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Dos épocas marcadas por el Eintracht Frankfurt-Real Madrid

El único juego entre ambos es de 1960, por la final de la Copa de Europa. Ganó el Madrid 7-3. Pasaron 62 años y el fútbol es completamente diferente.

Los jugadores del Real Madrid aplauden a los del Eintracht, al término de la final de la Supercopa de Europa disputada el miércoles en el Estadio Olímpico de Helsinki. Foto: CHEMA MOYA

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El Real Madrid-Eintracht Frankfurt por la Supercopa Europea puso en marcha este miércoles una nueva instancia tecnológica en el fútbol en ayuda del arbitraje: el offside semiautomático. Se trata de cámaras de alta precisión ubicadas en los costados del campo que enfocan 29 puntos en la humanidad de cada jugador (cabeza, hombros, codos, rodillas, pies, etc.) y marcan instantáneamente al VAR si un atacante está adelantado. El VAR simplemente constata esa señal de fuera de juego e informa al árbitro principal del campo. Es infalible, traza una raya que no deja dudas. No interviene el ojo del hombre y reduce el tiempo de observación.

El único antecedente de un choque entre estos dos clubes databa de 1960, cuando disputaron la final de la Copa de Europa. Había ganado el Madrid 7 a 3 ante 127.621 espectadores pagantes en el Hampden Park de Glasgow. Pasaron 62 años y el fútbol es completamente diferente. Ahora sí, es un deporte de alta competencia. Antes era más de individualidades. Quien tenía a los mejores, ganaba. Todos jugaban a atacar y se marcaban muchos goles. Y convocaba multitudes, por algo fueron alrededor de 130.000 aficionados neutrales, pues eran todos escoceses. También era más sencillo y romántico, posiblemente más lindo en esencia, más candoroso.

Friedel Lutz y Erwin, dos sobrevivientes de aquella final, fueron objeto de una magnífica entrevista del diario As en 2014, a cargo del colega Marco Ruiz, y dejaron testimonios fantásticos de aquel duelo con diez goles.

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“Nunca habíamos visto jugar al Madrid -dice Stein-. No era común ver televisores aún en Alemania. Los conocíamos por la prensa. Habíamos idealizado la imagen de Di Stéfano y Puskas. Yo los imaginaba como tipos grandes y apuestos. Vimos a los jugadores directamente en el vestuario, vestidos de blanco... Nos dieron ganas de desmayarnos. Me temblaban las piernas. Si un jugador de aquellos nos hubiera dicho ‘ve al autocar y tráeme la bolsa’, habríamos ido corriendo, sin pensar. Les teníamos un gran respeto”. Lutz empalma el relato: “Recuerdo que tras el pitido final el míster nos dijo: ‘Vuelvan al campo, formen y aplaudan a estos artistas del balón...’. ¡Pero el cuerpo nos pedía darles coscorrones después de aquella paliza! Eran fantásticos...”

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Preguntados sobre qué tenía de especial aquel Madrid que con esa ganó su quinta Copa de Europa consecutiva, no dudaron un segundo: “¡Puskas y Di Stéfano! Di Stéfano era como un fantasma, estaba en todos los sitios, en el área, atrás, nunca sabías dónde, y nadie le podía marcar. Él creaba y Puskas te daba la puntilla. Tenía un disparo impresionante. Nos hicieron polvo entre los dos. Wellbachec, que defendía a Di Stéfano en la primera parte, estaba reventado a los 20 minutos. En el descanso el técnico dio orden de marcaje doble a Puskas y Di Stéfano. ¡Así que había cuatro que casi dejaron de jugar! Fue un error...”

Pero si bien el húngaro y el argentino eran estrellas mundiales y gozaban de excelentes contratos en el cuadro español, los alemanes eran aún amateurs. La Bundesliga se creó recién en 1963. Lutz cuenta esta maravilla: “El caso es que el día antes de viajar a Glasgow todos trabajamos. Yo era mecánico en una fábrica y él (señala con el índice a Stein), funcionario. En Glasgow hicimos un entrenamiento de prueba y ya está. Nos entrenábamos los martes y los jueves. El club nos daba un par de botas y nos tenían que durar toda la temporada. Y si se rompían las arreglábamos nosotros. Sólo había una equipación del 1 al 11. Estaba prohibido regalar camisetas...”

Lutz, zaguero centro que luego sería por muchos años utilero del Eintracht, agrega otros detalles deliciosos: “¡Ganamos 6-1 al Rangers de Glasgow en Frankfurt y 6 a 3 en Escocia tras un largo viaje por carretera y barco! Fue tal la repercusión que nos invitaron a jugar un amistoso allí justo antes de la final. Fueron 104.000 espectadores a vernos. ¡A nosotros, los amateurs! (insisten en esa idea dando mayor rango de heroicidad a su hazaña). Nos pagaron el viaje en avión, era la primera vez que volábamos. La segunda fue para la final...”

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Es el turno de Stein: “En la cena, tras el partido, cada jugador del Madrid nos regaló un reloj de oro. A mí me lo dio Gento. Con lo que ganábamos nunca podríamos haber comprado eso. Nosotros le dimos a ellos un banderín con un valor de 20 marcos y aquellos relojes valían 600. Pues bien. En 2010 hubo un partido amistoso del Madrid en Frankfurt. Le dije a alguien del club blanco que el mismo día de la final, en Glasgow, me habían robado el reloj. Quería que me dieran otro pagándolo. Se fueron para Madrid, y a los tres días tenía otro reloj en la puerta de mi casa”. Lutz también recuerda aquella cena: “No nos atrevíamos casi ni a mirar a Bernabéu. Era como un Dios. Se sentó con nuestro presidente. Hablamos lo que pudimos entre inglés y alemán con los del Madrid. Y a las once el entrenador nos mandó a la cama. A las siete, despiertos y al aeropuerto”.

José Emilio Santamaría, el gran defensa uruguayo que hizo historia como merengue, tiene 93 años y fue invitado por su club a la final en Helsinki. Allí se reencontró con Erwin Stein y Dieter Stinka, rivales en Glasgow. En charla con Tomás Roncero, de As, el charrúa, aún en buen estado de salud, amplió el concepto sobre Santiago Bernabéu: “Cuando llegamos al hotel se nos ocurrió decirle a Bernabéu: ‘Presidente, habrá que dar una vuelta para festejarlo’. Su respuesta fue tajante: ‘De aquí no sale nadie. Mañana tenemos que llegar frescos a Madrid para estar con la afición con la mejor cara posible. Hay que darlo todo por ellos’. Don Santiago ya había alquilado seis o siete coches descapotables para que nos recogieran en el aeropuerto de Barajas al día siguiente, desde ahí hacíamos el trayecto triunfal y llegábamos al Ayuntamiento de Madrid para ofrecer la Copa de Europa a la ciudad de Madrid. Bernabéu era rígido. Las fiestas solo se hacían en nuestras casas, entre nosotros. Todo lo que él decía lo dábamos por bueno, él no cobraba, no se llevaba dinero, quería y amaba a su club. Y tenía razón, era una España que había quedado castigada por la Guerra Civil, todavía había gente que pasaba miserias y hambre, y Bernabéu no quería mostrar imagen de euforia y de fiesta ‘cuando en nuestra España hay personas pasando necesidades’. Eso nos dijo esa noche en Glasgow. Era un hombre increíble”.

Como cierre, Santamaría deja un concepto también de otra era: “Di Stéfano y yo veníamos de fuera y habíamos firmado un contrato con el club más grande del mundo. No podíamos fallarle. Rial también era un líder. Y Puskas, por supuesto. Si eres empleado del Madrid, te obliga a tener un modelo de conducta en la vida, más allá del fútbol… El Madrid te cuidaba hasta para manejar tus ahorros... El Madrid te atiende, te cuida, te paga y te da prestigio. Te lo da todo”. (O)

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