Por Rodolfo Pérez Pimentel *

Se me ha referido que en 1975 un embajador ecuatoriano fue invitado a un acto relacionado con El entierro del conde de Orgaz (grandioso cuadro al óleo del Greco que se conserva en la capilla de santo Tomé, en Toledo, España) y al recibir la esquela el desaprensivo diplomático la contestó por escrito lamentando no poder concurrir por compromisos contraídos, pero aprovechaba para enviar la más sentida condolencia –en su nombre y en la del Gobierno nacional– por tan luctuoso suceso. Lógicamente, provocó la natural sorpresa e hilaridad que esta clase de “errores” motivan siempre.

Durante una de las dictaduras militares que asolaron nuestro país, otro embajador, esta vez el que nos representaba en Egipto, con motivo de la fiesta nacional del Ecuador no tuvo empacho en leer en una estación de radio a las diez de la mañana y en idioma castellano, un discurso patriótico que nadie entendió, pues en dicho país se habla el árabe. A su regreso, y como se sentía orgullosísimo, lo hizo publicar por cuenta de la Comisión Nacional de Conmemoraciones y Festejos en un folletito de casi diez páginas.

El ministro mudo

En 1987, la primera dama de la nación, María Eugenia Cordovez de Febres-Cordero, estaba en viaje de visita en La Habana, por expresa invitación del comandante Fidel Castro. Su comitiva había pasado en diversas ocasiones por el sitio donde se levanta el busto de Eloy Alfaro, cuya memoria es venerada en Cuba por haber solicitado en 1895 a la reina de España la inmediata libertad de la isla.

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Pues bien, quien presidía nuestra delegación era nada menos que el ministro de Educación del Ecuador que había heredado el cargo a la muerte de su hermano mayor, el anterior ministro, miembros ambos de la Junta Suprema del Partido Liberal ecuatoriano.

El ministro heredero no abrió la boca durante el viaje. Al final de la gira, su homólogo de Cuba, delante de los visitantes ecuatorianos, le preguntó en alta voz: “Dígame, ministro, ¿ha notado nuestro monumento al general Eloy Alfaro? Hemos pasado varias veces por delante y usted no ha dicho nada…”. Se produjo un instante de vergüenza ajena, pero con esa inteligencia que caracterizaba a la primera dama, esta sutilmente rompió el silencio y exclamó: “¡Qué bello! Cuba y Ecuador hermanadas por un recuerdo glorioso”. El ministro cubano no tuvo más que sonreír. ¿Y nuestro ministro-heredero? Ni siquiera se inmuto y permaneció mudo como siempre.

La periodista desubicada

En esa gira viajaba una periodista de Quito, una jovencita más comunista que mandada a hacer. En su simpleza, cuando veía los enormes letreros de propaganda fidelista se emocionaba a gritos provocando la hilaridad de sus acompañantes. “Con Fidel y el fusil llegaremos al dos mil”. Maravilloso, maravilloso. “Gringos, no les tenemos miedo”. Sublime, sublime, y así por el estilo. Todo la emocionaba y vivía en continuos estados de exaltación y paroxismos de dicha, pues al fin se cumplía uno de sus mayores anhelos, estar en un paraíso comunista.

La última mañana antes de tomar el vuelo de regreso me pidió que la acompañara a una librería cercana porque deseaba adquirir un disco muy especial. “Señor, tiene usted en venta el disco con esa canción bellísima que dice: “Cuando salí de Cuba dejé mi vida, dejé mi amor…”. El librero, pensando que era una espía del Gobierno y que lo estaba poniendo a prueba (en las tiranías nunca se sabe), le gritó rápido: “Gusana, lárgate de Cuba para que se la cantes a tu madre en Miami”. Y la dejó perpleja, sin imaginar que esa canción es el himno de las familias víctimas del castrismo y no se puede cantar en la isla.

Escape de la bomba

En 1976 y con ocasión de las fiestas julianas, los concejales fuimos invitados a una reunión en la Gobernación. Se había acomodado el bufé sobre mesas con manteles largos que llegaban al suelo. Los triunviros recibían con sus esposas y todo iba bien, se brindó una copa de champán, cuando en eso nos dimos cuenta de que los triunviros y sus cónyuges sigilosamente se habían escurrido por una puertecita disimulada y por otra hacían su ingreso varios oficiales del Ejército, que levantaban los manteles y hurgaban con aire misterioso debajo de las mesas ¿Qué había sucedido?, que alguna almita blanca había dado un aviso telefónico –falso por supuesto– indicando que una poderosa bomba iba a explotar en el salón. Lo feo de este sainete es que no les importó a los triunviros dejar a los invitados en grave indefensión, sobre todo a las damas.

Don Vicente Cabezas Pérez gozaba en el Guayaquil de los años cuarenta de una justa fama de personaje chistoso. Era el autor de la teoría de los Bobos al Garete, que como su nombre lo indica se explica sola, pero que paso a desarrollar por si acaso me está leyendo alguno que otro: En toda ciudad del Ecuador existen multitud de bobos que andan sueltos, aunque a veces se reúnen en las esquinas. Estos bobos son incontables y muy dañinos porque cometen grandes boberías sin darse cuenta. También proponía fundar un partido político titulado el PUB (Partido Unión de Bobos), que indudablemente tendría múltiples filiales y adherentes en toda la república y se alimentaría de los más prestantes miembros del velasquismo, que por entonces mandaba en la República por ser el partido mayoritario. Ahora, ochenta años después, ya no serían los mismos, otros bobos ocupan sus lugares.

* Ganador del Premio Nacional Eugenio Espejo en la categoría Actividades Literarias (2005).