El aumento de la población mundial, la escasez de recursos que se ensaña con los menos favorecidos, la automatización en el trabajo y el afán inmediatista de las últimas generaciones por sobresalir sin el correspondiente esfuerzo configuran un cuadro de descontento social que se pretende sea solucionado por los Gobiernos de turno y casi por arte de magia.

De esa situación se aprovechan los presuntos líderes sociales, con el cometido de calentar las calles con protestas.

Algunos de ellos tal vez no alcancen a comprender las causas de los desajustes sociales y las consecuencias de no hallar las soluciones adecuadas a cada problemática. Otros, conocedores de los réditos de la manipulación social, insisten en curvar los hechos, exponer verdades a medias y difundir —con nuevas herramientas tecnológicas— información distorsionada para insistir en proclamas que ya no responden a las nuevas realidades.

Quienes se enfocan en esparcir consignas que inculcan el resentimiento social podrían utilizar los medios que tienen a su alcance para explicar a sus seguidores que cada vez los ambientes se tornan más competitivos, por lo que se impone prepararse mejor, estar bien informado y buscar respuestas asertivas que se adapten a las nuevas realidades.

Las sociedades, por su parte, deben volverse más críticas con los líderes políticos de todas las tendencias, entendiendo que quienes llegan al poder tienen un margen de acción limitado, y que lo que alcancen a hacer —para bien o para mal— tendrá efectos en la sociedad a mediano plazo.

Visto de esa manera, se impone un despertar social inteligente, que busque la optimización de acciones y recursos, no la oposición ciega y resentida. (O)