Fue como una de esas voleas en los picaditos de playa, cuando uno le entra con todo a la pelota, salga como salga, total no romperá ningún vidrio ni se va a la calle, a lo sumo cae al agua y las olas la devuelven enseguida. O pica en la arena y se frena. Esas bolas que vienen de aire y uno siente la irresistible tentación de darle con todo, pase lo que pase, vaya donde vaya. Eso sintió Marco van Basten el 25 de junio de 1988. Se olvidó de su maldito tobillo, el que casi le arruinó la vida, y le entró de lleno con el alma, como en el campito, cuando era chico y jugaba con sus amigos a ver quién la mandaba más lejos. Sólo que estaba en un partido en serio, en la final de la Eurocopa…

Vino un centro alto y largo de Mühren, muy largo, de esos en que el autor se lamenta apenas salen, porque sabe que lo lanzó mal y se irá afuera por el otro lateral. En la otra punta, Marco entrevió que tal vez llegaba y dio diez, doce pasos de lado para acercarse al lugar donde caería la pelota; eso le costó alejarse del arco, quedar muy sesgado a él. Pero cada vez más le parecía que podía llegar a alcanzarla. Y seguía mirando fijo el esférico. Caía como una uva del cielo; no pensó que estaba en el estadio Olímpico de Munich con 73.000 espectadores ni en el ridículo ni en nada más. Su mente estaba limpia, en una canchita de Utrecht y él tenía trece años. Y le dio. La empaló con todo el empeine y toda la fuerza de su pierna. Fue, quizás, la volea más extraordinaria de toda la historia del fútbol. Desde una posición cerrada, oblicua, incómoda, su pie derecho sacó una bomba perfecta, con violencia y precisión, que se elevó por encima del felino y elegante Rinat Dasáyev, el mejor arquero ruso después de Lev Yashin. El misil pasó por detrás de Dasáyev y fue a caer en el arco, describiendo una parábola preciosa. Explotó dentro de la red e hizo explotar a medio mundo. Los miles que estaban en las tribunas y los millones que mirábamos por TV. Hasta en Rusia habrán festejado semejante gol. Porque el arte no tiene nacionalidad, es universal.

Fue el último gol de esa Eurocopa, el que jerarquizó todo el torneo y lo tornó inolvidable. Le puso rótulo a la final: “la del gol de Van Basten”. Las decenas de miles de hinchas holandeses, todos agitando banderitas naranjas, justificaron los 800 kilómetros de carretera entre Ámsterdam y otros puntos de los Países Bajos hasta la capital de Baviera. El niño Van Basten, en su Utrecht natal, jamás habrá imaginado que un balazo de su pie derecho generaría tal estallido. Es la fuerza ciclónica del fútbol, la maravilla de su encanto.

Ahora que se acerca otra Eurocopa, nos pidieron de la televisión colombiana “el mejor recuerdo de una Eurocopa”. Contestamos al toque y sin dudar: la del gol de Van Basten. Quizás no tuvo la épica o la habilidad del gol de Maradona a los ingleses, pero se metió de lleno en los libros de historia. Y en el corazón de todos los futboleros. Somos un poco vanbastenianos por aquel prodigio, ¿quién no quedó extasiado y feliz de haber visto tal proeza técnica…? El hincha de fútbol es el que celebra los goles y triunfos de su equipo, el hincha “del” fútbol es quien festeja las obras maestras del juego, provengan de donde provengan.

Lo curioso es que Van Basten acudió a aquella cita europea casi como a una rehabilitación. Era parte del plantel y la preparación le caía requetebién. Venía de dos de sus tantos infortunios físicos. El 14 de noviembre de 1987 fue sometido a una delicada operación de su tobillo derecho, el que a la postre terminaría retirándolo de la actividad a los 28 años. Insólitamente, había jugado una temporada completa con los ligamentos del tobillo rotos, lo cual fue agravando la lesión. “Estaba harto del dolor, no podía más”, confiesa en su libro Frágil. Ese percance le costó que su primera temporada en el Milan fuera casi testimonial (apenas 11 partidos y 3 goles en la Serie A). No obstante, Rinus Michels lo convocó para la Eurocopa. Para peor, en un partido amistoso frente al Real Madrid, en un choque con el arquero rival se fracturó un pómulo del rostro. Otra operación. Y sólo faltaban once días para el estreno en el campeonato continental. “Tomé la Eurocopa sin tensiones competitivas, como un gran campo de entrenamiento”, recuerda. Al menos no le estaba doliendo el tobillo después de tanto tiempo. Los delanteros fijos eran Johnny Bosman y John van’t Schip. “Pero en todas las prácticas los suplentes les ganábamos a los titulares, y eso le llamó la atención a Michels”, dice Marco. Y empezaron a suceder cosas…

En el debut sufrieron un revolcón, Holanda cayó 1 a 0 ante Unión Soviética. Eso convenció al técnico: había que cambiar. Saldrían Bosman y Van’t Schip y entrarían Erwin Koeman (hermano de Ronald) y… Van Basten. “Cuando vi mi nombre en la pizarra entre los titulares para enfrentar a Inglaterra me di cuenta de que iba en serio, ahí empezó la Eurocopa para mí”. El resto parece sacado de una novela: Holanda ganó 3-1 a los ingleses con tres de Van Basten. Ya en semifinales, 2-1 a Alemania (el local) con uno de Marco. Y en el cierre, otra vez cara a cara con la Unión Soviética y el gol inmortal para sellar el 2-0. A fin de año ganaría el primero de sus tres Balones de Oro.

“Cuando vencimos a Alemania todo el país estaba patas para arriba celebrando. Nuestras mujeres estaban presentes, bailamos, todos lo tomaron como la final, pero para mí había una sola final… Arnold Mühren es un zurdo talentoso, aunque aquella pelota no venía en condiciones. Era una pelota perdida. Pero era uno de esos días en que todo encaja… Cuando el centro llegó pensé: por Dios, tengo que meterla, estoy demasiado cansado para hacer otra cosa. Y entró, desde un ángulo imposible. Superó a Dasáyev, que era el mejor portero del mundo. Después del gol sentí pura incredulidad. Dios, ¿qué ha pasado aquí…? Ni yo mismo me lo creía. Mis propios compañeros me decían ‘¿Qué ha pasado? ¿Cómo has hecho?’. Pero yo no tenía ni idea”.

Según la lógica maradoniana, fue el pie derecho de Dios. (O)