Su nombre es Gisèle Pelicot. Es francesa, tiene 72 años. Es madre y abuela. Desde hace diez años fue drogada por su esposo, con quien estuvo casada por 50 años. Fue violada por más de 71 hombres “normales”, entre 26 y 68 años, quienes invitados por su esposo acudían a su casa a abusar sexualmente de ella. Una de las violaciones duró seis horas.

Esta historia me ha producido una rabia y un dolor profundo. Verla ante un jurado enfrentando a sus abusadores es una imagen que conmueve. No alcanzo a descifrar cómo logra mirar una y otra vez las imágenes que su esposo grababa de las violaciones, en las que él, con los otros violadores, abusaban y se divertían con su cuerpo anulado por las drogas.

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Para los psicólogos que han analizado al esposo, este no tiene problemas mentales, ni patologías que le impidieran discernir lo bueno de lo malo. Seguramente los otros tampoco. Tres se rehusaron a violarla cuando la vieron en ese estado, pero nunca denunciaron el hecho ante las autoridades. Otro, en cambio, se entusiasmó tanto con el horrendo espectáculo que pidió la receta de las drogas para hacer lo mismo con su esposa.

Muchos dirán que esta locura no pasa aquí. Pues sí, pasa también. Hay cientos de casos de abuso sexual y físico contra mujeres ecuatorianas que se producen ante los ojos vendados de hombres que guardan un silencio cómplice. María fue abusada varias veces por su esposo, todos sus amigos lo sabían y nunca dijeron nada para no afectar la imagen de la institución a la que pertenecían. Solo cuando el caso se hizo público, porque casi la mata, separaron al compañero.

Para la mujer, estos casos no solo involucran el dolor físico del cuerpo abusado, sino el sufrimiento de que siendo la víctima tiene que enfrenar escenas insólitas.

En el caso de Gisèle vemos como los abusadores niegan la violación aduciendo no haberse dado cuenta de que estaba bajo los efectos de las drogas. Otros se atreven a decir que estaba disfrutando del abuso, que los actos sexuales eran consentidos y que fingía estar dormida. Los abogados de los violadores se han atrevido a calificarla de alcohólica y han cuestionado sus hábitos, gustos, personalidad y hasta su vida sexual. La han revictimizado y humillado sin piedad.

Valientemente Gisèle, por su propia voluntad, renunció a su derecho a tener un juicio privado y pidió que sea público para motivar a otras mujeres a denunciar las agresiones.

Ojalá su valentía contagie a tantas otras víctimas que han sufrido igual que ella, pero que no se atreven a denunciar.

Este caso ha generado un debate doloroso sobre las agresiones sexuales a las mujeres. Hay hechos que no se entienden, pero tenemos que tener claro que hay hombres “normales” que aún ven a las mujeres como objetos sexuales a las que se las puede abusar como muñeca de trapo. Y por ello, todos debemos ser firmes, cero impunidad y tolerancia ante este tipo de conductas.

Así como no hay un perfil “extraño” para el violador, tampoco para las víctimas. No es la adolescente, la joven. Nada tiene que ver su manera de actuar o su vestimenta. Todas estamos en riesgo. Mañana podría ser yo misma, nuestra madre, hermana o hija. (O)