Podría haber sido mariscal, emperador, canciller de Alemania, presidente de Mercedes Benz o de Lufthansa. Lo que hubiese querido. Corporizaba la confiabilidad, eso que nos inspira cualquier producto alemán. Poseía el don del liderazgo, la templanza y la serenidad aunados a la elegancia. Es una marca registrada del deporte universal, el sinónimo de una nación (de las grandes). Franz Beckenbauer fue el Beethoven de la pelota, o tal vez Beethoven el Beckenbauer de la música. Su presencia engalanaba cualquier acto de la FIFA o la UEFA, si acudía a un partido la cámara lo enfocaba en el palco. Encarnó como nadie el prestigio. Desde su juego, desde su comportamiento y desde su porte señorial. Los ingleses, con un producto así, hubiesen vendido millones de poleras, tazas, bufandas, gorros, libros...

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Casi todos los diarios del mundo pusieron en portada la noticia de su fallecimiento, lo cual lo dimensiona. Muchos le dedicaron íntegra la tapa, sobre todo los deportivos. Similar a lo de Pelé y Maradona. Contrastan con la parquedad de los medios alemanes: “Franz Beckenbauer ha muerto”, “Nuestro Kaiser ha muerto”, “El último Kaiser”, títulos fríos, sosos, sin gracia ni afecto. Y el Süddeutsche Zeitung, de Múnich, de donde era oriundo el fabuloso jugador, ni siquiera dio la noticia en tapa, en una clarísima muestra de desprecio.

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Hay una explicación, está en el obituario escrito por Peter Ahrens para la famosa revista Der Spiegel. “Franz Beckenbauer fue mucho más que un futbolista destacado, es una figura social, un personaje de la historia contemporánea. Él dio forma a la República Federal como Konrad Adenauer y Willy Brandt. Entonces las revelaciones sobre el asunto Summer Fairy Tale lo alcanzaron. Pero sigue siendo una figura del siglo”, dice Ahrens. Summer Fairy Tale (cuento de hadas de verano) fue llamado el Mundial 2006, en el que toda la población vivió una excitación maravillosa. “Joseph Blatter sacó un papel de un sobre y dijo “Y el ganador es… Alemania”. Claro, ¿qué otra cosa podía pasar estando Franz de por medio sino ganar también esto…?”, escribe Ahrens. Luego se supo el caso de soborno -comprobado- por el cual Alemania compró votos para obtener dicho torneo y Beckenbauer era quien había hecho personalmente las gestiones.

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Franz había sido llamado “La luz resplandeciente” de Alemania, pero a raíz de ese caso su luz se apagó y él se refugió en su casa de Salzburgo. No salió más. No podía ser que la pringosa mancha de la corrupción tocara a un ser perfecto, majestuoso, como él, de la que todos sus compatriotas se sentían orgullosos. El país calló, aunque interiormente le bajó el pulgar.

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También su aire de superioridad lo distanciaba de las multitudes. “Beckenbauer era uno del pueblo, pero no para el pueblo. A Gerd Müller y también a Uli Hoeness, como hincha los habrías abrazado, pero no a Franz Beckenbauer”, agrega el editorialista Ahrens.

Uli Hoeness, presidente de honor del Bayern Múnich y excompañero de club y de selección comentó emocionado: “Fue la mayor personalidad que ha tenido el Bayern. Como jugador, entrenador, presidente o persona, es alguien inolvidable, nadie le podrá igualar. La gente puede presumir de que vio jugar a Franz Beckenbauer. Era además un amigo para mí, un compañero único y fue un regalo para todos”. Pese a la frialdad en Alemania en torno a la figura del Káiser, Hoeness y Rummenigge están preparando un homenaje importante en el estadio del club.

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Con Gerd Müller, siendo apenas dos muchachos, llevaron al Bayern Múnich a la Primera División. Convirtieron un club de liga regional en la referencia mundial que es hoy. Y aún con 20 años jugó la final de la Copa del Mundo en Inglaterra. Luego ganó todo lo que un futbolista puede soñar: Bundesligas (varias), Champions (varias), Eurocopa, Mundiales como jugador y entrenador, Balones de Oro. Presidió el Bayern, la organización de Alemania 2006. Su rostro era una estampilla que garantizaba éxito, calidad, distinción. En poco más de dos años se fueron los dos: Müller y Beckenbauer. Franz adoraba a Müller. Siempre decía: “La grandeza del Bayern no me la deben a mí, todos se la debemos a él, a sus goles”. Y era rigurosamente cierto. “Gerd y yo éramos como hermanos”, comentó el Káiser al diario Bild.

“Antes de los partidos, él me pasaba a buscar para después irnos en el bus con el equipo. Si me retrasaba me decía ‘Apúrate que llegamos tarde’. Y yo le replicaba: Gordito, sin nosotros el Bayern no va a ninguna parte”. Franz Beckenbauer ayudó mucho a su viejo compañero cuando este cayó en el abismo del alcohol y la depresión tras el retiro del fútbol.

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Lo que no puede borrar el Beckenbauer dirigente es al Beckenbauer futbolista, el que el mundo admiró. Cambió la imagen del futbolista alemán, de estilo panzer, por la de un atleta pensante y lúcido con la herramienta. Era indistintamente zaguero y centrocampista, su exuberancia técnica se lo permitía. Seguramente hubo zagueros más tenaces y fuertes, superiores en la marca; pese a ello, Franz está en el pináculo de la consideración. Sus arranques desde el fondo con cabeza levantada, eludiendo adversarios son un tesoro del fútbol. A diferencia de la final de 1966, en la que pasó casi inadvertido, en 1974, ante Holanda, fue una figura imperial. Ahí jugó de defensa bien metido atrás (en Londres fue volante), imponiendo respeto y sabiduría, derrochando clase. Ese 7 de julio de 1974 se enfrentaron un genio (Johan Cruyff) y un comandante en jefe (Beckenbauer). Fue un juego de ajedrez entre ambos. Ganó el segundo por mayor inteligencia para diseñar la batalla y por ponerse al frente de su tropa.

Tenía una gambeta larga muy fina, y cuando se aproximaba al área rival también sabía lo que hacer. Marcó 107 goles, a cuál más bonito. No tenía goles feos.

Uno de los futbolistas más elegantes de la historia, pasaba por el costado de los rivales sin mirarlos, casi ignorándolos, como si no existieran. Una personalidad colosal. Ejercía un dominio mental absoluto del escenario y de su universo: compañeros, rivales, árbitros, público. No gritaba, no hacía demagogia. Y no iba al choque contra nadie, daba unos pasos y anticipaba, luego salía jugando, le pegaba casi siempre con tres dedos y era un especialista en el juego aéreo, un tiempista notable del salto y el cabezazo. Su don de mando y su tranquilidad bajo toda presión en el área no tienen comparación. Nunca estaba apurado, nada parecía agobiarlo. Era balsámico para sus compañeros: si Franz está con esa confianza, todos debemos estarlo. (O)