La Cancillería ecuatoriana declaró “personas no gratas” al embajador y a los miembros de la misión diplomática de Cuba, lo que de hecho es una ruptura de relaciones entre los Gobiernos de La Habana y Quito. De acuerdo con informaciones de prensa, la acción fue motivada por la implicación de personal de esa legación en actividades de espionaje, versión que se refuerza por la apresurada quema de documentos de esa representación tras el anuncio. No es la primera vez que se habla de una acción de este tipo, pero sí la primera en que se toma una medida tan severa.
La actitud de todos los gobiernos ecuatorianos, frente a la dictadura comunista que aún gobierna el país antillano, ha sido exageradamente tolerante. En el año 1959 triunfó la Revolución cubana, que se vendía como abierta y democrática. Desde Quito se miraba y siguieron mirando cuando el castrismo mostró ya muy claramente su cariz totalitario y represivo. El presidente Velasco Ibarra se negó a romper con La Habana y fue depuesto. Su sucesor Carlos Julio Arosemena, contra lo que presagiaba su supuesto izquierdismo, cedió a las presiones y cortó relaciones con Castro. Ocho años después, de nuevo era presidente Velasco Ibarra y recibió al dictador en Guayaquil con honores, pero no se atrevió a reanudar los vínculos diplomáticos. El gobierno militar de Rodríguez Lara tampoco lo hizo, pero organizó una conferencia de cancilleres en Quito con el exclusivo propósito de levantar las sanciones a Cuba, objetivo que no se consiguió.
Apenas restablecida la democracia en 1979, el gobierno de Jaime Roldós abrió una embajada en Cuba, que un año y medio después fue ocupada por solicitantes de asilo, que fueron desalojados por tropas cubanas. La Cancillería ecuatoriana se lavó las manos en el grave incidente. La gran sorpresa la dio el presidente Febres-Cordero, el más importante dirigente de la derecha ecuatoriana a finales del siglo XX, quien visitó La Habana y se lo vio en gran camaradería con el comandante Castro. A este se lo invitó a los actos de posesión de los presidentes Borja y Gutiérrez. También sería recibido por el presidente Noboa Bejarano en 2002. En todos estos encuentros hubo loas a los “logros” del comunismo. Así que intimidad no ha faltado.
Distintos gobiernos del Ecuador han cortado relaciones con regímenes de otros países aduciendo que violan gravemente los derechos humanos de su población. Así se hizo con varios Estados centroamericanos cuando en ellos campeaban violentas dictaduras militares. Más recientemente se acertó a romper con las tiranía de los Ortega en Nicaragua y con el grotesco gobierno de Maduro en Venezuela. De manera que, aunque esta doctrina solo se aplicaba a gobiernos de derecha, en los últimos años se ha visto que también “ha sabido servir” para sancionar a déspotas de izquierda. Me llamaba la atención que nunca se procediese de la misma manera con la más antigua y más corrosiva dictadura del continente. Ahora, por fin, se ha descalificado al régimen de los tiranosaurios comunistas, no a Cuba, no a su pueblo, que no están representados por la oligarquía roja que usurpa el poder desde hace sesenta años sin jamás haberlo validado en derecho. (O)









