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Las dos versiones del Clásico del Astillero

Una es la vergonzosa, por los incidentes y las sanciones impuestas. La otra demuestra que Barcelona está en proceso de recuperación.

Jhon Jairo Cifuente, Luca Sosa, Bruno Piñatares y 'Paco' Rodríguez, jugadores de Barcelona SC, en la victoria reciente frente a Emelec. Foto: Jorge Guzmán

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La instancia en que el domingo pasado se debía jugar el Clásico del Astillero era estelar por todo lo que estaba en juego. Las circunstancias daban para que Emelec luche por conseguir el triunfo, porque su posición expectante en la tabla de la segunda etapa así lo exigía. El partido se inició con un marco de público exclusivamente eléctrico, bajo las órdenes del árbitro Franklin Congo y con asistencia del sistema VAR, comandado por Carlos Orbe.

La primera jugada punzante de Barcelona fue inesperada: una gran combinación en el medio campo entre Michael Carcelén y Damián Díaz terminó con una genial habilitación del número 10 para que Érick Castillo convierta el gol (26 segundos) ante la sorpresa de todos. El estadio Capwell enmudeció. La celebración amarilla fue un ritual mezclado de euforia y atrevimientos provocativos que incitó a la reacción de un sector de la barra emelecista. Pero el bochorno se adueñó del espectáculo, a vista y paciencia de la policía, que no hizo nada para proteger a los jugadores canarios. Los exabruptos y las agresiones de un grupo minúsculo de hinchas de Emelec terminaron en un cobarde lanzamiento de objetos que impactaron a varios jugadores del Ídolo del Astillero. El Clásico se trasladó en un especulativo campo de conveniencias para que el espectáculo se convirtiera en una cadena de incidentes lamentables, en menoscabo del espíritu que exige el deporte.

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Mientras todo el alboroto sucedía, el árbitro Congo, alertado por el VAR por una supuesta infracción reglamentaria en el gol, empezó la tediosa revisión de la jugada. Se acercó al visor y se pasó dialogando con sus colegas del VAR, en un lapso interminable, y decidió invalidar el tanto torero. A la par los jugadores barcelonistas se esforzaban en demostrar –con la simulación y teatralidad de algunos, cosa que sin embargo no cambia en nada la gravedad de los acontecimientos– que los impactos habían sido fulminantes. Cuando Congo quería estar al tanto de lo sucedido, varias circunstancias conspiraron para retomar la normalidad del partido. Hubo protagonismo de ciertos personajes de los dos equipos, desorientación del árbitro y del comisario que innecesariamente dieron rienda a un parloteo con todo aquel que le pidiera su versión –poco faltó para que hasta los pasabolas opinaran–.

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La impericia de árbitros y comisario los hizo decidir suspender el partido por 30 minutos con el fin de restablecer el orden en el estadio. Me pregunto: ¿quién podía garantizar, como estaban los ánimos, que iban a existir las condiciones de seguridad para continuar el partido después de la media hora de suspensión?

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El cabildeo continuó entre dirigentes, jueces y autoridades, pero primó la negativa de Barcelona, que alegó falta de garantías. A Congo no le quedó otra que acogerse al reglamento: jugar sin público a las 12:00 del siguiente día. Para mí ese fue primer triunfo amarillo, antes de la reanudación. Pero al margen de todos estos criticables acontecimientos no se eliminará la inseguridad en los escenarios deportivos si no se revisan temas de fondo.

En ese aspecto el más importante es el nivel de las sanciones que se aplican: son una venia a la impunidad. Se lo comprueba en la grave invasión de hinchas del Deportivo Quito a la cancha del Atahualpa para corretear y agredir a árbitros en indefensión absoluta. También invasión en el Capwell en un partido del presente campeonato con Independiente del Valle. O la cobarde agresión del Superchiri Héctor Chiriboga al juez Álex Cajas, o los continuos desmanes entre hinchas eléctricos en la general. Todo termina en sanciones al cemento y a nada más.

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Erick Castillo (16), de Barcelona, y Romario Caicedo, de Emelec. Foto: Jorge Guzmán

La reiteración de la violencia tiene su chispa de ignición en los castigos blandengues aprobados por los eventuales sancionados. A las pruebas me remito. Hace pocos días el máximo dirigente de Liga de Quito, Esteban Paz, en una especie de acto de contrición, declaró: “El reglamento es absolutamente blando. Lamentablemente, los dirigentes somos quienes preferimos sanciones ligeras”. Esperamos que sea el mismo Paz quien presente las urgentes reformas para endurecer las penas y no terminen sus dichos en el refrán que reza así: “Los papeles y las palabras son las promesas que primero se lleva el viento”.

Otro tema que me preocupa son las declaraciones del general de la Policía Fausto Salinas. Entrevistado por Ecuavisa dijo que el nivel de participación de la Policía en los partidos era tan solo de “apoyo”. Y apuntó a la LigaPro como principal responsable.

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Sería bueno conocer el pronunciamiento de la LigaPro y saber qué entiende como “apoyo” la Policía Nacional. ¿Qué hará la LigaPro para enfrentar la violencia y reforzar la seguridad en los estadios? La otra versión que dejó el Clásico fue en lo futbolístico. El pasado lunes se confirmó que Barcelona fue eficaz. Fabián Bustos planteó un partido en el que sus jugadores ofensivos utilizaron los espacios que su rival les ofreció, como efectivamente se vio en la cancha.

Ismael Rescalvo, en rueda de prensa, expresó su fastidio porque no se aplicó el reglamento, que les afectó la temperatura del lunes, y que la expulsión de Dixon Arroyo alteró el nivel de Emelec. Son pretextos sin argumentos sostenibles. Habría sido bueno que Rescalvo conteste cuál fue la razón para marginar otra vez a Romario Caicedo y por qué no fortaleció el medio campo tras la expulsión de Dixon Arroyo con el ingreso de Roberto Garcés. También que diga Rescalvo qué intentó al incluir a Bruno Pittón, quien a los 15 minutos no podía ni con su alma. Son preguntas que no se hicieron o no se contestaron.

Rescalvo volvió a decirnos que matemáticamente están en la pelea por el título, que está convencido del carácter que tiene Emelec. De lo último no hay duda, pero a estas alturas los eléctricos no solo requieren carácter, sino un nivel competitivo que les permita ganar partidos si su afán todavía es llegar a la final.

Rescalvo deberá estudiar a fondo las disposiciones tácticas que en partidos cruciales le han fallado. Y adicionalmente leer bien lo que sucede durante el juego, porque el español ha hecho modificaciones. En fin, en sus manos está el futuro del Emelec, al menos en este 2022. Son unas manos en las que cada vez confía menos el aficionado eléctrico.

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En fin, el Clásico del Astillero nos dejó dos versiones contrapuestas. La primera es la vergonzosa, por los incidentes sucedidos y por las sanciones impuestas. La otra versión en que Barcelona demuestra que está en proceso de recuperar el fútbol que le permita tener opciones cuando juegue la final tan esperada. Le ganó inobjetablemente 3-1 a Emelec. (O)

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