En menos de diez días el boxeo ecuatoriano ha sufrido una triple pérdida. A los decesos de Napoleón Gamboa (campeón bolivariano, entrenador y profesor de Educación Física) y de Wellington Wheatley, peleador amateur y profesional que llegó a enfrentar al panameño Roberto Mano de Piedra Durán, se suma ahora Miguel Herrera Loayza.

Herrera, lojano de nacimiento, se radicó desde su adolescencia en Guayaquil. Se inclinó por el boxeo llevado por su protector Felipe Diab, quien lo afilió a Liga Deportiva Estudiantil, al igual que a sus hermanos Alberto y Libio, todos ellos dirigidos por el profesor César Salazar Navas. Miguel Herrera fue el primero en destacar nítidamente en 1955 como amateur. Mostraba ya la inclinación a un boxeo fino y elegante, muy veloz en el manejo de sus manos y en el bailoteo de sus pies ligeros. Fueron épicos sus duelos con el pichinchano Arturo Flor, quien no lo pudo vencer nunca. Hizo 126 peleas y ganó siete títulos nacionales.

El 3 de septiembre de 1960 pasó a filas profesionales debutando en Barranquilla ante el colombiano Cruz Arbelo con una clara victoria. El 25 de agosto de 1962 se midió con el feroz Bull Dog Gómez, al que venció sin atenuantes.

Después vinieron Milton Moya, Fermín Bohórquez, Milton Moya, Arturo Flor, Luis Altamirano, Pedro Ramos y Ángel Baltazar. En ese tiempo brillaba otro púgil excepcional: César Chivo González. El público pedía un combate entre los dos estilistas, Herrera y González. Pelearon en el coliseo cubierto (Voltaire Paladines Polo) el 22 de mayo de 1964, con fallo a favor de González.

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La esperada revancha ocurrió el 23 de julio de 1965. Herrera consiguió esta vez neutralizar a su rival y ganar la decisión de los jueces. Para entonces Herrera tenía ya una amplia experiencia internacional pues había enfrentado al excampeón mundial Pascual Pérez, a los panameños Julio Chicha Fuerte Ruíz y Adolfo Osses, los venezolanos Manuel Arnal y Zurdo Uzcátegui y el argentino Oscar Lencina.

En Santiago de Chile, el 28 de mayo de 1965, Herrera tuvo un violento combate con el campeón chileno Godfrey Stevens. Perdió, pero el 23 de julio lo venció en la revancha en Guayaquil. Más tarde enfrentó con éxito al campeón colombiano Bernardo Caraballo, a Cipriano Barbulito Zuluaga y al peruano César Guzmán.

Vinieron entonces dos peleas que lo proyectaron internacionalmente. La primera de ellas frente al estadounidense Ronnie Jones, clasificado entre los diez mejores del mundo, al que derrotó en un combate excepcional el 19 de agosto de 1966. En diciembre 2 de ese mismo año logró otra resonante victoria ante Frankie Crawford, de Estados Unidos.

Avisados de la gran clase del ecuatoriano Herrera, dos grandes preparadores, el neoyorkino Gil Clancy y el cubano-estadounidense Antolín Sánchez Chino Govin, lo llevaron a Nueva York a su afamado gimnasio, donde solo se preparaban estrellas como Emile Griffith y Rocky Valdez, campeones del mundo, y poco después otros monarcas como Jerry Quarry, Ken Buchanan y Joe Frazier.

Fue la época en que Herrera alcanzó fama planetaria al ser llamado a enfrentar a púgiles de la dimensión universal de Dwight Hawkins, Jimmy Rieve, Johnny Famechon, y los campeones mundiales Alfredo Marcano, José Legrá, Miguel Riasco.

Orgulloso de su carrera, cerró su actividad en los encordados el 6 de abril de 1972 ante José Rivera en el Sunnyside Garden, en Queens. En los rings del mundo y en su vida privada dejó la huella de caballerosidad y decencia.

Herrera falleció el viernes anterior en Nueva York, víctima de una violenta enfermedad. Dos meses atrás había perdido a su esposa. Lo sobreviven sus hijos Yianina, Óscar, William y Diana. Sus restos serán velados en Nueva York el domingo 29 de agosto y recibirá cristiana sepultura al día siguiente. (D)