Escribo desde la impresión inmediata –acabo de ver la serie en seis capítulos de la valiosa obra de Lampedusa– y con la memoria abierta hacia la novela de 1958, publicada un año después de la muerte del autor y la película dirigida por Luchino Visconti, en 1963. Ambas, preciosas joyas de sus respectivas artes.

El formato de las series tiene como fortaleza la división en partes que equilibran una historia caudalosa en fragmentos que deben desarrollar su propia unidad y cortar en un momento que genere el interés para continuar. La película, en cambio, apela más a la síntesis. Lo cierto es que con la materia prima que le costó años a Lampedusa para retroceder a mediados del siglo XIX, cuando Garibaldi emprendía las avanzadas que darían como resultado la unificación italiana, se mete en la entraña de una familia aristocrática siciliana.

El gatopardo

Brutalismos

Sicilia era un territorio independiente que el príncipe de Salina llamaba “mi isla”, donde su palazzo y sus enormes tierras parecían dominar una vida desigual y dura para los campesinos, como en todos los latifundios. En el trasfondo sonaba ya la algarada revolucionaria que hasta tenía a nobles en sus filas, como el mismo sobrino del príncipe, el joven Tancredo. En cambio, el tío quería que todo permaneciera igual: la integración de la familia (aunque él frecuentaba a la prostituta del pueblo), la educación de los hijos, las ganancias que le aseguraban una vida rica y desahogada.

La burguesía saca su rostro en la figura del alcalde del pueblo donde veranean los señores, que siendo autoridad no vacila en echar la rodilla en tierra delante del aristócrata y sentirse muy honrado cuando este lo invita a cenar. La aparición de la hija de ese alcalde, una belleza de 18 años –antes Claudia Cardinale, ahora Deva Cassel, hija de otra grande del cine italiano Mónica Belucci– dará paso a la proximidad de las clases por medio del amor. El alcalde juega con esa carta y las miradas de los varones de la casa se centran en la maravillosa Angelica: Tancredo –que jugaba al enamorado con su prima– aspira a la muchacha y el mismo príncipe peca de pensamiento con ella.

Cuando Italia ya es un país unido y el mismo rey ha admitido otra conformación política de su territorio, el príncipe es llamado para integrar el senado. El dilema de poner junto lo viejo y lo nuevo se justifica con la famosa frase de la novela “todo debe cambiar para que nada cambie”, inaugurando el gatopardismo en política, pero no en la vida de Salina, que no acepta el cargo y regresa a su vida de siempre, mientras Tancredo se convierte en alto funcionario del nuevo estado de cosas, hasta utilizando a su favor la belleza de su mujer.

Burt Lancaster y Alain Delon fueron las figuras inolvidables de la versión cinematográfica. En la serie, actores italianos nos recrean el oído con el idioma del autor, con magníficas panorámicas de paisajes, con amplios salones palaciegos, sus mesas llenas de delicias, sus vestuarios fastuosos hasta cuando se ahogan de calor. Netflix hace su esfuerzo para dejarnos sentados en nuestras casas, consumiendo producciones que cuestan millones de dólares, pero que se recuperan por número de suscritos. Felices los que tenemos edad suficiente para comparar los regalos del arte y admirar cada uno en su justa medida, eso sí, anclados en las palabras. (O)