Para algunos entusiastas, Trump llega a la segunda presidencia con una aureola de ser elegido tras un triunfo “sin precedentes” y que le ha dado al nuevo presidente un “poderoso mandato” de parte del pueblo estadounidense para transformar esa nación. Pero la realidad es diferente. Para comenzar, hay que tener presente que el triunfo de Trump dista mucho de ser contundente, como sí lo fue, por ejemplo, el triunfo de Ronald Reagan, quien ganó las elecciones con el 58 % del voto popular en 1984. Ese sí un hecho sin precedentes. Después de él, únicamente George H. W. Bush logró algo parecido con un voto popular del 53 % en 1988. En las elecciones de 2024 el voto popular lo decidieron 2,2 millones de votantes, de 155 millones de votos depositados. Es el margen más estrecho con el que llega a la Presidencia un candidato desde la agitada elección de Richard Nixon en 1968, un margen tan angosto que no le permitió a Trump pasar del 50 % del voto popular. Dos estados (Florida y Texas) en los que el tema migratorio ocupa un puesto importante fueron decisivos para Trump en su voto popular. Sin negarle a Trump sus méritos como candidato, lo cierto es que su elección dista mucho de apoteósica.
Trump, instrumento de la historia
Los cantos de que una gigantesca transformación se avecina ya se los escuchó en 2017. Y lo que sucedió fueron cuatro años de una administración errática y de pobres resultados, especialmente económicos. Como todo populista, Trump probablemente gobierne al margen de las instituciones propias de las democracias liberales. Al margen o en abierto enfrentamiento. Ya dio muestras de eso en el pasado, nada nos garantiza que no lo repita. No importa que el Partido Republicano tenga control (por ahora) de las dos cámaras del Congreso, Trump probablemente buscará circunvalar a esa rama del gobierno recurriendo a órdenes ejecutivas (executive orders) –aun cuando no sean necesarias ni permitidas– sometiendo, de esta manera, a la Constitución a pruebas extremas.
La nueva administración de Trump ha enviado señales de que América Latina ocuparía un puesto privilegiado en su nueva agenda de política exterior. Hay motivos para que así sea. Trump llega a su segunda presidencia montado sobre el jinete de la inmigración ilegal y empujado por un discurso xenofóbico. Y no hay otro lugar en el mundo que no sea América Latina donde ese problema tiene su origen. Lo lógico sería que Washington ponga atención entonces a los factores que inciden en la presión migratoria sobre su frontera sur. Y eso pasa por una política exterior que aborde problemas de seguridad, crecimiento económico y fortalecimiento institucional. Mandar a cerrar la frontera no soluciona nada, aparte de que no es posible. Como tampoco lo fue la construcción del fallido muro. Lamentablemente lo que se ha escuchado hasta ahora da más lugar al escepticismo. Las amenazas de tomarse el canal de Panamá o de imponer doscientos por ciento de arancel a los productos que provengan del puerto peruano de Chancay, en Perú, por haber sido financiado por China, no son muy alentadoras.
Desde el fin de la Guerra Fría, la región perdió importancia para Washington. Poco importaba si republicanos o demócratas estaban en el Gobierno. El tiempo lo dirá si Trump 2.0 cambia esta situación. (O)