Alguna vez tuve entre mis manos un cuaderno bien empastado en el que una señorita había escrito, con primorosa caligrafía, una obra de teatro. Estaba fechado en la última década del siglo XIX. ¿Se montó esta obra? Lo que se sabe es que no se imprimió y caemos de nuevo en la incertidumbre al preguntar si la autora escribió otra pieza. En todo caso, el olvido se tragó su talento, que no estaría desarrollado en todo su potencial por falta de apoyo o por expresa prohibición. Sé que en muchas casas hay tomos de poesía, cuento y fábula que se quedaron en ese mismo estado de crisálida. Siempre hubo escritoras en el país, desde religiosas que describieron en sus obras sus visiones místicas, pasando por poetas del siglo XIX, hasta novelistas del siglo XX, que crearon pese a la hostilidad del medio.

Pero saltemos al 8 de marzo de 2025. Muchas oportunidades se han abierto y, aunque faltan por tumbar algunos muros, los resultados asombran. Vivimos un boom de la literatura femenina en Ecuador. Es una frase de cajón, pero retrata bien lo que está sucediendo. En esta nueva generación literaria resalta un “grupo de Guayaquil”, se les puede llamar así, poniéndolas bajo la advocación de los famosos Cinco, que hace un siglo protagonizaron uno de los momentos más luminosos de la literatura nacional. Ojalá se cuajen tantas ilusiones. Inauguré este año con la lectura de dos obras de estas escritoras, que voy a reseñar como muestra del trabajo de esta prometedora hornada.

A pesar de que el título preludia un relato truculento, El asesino del tronco, no es así. La autora es Mariasol Pons, novelista y columnista de medios de comunicación, formada en múltiples disciplinas, quien nos trae la crónica de una familia ecuatoriana que migra en los años setenta a Venezuela. Este proceso de la migración ecuatoriana hacia el que era entonces un próspero país petrolero ha sido casi olvidado. El cambio de dirección de los flujos migratorios hace algo más de una década oscureció la memoria de centenares de miles de compatriotas que se fueron buscando mejores días. Novela realista, enmarcada en abundante información sobre los hechos sociales y políticos que desataron la ida y la vuelta de esta catástrofe, fluye intensa, entre la ternura y el terror.

Igual que la anterior escritora reseñada, Solange Rodríguez Pappe es guayaquileña y nacida en los setenta. La literatura ha sido su interés permanente y su vocación. Tiene a su haber una obra ya considerable, que ronda la decena de títulos. Ella nos propone un volumen con trece cuentos, titulado El demonio de la escritura. Son narraciones cuidadosamente trabajadas que se adentran en lo fantástico con distintas intensidades. Las más de las historias tienen que ver con la literatura y la labor del escritor. Se advierte que Rodríguez Pappe es mujer de muchas lecturas, especialmente de obras contemporáneas. Presencias satánicas, mitologías prehispánicas, robótica futurista, imaginación profusa, terror clásico son algunos de los ingredientes con que se cocinan estos relatos de factura profesional. Joyas cinceladas con distintos materiales, pero con un estilo que denota la madurez de una de narradora enamorada de su arte. (O)