Así se titula uno de los grandes monumentos de la literatura universal, publicado, de manera completa, en 1868, por el ruso León Tolstoi, quien tardó siete años en narrar, entre la realidad y la ficción, al decir de Jasmina Reza, el “horror que las personas experimentan durante y después de la guerra, incluyendo el estrés postraumático de los militares, pero también de los civiles. Soldados de tropa, siervos, príncipes, generales y todo tipo de advenedizos experimentan la guerra y todo lo que la rodea”, y de cuyo análisis de la obra rescato lo que sigue: “Tolstoi reflexiona de manera profunda acerca del siguiente hecho: las guerras no son solo acciones de unos cuantos hombres poderosos, sino que se trata de una acción colectiva inconsciente en la que participa, de una o de otra manera, una gran parte de la sociedad que se deja arrastrar por esos líderes bélicos”. Y debemos admitir que, por desgracia, es así.
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¿Cuántos denominados líderes hacen o han hecho tanto daño a la humanidad y, no obstante, en su momento, son o han sido idolatrados, seguidos, admirados y aclamados por grandes masas de sus respectivas comunidades? ¿Cuántos de estos depredadores del planeta (por nombrar los más recientes, Stalin, Hitler, Mussolini, etc.), han provocado grandes conflagraciones mundiales, producto de las cuales han muerto millones de personas, y han destruido familias y pueblos enteros, todo en nombre de una supuesta victoria que, al fin y al cabo, no ha sido más que suya y servido para inflar su ego?
Esto es algo que no arribamos a comprender. ¿Cómo un solo hombre puede cambiar y destruir todo de la noche a la mañana? Pero ellos no llegaron solos al poder, hubo una gran corriente humana y un grupúsculo de seguidores, adheridos cual garrapatas al tirano de turno, que ayudaron a auparlos. Y, luego, las catástrofes causadas por sus yerros y malas decisiones caen sobre todos, sin lugar a rectificaciones. ¡Cuánto desastre han provocado! Y, hoy, nos vemos confrontados a la voluntad de tres o cuatro individuos que, a nivel planetario, están tomando las peores decisiones para la humanidad, amenazándonos con desaparecernos de un solo bombazo.
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Son incontables los muertos, heridos, mutilados, familias destrozadas, niños que sufren, huérfanos, hambrientos, desarraigados de sus hogares, sin techo, errantes, durmiendo entre dos fuegos, víctimas de las guerras que parece no van a terminar nunca. Y el mundo parece insensible a tanto sufrimiento. ¿Qué hace o para qué sirve la ONU? ¿Cómo puede haber justicia si existe un mal llamado Consejo de Seguridad que está integrado básicamente por los poderosos?
El poder envilece, enceguece, ensordece, lastima y destruye. ¿Para qué lo queremos y por qué causamos tanto daño para conservarlo si, al final, todos terminaremos devorados por los gusanos, iguales ante la muerte, aunque sobre nuestras tumbas se levanten los más ricos mausoleos?
La guerra la llevamos los humanos dentro de nosotros mismos. Al final, la paz se convierte en una quimera con la que soñamos unos cuantos románticos, como Jimmy Hendrix, quien dijo que “el mundo conocerá la paz cuando el poder del amor sea más grande que el amor al poder”. (O)