En Ecuador tenemos aproximadamente 492.615 servidores públicos, una masa asalariada que vive del Estado, es decir, de todos nosotros, que cobra su sueldo por hacer tarde, mal o nunca su tarea.

Evidentemente, no son todos, pero sí son muchos, los suficientes como para dejarnos en lo que somos y estamos, un Estado obeso, que ha venido engordando en la medida en que los políticos sin conciencia han accedido al poder y obrado en detrimento de la comunidad ecuatoriana, satisfaciendo sus compromisos y promesas electoreros, sin tomar en cuenta lo más importante: que no debemos ni podemos seguir aumentando esa burocracia cruel, mezquina, ineficiente y corrupta, que rema en sentido contrario al desarrollo y que, por ende, se ha convertido en nuestra principal enemiga.

Se ha creado tal cantidad de puestos innecesarios en los distintos estamentos, llámense ministerios, organismos regionales, seccionales e instituciones públicas, en general, inclusive con nombres tan rimbombantes que el ciudadano común no puede repetir, ni los entiende, y que, al final, resultan ser como aquellos parásitos que se pegan al cuerpo humano chupándole toda la sangre que pueden hasta dejarlo exhausto o, simplemente, muerto.

O resurgimos o nos hundimos

Cualquiera que va a estos entes burocráticos lo primero que encuentra, y con cara de pocos amigos, es a aquel que, de forma hosca, cuando no grosera, le pregunta adónde va. Pasada esta barrera, el funcionario que busca para que le informe sobre su asunto o problema, o le dé luces sobre lo que tiene que hacer o no hacer, no está, o salió a almorzar, o está ocupado; o, después de larga espera, le dicen que regrese, porque no lo puede atender. Y este vaivén puede repetirse durante mucho tiempo hasta que el ciudadano desiste de presentar su queja o reclamo, o el trámite, o se muere en el intento. Es como revivir el cuento de El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez.

Pero eso no es lo peor. Suele ocurrir que, lamentablemente, también son lugares de extorsión, porque en muchas ocasiones, si no se entrega el soborno, el usuario nunca será satisfecho en su reclamo o diligencia. Y este va in crescendo desde abajo hasta la cúspide de la pirámide. Por eso, vemos a nuevos ricos en vehículos de alta gama cuando antes andaban en bus o a pie, luciendo y sin pudor los frutos de sus delitos obtenidos de los grandes negociados que hacen los delincuentes de cuello blanco y dorado.

Pero ahí no termina nuestro problema. Los efectos de la criminalidad en contra de todos los ecuatorianos son más graves todavía cuando no se ejecuta el rol para el cual los funcionarios son designados, sean de elección popular o puestos a dedo para cumplir con tal o cual designio. No se preocupan de la cosa pública, de hacer planes para que el país no vaya para atrás como el cangrejo, de elaborar nuevos proyectos o continuar los existentes, para que los servicios básicos, aunque fuesen los elementales, sean proporcionados a las grandes masas con el fin de alcanzar un nivel de vida medianamente aceptable. No, el aparato burocrático poco o nada nos sirve. Por eso decimos que la burocracia es el peor de nuestros enemigos. (O)