El arribo de Gianni Infantino a Sudamérica se ha cocinado buen tiempo con mucho sigilo, con precaución, sin que alguien pueda pensar siquiera que su presencia sea para observar de cerca el curso de las eliminatorias, verificar la veracidad de las polémicas, por los perjuicios y beneficios del arbitraje, y cuánto influye el cada vez más desacreditado VAR. En general, cuando el mandamás de la FIFA no promociona su visita es, seguramente, porque algo se trae entre manos. Esta vez estará en Ecuador, Venezuela, Colombia, Chile y Argentina. Y en cada país no estará más de un día.

Dicen los colaboradores de Infantino que trae un cuaderno de cargos que contiene temas puntuales y particulares según el país. En Ecuador se reunirá con los máximos representantes del fútbol nacional y pondrá sobre la mesa asuntos cruciales para cambiar el estándar del balompié tras la pandemia de COVID. Claro, intentará tener reuniones con autoridades oficiales del Gobierno. Es muy seguro que a la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF) le exija cumplir con la obligación postergada: la reforma de sus Estatutos. Se trata de un requisito que está archivado en algún cajón de la FEF, por calculados intereses políticos, por lo que el directivo ítalosuizo exigirá el cumplimiento del mandato de la FIFA.

No obstante, el objetivo principal de Infantino es convencer, porque él, hábilmente, no utiliza el término conminar, que en los tiempos de sus antecesores Joao Havelange y Joseph Blatter era la fórmula para conseguir el voto favorable para sus propuestas.

Comentan quienes le conocen más de cerca que Infantino es todo un gentleman con aires democráticos, que prefiere dar espacio para socializar los temas que quiere inclinar a su favor, pero que también es un buen jugador de naipes. Siempre pone en la mesa la escalera real de color, que es la mayor jugada del póquer, ante la sorpresa de todos. Por esa razón, siempre termina aplaudido.

Hoy, la estrategia del expresidente de la UEFA es conseguir que, de a poco, se alineen a su causa, que es la de organizar el Mundial de fútbol cada dos años, una idea que le ha metido en la cabeza el director de desarrollo de la FIFA, que no hace mucho tiempo fue designado, Arsene Wegner. Según el exentrenador del Arsenal inglés, un Mundial cada dos años, con 48 equipos, jugado en diversas sedes, tipo la Euro 2020, recaudará y repartirá más dinero; habrá más opciones de clasificar para selecciones que rara vez asisten a la cita global; agitará el turismo mundial, y los dólares, euros o francos suizos lloverán. No importa si todo aquello socave la aristocracia del balompié que se encontraba cada cuatro años. En épocas pasadas se reunían 16 selecciones para demostrarnos lo capaces que eran, exhibiendo al mundo la mejor expresión y excelencia del fútbol.

El concepto contemporáneo es globalizado. Que todos tengan oportunidad, algo sustentado en una ecuación simple: más selecciones, más partidos, más dinero. Al fin y al cabo, ese es el propósito ulterior que deja satisfechos a los accionistas de la industria. Mientras, que los consumidores se acostumbren a los nuevos hábitos que proponen los poderosos, así la calidad esté en duda.

Afirmar que se priorizará el aspecto deportivo sobre el comercial es simplemente hacer uso de la retórica.

La idea de organizar un Mundial cada dos años aún necesita hallar más socios que la apoyen, porque, si bien parece una idea inclusiva, no es tanto así. Su aprobación representaría un fuerte golpe a los torneos continentales, como la Copa América, que no encontraría calendario para darse, quitándole a la Conmebol ingresos que le han permitido sobrevivir a algunas federaciones nacionales de América del Sur.

Entre tanto ajetreo que ha provocado el viaje sorpresivo del máximo dirigente de la FIFA, se ha conocido que el presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, no sabe qué hacer. Se siente marginado, ya que de la visita de Infantino se ha enterado por la prensa, lo que se supone es un descarado e intencional desplante de Infantino para demostrar que las diferencias existen desde que el paraguayo se reveló y criticó a su jefe por sus afirmaciones durante la pandemia. Domínguez le decía a Infantino: “En este momento crítico que vive el mundo, no es correcto hablar de cambios. Es el momento de ser solidarios con la humanidad y no pensar en política. Es inoportuno que un líder hable de política cuando hay que trabajar con la solidaridad y con hechos”.

Gianni Infantino ya visitó Colombia. Foto: EFE

Como era de imaginarse, toda esa explosión aleccionadora –dicha en un momento tan crítico, pero con razón por su contenido– no le cayó nada bien a la omnipotencia del directivo ítalosuizo. Fue un golpe bajo de uno de sus súbditos. Esa cachetada con guante blanco de Domínguez Infantino todavía no la perdona. He allí la razón más clara de que la Conmebol no se haya enterado del itinerario del máximo jefe.

Seguramente, Infantino –calculando los tiempos, como buen relojero suizo– también tendrá tiempo para conocer de primera mano cómo les va a las selecciones nacionales.

Chance de directivos

Todos los presidentes de las federaciones le contarán al directivo de la FIFA sobre los apuros que tienen y, por qué no, de las necesidades en la eliminatoria. Como dice el refrán: “El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. Al menos Ecuador y Chile sí requieren de buena sombra de árbol ajeno, mientras que Argentina goza de la frondosidad de su propio árbol, como Colombia. Venezuela necesita más que un árbol donde cobijarse.

La estrategia de ir puerta a puerta buscando el apoyo de diversas federaciones pondrá en la vitrina, a la vista de todos, si la tan cacareada solidaridad que siempre invoca Domínguez es permanente o coyuntural, o más pueden el lobbismo y la chequera de Infantino para doblegar voluntades.

El periplo exprés por tierras sudamericanas del dirigente ítalosuizo será un éxito si, en su estrategia política, consigue desbaratar el criterio oficial de la Conmebol, que se alineaba a la UEFA. No han querido escuchar, peor aceptar la propuesta de llevar adelante un campeonato mundial bianual.

En Quito, Infantino conocerá por primera vez a Francisco Egas. El primero conoce del segundo que es incondicional y recíproco con Domínguez por razones obvias. El presidente de la Conmebol lo amparó cuando tuvo que decidir si Egas, que había sido destituido por el congreso de fútbol ecuatoriano en mayo de 2020, debía continuar o no. No dudó en respaldarlo, devolverle el puesto y sancionar al supuesto golpista, como fue considerado Jaime Estrada Medranda.

En fin, en pocos días el jefe de la FIFA hará un pulseo público. Ya veremos si su presencia hizo concienciar, interesar o alterar voluntades de los visitados, quienes deberán incluir en sus reflexiones que “donde manda capitán no manda marinero”. (O)