El pasado viernes, la agrupación quiteña conformada por Pedro Bonfim (guitarra, teclados, voz), Martín Erazo (bajo, voz), Joaquín Prado (guitarra, teclados, voz) y José Miguel Fabre (batería), brindó una función doble en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC) en Guayaquil, debido a que la primera (pactada para las 20:00) agotó los boletos en muy poco tiempo de manera inesperada, obligando a citar una previa que también sería un sold out y aunque fue acordada a las 18:00, tardó en comenzar.

Yuliana Ortiz y Akira iniciaron la noche con una performance que combinó una profunda declamación con sintetizadores y sonidos experimentales, recibiendo el cálido aplauso de una audiencia que empezaba a mostrarse impaciente por ver a los jóvenes capitalinos.

Entre tenues luces apareció un enmascarado Pedro Bonfim que entre gritos como “avanza la patria”, “se nos rompió la patria” y “¿qué toca esta banda?”, marcó el principio de una velada que aparentaba ser misteriosa e incierta. Dios mío ya no veo noticias fue la primera canción de un repertorio que tuvo mayor enfoque en sus álbumes pandémicos Verte antes de fin de año (2020) y O clarividencia (2020); sin embargo, también hubo temas como Avión y Erre erre erre del aclamado trabajo de estudio Tristes Trópicos (2018). Además de darse el tiempo de complacer al público con nostalgia de su debut discográfico El cielo (2016), en interpretaciones como Guayaquil Tyci y Qué asco de sábado.

Agrupación quiteña conformada por Pedro Bonfim, Martín Erazo, Joaquín Prado y José Miguel Fabre.

Lolabúm se deja envolver por la experimentación. No le tiene miedo a fusionar indie rock con pop, trap o elementos de la música electrónica. Este carácter experimental se reflejó en una excelente puesta en escena, en la que la iluminación jugó parte fundamental del espectáculo. Por momentos podía sentirse el contraste de las distintas facetas de la banda; sin embargo, esto no intimidó a sus integrantes, quienes se mostraron cómodos al ejecutar obras propias de su adolescencia y minutos después tomar una postura crítica con la política del país.

Una noche que se perfilaba como una propuesta teatral llegó a su fin como un verdadero concierto de rock: gritos, aplausos, lágrima, ásperos mensajes a la administración del Ecuador y por supuesto La mejor canción de amor.