“¡Eres bellísima!”… “La noche te hace preciosa”… “¡Fabulosa, Italia!”… “Dime que es cierto”… “Olé, Italia”… “Italia de ensueño”… “Mancini, como Steve Jobs, loco e innovador”…

Los “giornales” italianos, deliciosos como el spaghetti, compiten como siempre por el título más original y vendedor, pero todos coinciden en un punto: la euforia nacional por el fútbol de Ia Nazionale. No por el rendimiento, que también, sino por el juego. “Hay una alegría social”, dicen. La península entera está rendida a los pies de estos muchachos que han interpretado el paladar del técnico Roberto Mancini. Dos palabras brotan en forma de grito nacional desde el pecho y desde la garganta de cada tifoso: “¡Juegan bien…! ¡Giocano bene…!”.

Sí, también Italia puede agradar y hasta enamorar con la pelota en los pies. Basta de conservadurismo, basta de meterse atrás y de pensar en el cero en el arco propio como meta fundamental y sacrosanta. Todos pueden mover bien la bola, hasta Bonucci y Chiellini, pero hay que creer en esa filosofía. Mancini está convencido y les ha hecho la cabeza a sus pupilos, les ha lavado el cerebro hasta quitarles la última partícula de catenaccio y ahora parecen brasileños. Hasta podríamos rebautizarlos: Verrattinho, Barellinha, João Locatelli, Zé Bonucci, Tião Insigne… Les quedaría bien.

Helenio Herrera, el gran divo de la dirección técnica que edificó el Inter supercampeón de los años 60, acuñó: “El fútbol italiano es el mejor del mundo... de lunes a viernes”. Pero esta selección Mancinesca demuestra que también puede ser el mejor los domingos. Solo hay que atreverse a jugar así: con grandeza, con amor a la pelota, por abajo, respetando la ortodoxia del pase y, sobre todo, atacando. Con el juego pasa como con las palabras: a veces uno entiende el significado, sólo que no puede explicarlas como el diccionario. Pero el hincha sabe qué es jugar bien. Y el tifoso italiano, que nunca lo había experimentado, sale a las calles, con pandemia o sin ella, a gritar su emoción. Porque ganar da alegría, jugar bien genera orgullo.

Esta Italia gioca bene. Mucho más que eso, puede marcar un hito: cambiar el estilo histórico del Calcio, tornarlo más estético, a su sabiduría defensiva agregarle buen gusto, algo más acorde al espíritu artístico de los italianos. Siempre nos preguntábamos: ¿cómo puede ser que una nación que ha dado a la humanidad los tesoros de su música, su pintura, su música, su literatura (¡El Gatopardo, esa obra maestra…!), su gastronomía, el cine, la arquitectura, la patria que nos dio a Venecia tenga un fútbol tan rácano, tan desprovisto de galanura y generosidad…? ¿Cómo podían disfrutar de eso, justo ellos…? Pues hoy están sintiendo la emoción estética que alguna vez fue de los argentinos, de los húngaros, de los brasileños, de los holandeses, últimamente de los españoles. Y otros más, como la Colombia de Maturana, aunque aquellas fueron las escuelas principales. El Calcio fue toda la vida sexo apenas, esta Italia de Mancini es sexo con amor. Se disfruta el doble.

Es hermoso jugar bien. Y todos sabemos de qué se trata. Jugar bien no es hacer fulbito, es priorizar la técnica, sublimar la habilidad, ser prolijos en el trato y traslado del balón, ser asociativos y propositivos, saber marcar. Y ganar. No hay jugar bien sin contundencia, sin concretar. Por si acaso: con este jueguito que los vivos llaman inocente, Italia lleva 32 partidos sin perder, con 15 victorias consecutivas entre la fase de clasificación de la Eurocopa y la Eurocopa en sí. Y si le agregamos los tres triunfos iniciales de la Eliminatoria suben a 18. Con una montaña de goles marcados -56- y apenas 6 recibidos.

Es curioso: pasa en clubes y selecciones, muchos valoramos el valor, la personalidad, la fuerza, la garra, el coraje, el liderazgo en este deporte tan apasionante; no obstante, puestos a evocar se nos vienen primero a la mente los artistas. Le pasa los boquenses, autotitulados los reyes del empuje y el vigor, del ímpetu y el carácter; cuando se trata de la nostalgia, recuerdan al peruano Meléndez (un zaguero que era la delicadeza en pantalones cortos, no les quitaba la pelota a los rivales, se las sustraía), a Rojitas, a Maradona, a Riquelme, a todos los magos del balón, no a los colosos del músculo. Acontece con los alemanes, que han tenido tantos panzers, pero a la hora de la gratitud y el cariño entronizan a Beckenbauer; les pasa a los mismos italianos, tan afectos a los defensores graníticos, pero que en tren de memorizar les viene a la mente Robbie Baggio. Y les va a suceder a los hinchas de Barcelona, que cacarean con la rebeldía amarilla, pero cuando sean mayores y cierren los ojos pensando en las glorias toreras tendrán en un pedestal a Kitu Díaz. Nos pasa a todos los hinchas de fútbol del mundo. Eso es porque, por encima de los resultados, amamos el refinamiento, el arte, la gracia, la astucia del crack, el amague, la gambeta, el toque suave y certero. No hay valor más supremo que la belleza.

Así como Luis Aragonés y Pep Guardiola enterraron para siempre la Furia española, ese juego áspero y plano, con gran porcentaje de sudor y reciedumbre y poco de luces, Mancini puede darle brillo al Calcio. La grave lesión de Spinazzola (notable torneo estaba haciendo), un lateral-volante-puntero por izquierda, le va a mermar juego en el tramo decisivo. Porque el fútbol no es un deporte de muñequitos sino de humanos, y unos son mejores que otros. Es irremplazable el carrilero de la Roma. Sin embargo, el funcionamiento del equipo sabrá arropar a Emerson, el brasileño que es su suplente. Cuando las otras piezas marcan los movimientos precisos en cada fase del juego, el que entra no se desorienta. Desde Donnarumma hasta Immobile, el equipo es un reloj. Ahora va por España en Wembley, un viejo clásico latino de Europa. Gianni Rivera y Roberto Baggio estarán felices, este es el conjunto que hubiesen querido para ellos. Pero, más allá del resultado, ya nos ganó el corazón. ¡Benvenuta, Italia…! (O)