Por más de 20 años los aclamados integrantes del Big Three han dominado con autoridad todas las competencias tenísticas y se han alternado en la cima del ranking mundial sin ninguna compasión para los demás tenistas. Los tres grandes genios, Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic, armaron un tinglado para que los aficionados al tenis del planeta se deleitaran con batallas deportivas del más alto nivel. Es algo nunca antes visto lo que este trío nos ha ofrecido en una lid tenística, física y psicológica sin precedentes.

Como era de esperarse, el decurrir de los años ha apresurado el inevitable retiro. En septiembre del 2022 Federer terminó oficialmente su carrera, y también se acabó así el ciclo del Big Three. El suizo dijo: “No hay bien que dure tantos años, ni cuerpo que lo resista”. Y así es. Hoy Federer nos llena de recuerdos y de comparaciones. La nostalgia que causa que se lo quiera definir como el mejor de todos los tiempos. No se considera, sin embargo, que un juicio así es un desaire a tantos extraordinarios tenistas de otras épocas que también fueron insignias en sus respectivas eras.

Cuando llega el día del adiós comenzamos a reflexionar sobre lo que experimentan íntimamente estas leyendas: el final de una carrera es el momento de la autoliberación. Las sensaciones de esos últimos días están contaminadas de un amargo encanto y eso lo podremos confirmar en el documental sobre el adiós de Federer como tenista profesional, que saldrá al público el 20 de junio en Amazon Prime Video (se llama Twelve final Days o Doce últimos días).

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Cuando escuchamos decir que los tres tenistas son de otro planeta entendemos que sus habilidades son bendiciones de un Dios que selecciona a los ungidos, o que el destino les jugó una buena pasada. Nada tan lejano que aquello. Los tres genios del tenis son humanos de carne y hueso que llegaron a la excelencia por muchos factores. Federer explicó que su secreto para haber tenido éxito fue respetar su profesión, alistarse física y mentalmente, practicar mucho, corregir. Además, utilizar la tecnología en la preparación física, nutrición controlada y confiar en quienes lo asesoraron. Es que cuando se levanta una copa hay muchos otros que también la sostienen; son los indispensables héroes anónimos.

Cuando se arriba a esas esferas de dimensión cognitiva no hay espacio para lo que afirman ciertos eruditos: que los éxitos son producto también de la serendipia (casualidad, carambola, chiripa, según la RAE). En términos comunes y corrientes, que los éxitos son por un golpe de suerte.

Los miembros del Big Three dejaron una huella indeleble que los hará reconocibles con el pasar de los años por sus cualidades individuales.

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Federer fue elegante y armonioso en sus desplazamientos. Su potencia, que sí la poseyó, pasó a segundo plano para el espectador por su distinción estética. El suizo redondeó su tenis con su notoria formalidad al gesticular y expresarse en la cancha, pero también por su sensibilidad al no poder controlar su llanto. Alguna vez lo explicó de forma sentida: “Lloro cuando gano porque esas lágrimas fluyen porque recuerdo a aquellos entrenadores que me decían que no llegaría a nada en el tenis y que casi me convencieron”.

El nacido en Basilea fue la reencarnación del tenis romántico, porque reivindicó las raíces de este deporte y las adaptó a las exigencias de la modernidad. Nos enseñó que la potencia y la fuerza pueden ser aliadas de lo artístico y que la inteligencia, estrategia y táctica deben poseer una membresía en el club del rigor.

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A Federer no lo recordaremos especialmente por estadísticas abrumadoras o por torneos obtenidos, sino más bien por el abanico de virtudes que exhibía en el court. Su rival más corajudo, Nadal, lo describió así: “Federer tiene un servicio perfecto, una volea perfecta, un golpe de derecha perfecto, un revés perfecto. Es muy ágil, rápido. Todo es perfecto en Roger”. Integrante español del Big Three, Nadal fragua su tenis en la mezcla de potencia, pasión y talento. Sustenta su poderío en un gran derroche físico repetido e inalcanzable. También por tener un carácter propio de un gladiador. A veces da la impresión de que perdiera puntos solo para demostrar que no es perfecto. Su gran espíritu y disposición para el sacrificio crea una sinergia de admiración con el espectador.

Y restante, Novak Djokovic, es temperamental en esencia. Su rebeldía la transmite en el interior de la cancha y su aparente tranquilidad se transforma en volcán en ebullición. Tan solo la jerarquía de los golpes del serbio hacen imposible que el rival aproveche ciertas instancias de desconcentración emocional.

Djokovic tiene esta virtud: la unión especial entre acción y conciencia. Rompe la burbuja psicológica que a veces lo atrapa porque ese defecto se enfrenta a su principal virtud que es convertir la frustración en estímulos mentales, en energía. Cuando eso pasa es indestructible. Su máxima es demoler y usa armas mortíferas: un servicio difícil de descifrar por su potencia y colocación, un golpe de derecha letal, un revés a dos manos indescriptible, desplazamientos raudos. Es una fiera insaciable cuando ve a la presa herida.

En estos días hemos atestiguado de las vicisitudes de Nadal. Su despedida se aproxima lenta, pero segura. Su reconocida fuerza mental lo hace resistir porque el teatro más célebre del tenis mundial, Roland Garros, comenzará su función en pocos días. Hay que entender bien los momentos complicados que vive Nadal. Su estado físico y sus últimas presentaciones no se comparan a las proezas del Nadal catorce veces campeón en Roland Garros, dueño del récord de 112 victorias y apenas tres derrotas en París.

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Con estos antecedentes cómo va a rendirse. Seguramente Nadal comparecerá en Roland Garros, aunque hoy ya no sea favorito. La última actuación en la Caja Mágica de Madrid, donde fue derrotado prematuramente, no importó. La afición española gastó sus manos aplaudiendo a su héroe. Algo parecido sucedió después en Roma, donde fue eliminado en segunda ronda. Los romanos entendieron que era su última vez en el foro italiano.

A Nadal lo despidieron con este cántico: “Sempre nel cuore di Roma” (Siempre en el corazón de Roma). Pero en París ¿podrá derrotar a sus lesiones o influirá la presión del aficionado que anhela verlo triunfar? Uno de sus más cercanos colaboradores hace sonar los clarines del adiós: “Se intenta que tenga una despedida como uno de los más grandes de la historia”. Aunque no está decidido el día, todos entendemos que no está lejano.

Djokovic pronto entrará en el mismo camino y terminará su esplendorosa trayectoria. Las instancias finales de estos genios nos hacen reflexionar en que el profundo respeto a los hechos del ayer –cuando ya el hoy esté en sus días postreros– subsistirá gracias a la fe que se debe tener en que la nostalgia es legítima para perpetuar recuerdos. Así se vivirá plenamente, sin importar épocas. Tratándose de adioses, bien dice el poeta mexicano Aldo Bernal: Un adiós, a tiempo o a destiempo, no es otra cosa que amor propio. (O)