“La oportunidad está en la crisis; es en los momentos más difíciles cuando se forjan los grandes avances”, Albert Einstein.

La sana gobernabilidad en los países del mundo está comprometida. La democracia, concebida como un orden político funcional, parece entrar en una lenta decadencia.

A nivel global, se percibe una desconexión alarmante entre gobiernos y ciudadanos. Las necesidades de la población avanzan por un camino, mientras que la política opera en otro, ajeno y distante. Esta falta de sintonía no solo resalta una fractura, sino también una desidia evidente frente al sufrimiento de las mayorías.

Atún y camarón: realidades 2024 y desafíos 2025

Tras la Segunda Guerra Mundial, Japón vivió una de las peores devastaciones de su historia. Sin embargo, en lugar de rendirse, el país, con el respaldo de un gobierno decidido, junto con empresarios y ciudadanos comprometidos, trazó un plan para reconstruir sus cimientos. A partir de 1945, Japón adoptó un enfoque pragmático y visionario, buscando la recuperación económica a través de políticas de industrialización, educación y cooperación internacional. El resultado fue un país que, en menos de dos décadas, pasó de estar devastado a ser una de las economías más poderosas del mundo. Japón mostró que, con un plan claro y la determinación de todos los actores sociales, incluso las crisis más profundas pueden transformarse en una plataforma para el crecimiento.

En Ecuador, el panorama actual es igualmente complejo. La economía atraviesa una crisis estructural que refleja una dicotomía: la población sigue creciendo, pero la economía no lo hace al mismo ritmo. La inseguridad y violencia, exacerbadas por el narcotráfico, han alimentado un clima de temor y desconfianza. La falta de empleo es palpable: una gran mayoría vive en la informalidad, mientras otros tantos enfrentan la extrema pobreza. El “cachuelo” no es ya un ingreso extra, sino que se ha convertido en el modo de vida predominante para miles de familias. A esto se suma un sistema educativo desconectado de las demandas productivas del país, un sistema de salud colapsado que prioriza intereses contractuales sobre la vida de los pacientes y una economía que necesita urgentemente un flujo constante de dólares para sostener su modelo. La concepción del rol del Estado, cuya injerencia política se extiende a todos los ámbitos, también limita las posibilidades de avanzar hacia un futuro más estable.

Se necesita una planificación clara para enfrentar todos estos desafíos. Es una obligación que las empresas, industrias y ciudadanos en general tengamos un plan que contemple estos avatares, un mapa estratégico que no solo permita mitigar las crisis coyunturales, sino avanzar hacia el objetivo trazado.

El análisis de los problemas debe dar paso a la acción. Las crisis que no se abordan solo crecen con el tiempo. No hay excusas para la inacción; es el momento de repensar estrategias, exigir reglas claras y construir estructuras que permitan aprovechar los inevitables rebotes de las adversidades.

Como en todo en la vida, hay que elegir: planificar, actuar y prosperar, o esperar, ver y sobrevivir. (O)