Por Sergio Cedeño Amador, especial para La Revista *

Siempre me intrigó la vida y leyenda del conde Felipe Mendoza Coello (enero/1866-marzo/1954). Nacido en Vinces, era un bon vivant y uno de los más famosos Gran Cacao de la época de oro del cacao en Ecuador (1870-1920). Por eso hace poco viajé a conocer su enorme y famosa hacienda cacaotera San José de Bagatela, antes llamada Cañafístula, en esa zona de la provincia de Los Ríos, hoy en manos de miles de agricultores que en 1964 la invadieron.

Según el cronista vitalicio de Guayaquil Rodolfo Pérez Pimentel, don Felipe Mendoza era un acaudalado cacaotero que se daba la gran vida en París y en un baile de disfraces en el famoso Hotel Negresco de Niza, él se disfrazó de conde, ganó el premio al mejor disfraz y luego todo el mundo lo llamó “conde Mendoza”, tanto en Francia como en Ecuador, lo cual a él le encantaba.

Las propiedades donde residieron Felipe Mendoza y su esposa han desaparecido, pero aún existen haciendas como Edén (foto), de la familia Franco Sotomayor, que muestran el esplendor agrícola y natural de Vinces (zona Playas de Vinces, Los Ríos). Foto: Moises Pinchevsky / Archivo.

Luego de dos matrimonios en Vinces, en París conoció a la francesa Rachel Jeantet Guillaume (junio/1893-noviembre/1976), mujer extremadamente blanca, rubia y bella, y se casaron en París en 1912; ella con 19 años y él de 46 años.

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Al regresar los esposos a Ecuador, Rachelita fue conocida por todos como la “condesa Mendoza” y causaba sensación en Guayaquil por su belleza, elegancia y distinción.

Y para lucirse, los “condes” paseaban a pie por la calle 9 de Octubre y de cerca los seguía su limusina con un chofer uniformado de verde.

En los años 20 del siglo pasado eran famosas las fastuosas fiestas que daban los condes en sus innumerables haciendas y la leyenda (seguramente inventada por envidiosos) decía que luego de las fiestas la condesa ordenaba tirar a ciertos invitados a una poza llena de lagartos donde los saurios no dejaban huellas de los susodichos, y aún hoy se habla de la famosa “lagartera”, que desgraciadamente no pude encontrar en mi reciente recorrido.

Por una inquina de tierras el conde se vio involucrado en la muerte de su sobrino Enrique Mendoza Lassavajeaux, quien fue asesinado a cuchilladas en Guayaquil a la salida del Teatro Olmedo por un peón del conde llamado Carriel Pincay y como posible autor intelectual él fue a parar a la cárcel por un tiempo.

El conde Mendoza murió en Guayaquil siendo millonario como toda su vida en 1954, a los 84 años de edad, y la condesa Rachelita se hizo cargo de las haciendas hasta que fueron invadidas. Por lo que sé, se fue a vivir a Nueva York en 1970 y luego de pocos meses recibió la infausta noticia de que ya no había cacao ni haciendas ni dinero para enviarle, lo cual la volvió loca y tuvo que ser internada hasta su muerte en 1976 en un hospital psiquiátrico de esa urbe de Estados Unidos.

A su muerte tenía 83 años y fue enterrada según su voluntad en el cementerio City Hall de la misma ciudad, pero luego sus restos fueron trasladados al Mausoleo Mendoza, en el Cementerio de Guayaquil, tal como lo había estipulado y pagado el conde Mendoza antes de su muerte.

Mausoleo de Felipe Mendoza y su esposa, Rachel, quienes descansan en el cementerio de Guayaquil. Foto: Cortesía

Mi finado amigo y escritor montuvio Víctor Hugo Varas Yépez me contaba que siendo él registrador de la Propiedad de Salitre, un día se acercó a su despacho la condesa Mendoza, ya que tenía problemas con las tierras de su hacienda Las Ramas, y a pesar de tener ya más de 70 años, era una mujer “demasiado bella y olorosa”.

Recorriendo la hacienda Bagatela me imaginaba las pomposas fiestas de los condes donde se brindaban los más exquisitos potajes, los mejores vinos franceses y los más caros y exclusivos coñacs del mundo, bailando al son de la música de fox-trot, one step, valses, polcas y mazurcas, y me imaginaba también a la condesa bailando el tango Garufa con algún “Gran Cacao”. (I)

* Empresario agricultor e investigador de la cultura montuvia.