Pasado mañana elegiremos a las máximas autoridades de la República y tendremos que escoger entre 16 binomios para la Función Ejecutiva y muchísimos nombres para la Asamblea Nacional. Hay tantos candidatos que uno se confunde y habrá que llevar la “polla electoral” para no equivocarse entre tantas fotos pequeñas de las papeletas electorales. ¿Qué impulsa a una persona a pretender una dignidad de elección popular? Seguramente la ambición, ¿de servir?, supongo que todos ellos se creen capaces y preparados para los cargos a que aspiran, o sus amigos y familiares los han convencido de que pueden ganar. Alguno quisiera conseguir una o dos curules en la Asamblea y medrar de las influencias del cargo.
A veces la popularidad se pervierte y se desperdicia el poder. Esto lo vivimos al final del siglo pasado cuando se interrumpió la cadena de presidentes que completaron sus periodos. En esos 16 años el país progresó, a pesar de la inflación monetaria que acabó con el sucre como la moneda nacional. El signo monetario tuvo la misma mala fortuna que el héroe que le dio su nombre.
Lo que sí se nota es la poca preparación de algunos pretendientes. Sabemos poco de ellos y tal vez esa sea la causa de esta ligera apreciación. No observamos el cursus honorum como lo hacían los romanos antiguos. Para llegar al consulado, como decir la Presidencia de la República, el político debía haber servido como edil, cuestor, pretor, senador. El pueblo podía conocer a los políticos. Claro que, como en todas las democracias, había votos comprados, pandillas de maleantes contratadas para amedrentar o asesinar, demagogos y odiadores. Leer las historias de esas lejanas épocas nos hace comprobar que la naturaleza humana es la misma desde hace siglos.
Aquí se exige que debatan los candidatos, pero eran tantos para el poco tiempo disponible que los televidentes muy poco pudimos apreciar las virtudes de los expositores, sujetos a la tiranía de los segundos asignados a cada participante. El formato no fue bueno en parte porque eran demasiados, 16, y el tiempo en televisión es tacaño.
Sin embargo, se notó en algunos que la ambición era mucho más grande que la capacidad. Pocos aprovecharon el escaso tiempo para hilar un discurso coherente y apretado. Esos pocos podrán intentarlo otra vez y ciertamente lo harán.
Pero debemos aprovechar esta experiencia para mejorar el sistema. Un problema es la financiación de la campaña. Somos tan ingenuos que pretendemos dar a todos los candidatos parte del presupuesto nacional, para dizque evitar que los más ricos o que quienes tuvieren más financistas tengan ventaja sobre los otros. Es decir, nadamos a contracorriente porque las asignaciones no satisfacen los gastos. ¿Por qué los contribuyentes tenemos que pagar las ambiciones de personas tan obcecadas que se lanzan al ruedo sabiendo que no van a ganar?
La ley electoral debe obligar a que devuelvan lo recibido aquellos candidatos que no alcancen un mínimo de votos, por ejemplo, 1 o 2 por ciento del padrón. Tal vez así haya menos aventureros. (O)