CUERPOS presentes, cuerpos virtuales, cuerpos fragmentos, cuerpos ausentes, huella de los cuerpos que pasaron. Cuerpos. Ese es el tema del Salón Mariano Aguilera abierto en Quito, en el Centro Cultural Metropolitano, bajo  el título de Metáforas del cuerpo en la iconósfera contemporánea.

Este prurito mundial de establecer los límites temáticos de las propuestas en salones y bienales de las  artes visuales con nombres que fijen linderos sin restringir la creación, ha conseguido, en este caso, una muestra unitaria, si no en calidad, sí en la orientación de las reflexiones de los creadores.  El reto mayor para el artista consiste, en estos salones experimentales, en la capacidad para encarnar en la obra, la reflexión que subyace en el autor. Y a partir de allí, es posible reconocer en este Mariano Aguilera obras más o menos cuajadas.

Más allá de eso, está el criterio que aplica el jurado, y que optó hoy  por premiar una instalación que combina una escena/escultura de ausencia/presencia (El café quedó servido en la mesa, pero nadie se sienta a su vera) que puede evocarnos decenas de instalaciones ya vistas, con un ingrediente adicional: motivos difuminados que se proyectan sobre el espacio, a través de un video; obra colectiva de Tania Pazmiño, Ibeth Lara y Cléber Vásquez.

Las versiones que encontramos del cuerpo en este salón, son distintas, desde la escultura naturalista trabajada en pasta de chocolate, hasta el etéreo espacio cerrado con purísimas cortinas transparentes y dentro del cual cada espectador encuentra su propia versión del cuerpo en un espejo; o la representación de los lugares donde alguien estuvo, alguien pasó o vivió y que son plasmados en las obras como el rastro humano de un pasado inmediato. El Mariano Aguilera, como ha venido ocurriendo en sus últimas versiones, nos entrega las experiencias de nuevos creadores. En la versión de este año, apenas distinguimos un nombre consagrado: Pablo Cardoso.

Al margen de un recuento de las obras expuestas, es posible referirse a unas pocas que llevan con calidad una propuesta. Por ejemplo, el conjunto de planos antropométricos con los que Allan Jeffs ensaya distintas versiones de un solo motivo: los emigrantes convertidos en piezas que se exportan encajonadas en aviones, barcos, camiones.  O los ocho planos en los que resume María García la condición de objeto torturado por la violencia física o la violencia publicitaria, del cuerpo femenino, ocho piezas que componen un ensayo con imágenes contrastantes.

Están los retratos en gran dimensión de Diana Valarezo; el humor de Lanner Díaz de jugar con el mercado de consumo con un conjunto de anuncios publicitarios –en un estilo que podría recordarnos las ya clásicas imágenes norteamericanas de las sopas Campbell– en los que los míticos nombres se convierten en versiones de su propio nombre: Pilselanner o Heinnelanner en el caso de dos marcas de cerveza: o los grandes paneles de cáñamo que recogen un cuerpo humano precario, torturado, en la obra de Mariola Kwasek.

La curadora Marisol Cárdenas seleccionó alrededor de  50 obras, de más de 200; selección en la que  es posible reconocer rigor e intención de dar al salón una “unidad de acto”, la imagen de una sola y diversa reflexión sobre el cuerpo contemporáneo, el cuerpo humano traspasado por la experiencia (la fragmentación, la huella, la impronta) de su época.